10 de abril 2001 - 00:00

Víctor Grippo, después de 10 años de silencio

Anónimos de Grippo.
"Anónimos" de Grippo.
(09/04/2001) En el arte actual, el espectador va perdiendo cada vez más el placer que provoca la belleza del color y la forma, esa satisfacción inmediata que deparan las obras tradicionales. Sin embargo, y como compensación, gran parte del arte de hoy aspira más bien a ser un estímulo del pensamiento, invita a la reflexión, aunque de ningún modo reniega de la exaltación sensible.

Esta parece ser la meta de Víctor Grippo, que expone individualmente sus obras en la galería Ruth Benzacar luego de un silencio de diez años en el mercado argentino. Dato que no indica un alto en su carrera, ni mucho menos. Sus trabajos han circulado por el mundo durante este período, más que los de cualquier otro artista argentino.

En esta última década, Grippo participó de la Bienal de La Habana y la de Porto Alegre, y dos veces de la de San Pablo; sus obras se exhibieron en museos de París, Sevilla, Colonia, Oxford, Stuttgart, Caracas, Grasz, Barcelona, Estocolmo, Los Angeles, Austin, Lisboa, Nueva York, Madrid, Montevideo, Santiago y Buenos Aires. Su carrera internacional comenzó en el año 1969, en la Bienal de París, y a esta altura se lo considera un clásico del conceptualismo.

Al ingresar a la galería, se percibe el orden armónico que caracteriza su obra, pero a la vez sorprenden las nuevas formas escultóricas que dominan la sala. Ubicados en grupos de tres, cinco y siete, sus blancos «Anónimos» se levantan sobre sus pedestales también blancos.

En la pared, unos versos brindan alguna pista: «(...) Miramos absortos nuestro paisaje / poblado de seres casi sin forma, impávidas presencias sin alma». Una puerta invita a ingresar a una instalación, un cuarto cuyos contornos están borrados por una iluminación tan especial que crea el efecto de penetrar en una nube -con toda la magia que esta experiencia supone-. En ese universo blanco es posible reencontrar el espíritu de sus obras anteriores.

Uno de los temas recurrentes de Grippo es el trabajo. Y en el fondo de ese cuarto hay una mesa con herramientas, un martillo, un compás y entre otros elementos, una bandeja de yeso con una niveladora detenida en el momento de culminar la labor de alisar una tersa superficie. Ese gesto suspendido y esa pequeña mesa de trabajo envuelta en un velo luminoso crean una atmósfera abstracta que transmite el sentimiento de nobleza que irradia el trabajo artesanal.

Luego, si se cotejan con la plenitud de esa mesa, los desangelados seres «Anónimos», personajes que surgieron de su imaginario durante este año, adquieren otro significado. La identidad que el trabajo otorga a las personas se torna evidente y, sobre todo, el sentido que le brinda a la existencia de la gente.

Aunque nada es tan obvio:
Grippo es por excelencia un artista enigmático, y su obra está cargada de sutilezas. En el subsuelo de la galería, una máquina mezcladora trabaja de modo incesante, el ruido del batir de piedras hace anhelar la calma que impone el fin de una jornada que no llega. El ritmo del trabajo y el descanso están alterados.

En las inmaculadas cajas blancas, se reiteran los elementos evocativos como el péndulo y la plomada, usados por el artista como metáforas del equilibrio y el orden. El rigor de esas cajas está sólo interrumpido por un pequeño punto rojo que parece emitir señales vitales. Se trata en realidad de una obra que detrás de su pulido lenguaje oculta, de modo casi subversivo, su decidida intención política.

Dejá tu comentario

Te puede interesar