La espera finalmente valió la pena. Un mes y medio después de su partida Adrián Sánchez, jefe de la expedición argentina y uno de los cinco alpinistas en ascender los 10 picos más altos de América, hizo cumbre en los 8.201 metros del Cho Oyu, en el Himalaya.
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El capítulo final comenzó a escribirse este 6 de octubre. A la espera del salto final, las inclemencias de la travesía habían quedado atrás. El agitado periplo por la India que incluyó taxistas fraudulentos, micros al borde del colapso y el recurrente olor a fruta en mal estado que recorría las calles de Katmandú, la mítica ciudad que vive a los pies del Himalaya.
Jornadas agobiantes con temperaturas de 32°. Días iniciales de incertidumbre, donde las lluvias torrenciales los mantuvieron recluidos en el hotel, tomando mate y ordenando los equipos a la espera de la llegada del resto del grupo.
Crudas tormentas en los primeros ascensos que los dejaron varados, con las carpas averiadas y el panel solar casi fuera de servicio -a raíz de la falta de luz- que los obligó a solicitar a otras expediciones que recarguen las batería de sus equipos.
No fue una temporada amistosa, ya que los vendavales de nieve lograron que la mayor parte de los 458 escaladores de todas partes del mundo que pretendían coronar el Cho Oyu se retiraran sin siquiera intentarlo. En poco tiempo se produjeron tres accidentes gravísimos y las avalanchas lastimaron a una veintena de escaladores con fracturas de todo tipo. Incluso varios de ellos sufrieron pérdida de conocimiento. Así de exigente fue el 2010 en una de las 14 montañas del planeta que superan los 8.000.
La cumbre
A comienzos de octubre, Adrián Sánchez se notificó de una ventana en el clima y se decidió a intentarlo. Se le unió Santiago Quinteros, de Ecuador, y ambos partieron para intentar la cumbre con temperaturas inferiores a - 30°. En la marcha se sumó un escalador danés. Tras dos horas de ascenso, a 7.400 metros, Sánchez debió abandonar por los dolores insoportables en los dedos de ambos pies, síntoma inequívoco de un principio de congelamiento.
El andinista ecuatoriano logró abrir huella hasta los 8.100 para luego desistir y el argentino, aprovechando que el buen clima continuaba con vientos menores a 40 km/h, supo que el día siguiente podía ser a todo a nada. Partió en solitario a las seis de la mañana para aprovechar al máximo la luz solar con el equipo mínimo (enterito de plumas, botas triples y GPS), aprovechó la huella del día anterior y superó la primera zona de mayor riesgo de accidentes.
A partir de allí los enemigos fueron el viento y la drástica caída de la sensación térmica. Pero lo esperaba lo mejor. Luego de superar unas pendientes pronunciadas alcanzó la cumbre de la diosa turquesa, donde flameó por algunos segundos la bandera argentina.
El 7 de octubre, una vez más, todo había quedado atrás: los meses de intensa preparación, la incertidumbre, las huellas físicas de una prueba tan exigente; lo único que importaba era contemplar el mundo desde 8.201 metros de altura.
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