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Desde el Preludio, el compositor encara la difícil descripción del jardín de los monstruos haciendo cantar al coro solamente consonantes, como si los monstruos pétreos quisieran contarnos, pero no pueden. Así, la música -que es muy original-tiene toques de inquietante misterio, atmósferas obsesivas con figuraciones surrealistas, que adquieren por momentos la intangibilidad de un sueño.
Se alternan con melodías modales del Siglo XIV, alguna melodía de milenario origen hebraico babilónico, salmodias de alucinantes figuraciones, antífonas sobre motivos gregorianos del Siglo IX, madrigales, y el interludio titulado Con todo ese material, distribuido en dos actos y quince cuadros, se enfrenta al director bostoniano
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