Cayeron más de 40 milímetros de agua en pocos minutos.
El agua bajaba en San Antonio de Areco y su centro estaba seco aunque las casas mantenían la humedad y huellas de la inundación, pero en barrios periféricos persistían el barro y el agua en las viviendas y los vecinos procuraban despejarlas de residuos y rescatar algunos artículos hogareños.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
En numerosas veredas de esta ciudad del norte bonaerense, anegada el fin de semana pasado por las lluvias y el desborde del río Areco, la intimidad de sus habitantes se ventilaba en una exhibición de ropas, muebles, libros y otras pertenencias empapadas que pretendían secar bajo el fuerte sol de la jornada.
Bajo un cielo despejado, pero con el temor de un cambio abrupto que trajera lluvia, como ayer, los vecinos limpiaban sus viviendas cubiertas de lodo y restos de enseres destruidos por el agua y caminaban pesadamente sobre el lodo llevando carretillas, palas, chapas y herramientas para hacer reparaciones.
El fuerte sol elevaba la temperatura y de las casas surgía un fuerte vaho a humedad y a productos en descomposición, por lo que sus dueños se apresuraban a retirar todo lo que arruinó el agua, en especial muebles de madera, libros, ropas, colchones y alimentos que se pudrieron dentro de las heladeras inutilizadas.
Camiones y tractores que arrastraban convoyes de bateas recorrían las calles de barro o aún anegadas para recoger los residuos, de los cuales la gente se deshacía con gesto resignado.
A veces, tiraban casi con repulsión bolsas de basura sobre las que revoloteaban pesadas moscas, mientras zumbantes mosquitos surgían de matorrales y recovecos húmedos y se ensañaban sobre la piel que no hubiera sido cubierta con repelente.
Personal de Gendarmería repartía bidones de agua mineral, baldes de plástico y cloro que la gente mezclaba con el agua recogida de los charcos para limpiar pisos, paredes y mesadas.
Los barrios más cubiertos de lodo o agua eran Don Pancho y Amespil, habitados por gente de clase baja o media, muchos obreros, empleados y pequeños cuentapropistas quienes coincidían que con la inundación sus pérdidas fueron "totales".
A Víctor, dueño de un taller en 20 de Junio y General Paz, el fenómeno lo sorprendió con siete coches en reparación, que quedaron cubiertos por el agua y hoy se aireaban con sus puertas abiertas y el interior empapado y, quizá, irrecuperable.
El mecánico comentó que quedó en la ruina, porque todos sus equipos eléctricos y maquinaria fueron inutilizados y temía reclamos de los propietarios de los vehículos estropeados.
La misma situación dijo padecer Sandra Funes, una docente que con su familia tenía un depósito de golosinas en la casa, que estaba repleta de mercadería para distribuir cuando llegó el agua y tapó todo, incluido su coche.
En una humilde vivienda de ladrillos sin revocar de la calle Nogueira viven ocho miembros de las familias Fantili y Leiva, compuestas de albañiles, changadores y amas de casa, quienes incesantemente sacaban ropas y muebles de fórmica hinchada al sol, con la esperanza de poder recuperarlos.
Varias de las habitaciones eran aún virtuales piletas de agua oscura y uno de los hombres manifestaba su temor ante los numerosos insectos que surgían tras la inundación, en especial por tener tres niños pequeños -uno de ellos prematuro- y una anciana en el grupo familiar.
Beatriz Manseira, una jubilada que vive sola en una casa antigua de Güiraldes al 100, contó cómo fue salvada por gente en un bote que ingresó hasta la puerta del living, cuando el agua le llegaba literalmente al cuello y creía que iba a morir ahogada.
La mujer, que confeccionaba boinas y cencerros artesanales que se vendían a turistas, comentó que perdió todos sus materiales y productos terminados, aunque calcula que tras la inundación toda la actividad turística estará en baja en Areco.
Manseira pidió ayuda para mover una heladera que el agua dejó atravesada contra una puerta, de la cual al abrirla surgió un hedor de productos descompuestos, y también mostró restos de libros centenarios arruinados por el agua, así como tres víboras (en realidad, parecían culebras) que mató dentro de la casa.
En Siriaco Díaz al 100, la costurera Susana Prado contó que la inundación estropeó la máquina industrial que constituía su única fuente de ingresos, por lo que esperaba un subsidio o préstamo blando de las autoridades para reiniciar la actividad.
Algunos vecinos afirmaron que hubo un relevamiento municipal sobre sus pérdidas y necesidades, pero otros se quejaban de que ninguna autoridad se había acercado a sus casas.
La policía patrullaba las calles transitables para evitar actos de rapiña y Gendarmería lo hacía con gomones en donde el agua aún convertía en ríos las calzadas.
En los alambrados y árboles se enredaban, hasta unos 2 metros de altura, telas, papeles y plásticos que el agua dejó al descender.
Un hombre explicaba a su vecino cómo poner en marcha nuevamente su coche inundado, mientras otro intentaba reinstalar la bomba de agua, que había quitado luego de enterarse que a alguien del barrio se la habían robado cuando dejó la casa inundada.
En el gimnasio Saigós, en la calle Azcuénaga, aún permanecían unos sesenta evacuados que no tenían amigos o familiares que los pudieran albergar y eran asistidos por personal municipal y voluntarios.
Dejá tu comentario