Coherentemente, casi toda la primera parte transcurre en una zona de llanuras fotografiada con tono documentalista, muchas veces oscuro, como para remarcar el chato y dramático presente de los personajes. En cambio, la segunda parte se desarrolla en bucólica zona de colinas arboladas, y la fotografía adquiere un tono luminoso, preciosista, ya que está evocando el pasado idílico (la familia ha vuelto a la vieja cabaña de los inicios), y espera con buen ánimo un futuro que también puede ser luminoso. Para lo cual, eso sí, nuestros personajes deberán pasar bien el desafío del invierno...
Nada es fácil, y la pregunta sigue siendo la misma. Pero cada mañana, el viejo de la familia, con los pies en la tierra, elevará sus ojos al sol, y le dará los buenos días.
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