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20 de noviembre 2006 - 00:00

En el arte, también fue un apasionado

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Con Julio Bocca, en los inicios de la carrera del bailarín. Ramos promovió su primera gira por el país, y le consagró un programa de televisión.
Como en todos los órdenes de su vida, también en arte, cine y cultura Julio Ramos fue un hombre pasional. Naturalmente, era imposible no confrontar con él. Eran discusiones fuertes, sanguíneas, ricas. A veces, con un leve gesto de sus manos en el aire, admitía que ciertas expresiones que él aborrecía podían ser valiosas, pero en otros casos no había transigencia posible. Sin embargo, lo que nunca disimuló ni escondió era lo que amaba y lo emocionaba.

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Para Ramos, la manifestación más sublime del arte eran las historias de heroísmo. Y no sólo las historias: también los artistas que, a su manera, fueron héroes. Así consideró, por ejemplo, a Julio Bocca, que a los 18 años puso de rodillas a Rusia con su arte. Este diario auspició, por iniciativa de Ramos, la primera gira de Bocca por el país. Más tarde, se le dedicó desde Ambito Financiero un programa de televisión.

Algo parecido ocurrió con el hoy famoso cantante lírico santafesino José Cura.

Triunfador en Europa, celebrado en varias oportunidades como «el cuarto tenor» (después de Pavarotti, Carreras y Domingo), Ramos fue el primero en el país en llamar la atención sobre él. Como Bocca, Cura surgió sin padrinos, sin apoyo, con la única fuerza de su empeño y talento.

Ramos amaba los westerns y el cine bélico. En una oportunidad, conversando sobre algunas películas de guerra actuales (de las últimas, la que más le gustó era «La caída del Halcón Negro»), terminó por decir: «Hoy el cine tiene todos los medios que quiere para lograr realismo, pero creo que jamás va a volver a hacer una película como 'El sargento York'. Esa película sí que es una belleza». La palabra «belleza» era el mayor elogio al que se podía aspirar de Ramos; la segunda, aunque con menos fuerza admirativa, «un hallazgo».

Protagonizada por Gary Cooper en 1941, no era raro que «El sargento York» fuera la película favorita de Ramos. La historia era la de un humilde militar del ejército norteamericano que, en la mañana del 8 de octubre de 1918, doblegó solitariamente, mediante estrategia e ingenio, a 140 alemanes. El York real, reacio inclusive a las condecoraciones del Congreso en su país, demoró 20 años en terminar por darle la autorización a Hollywood a filmar su vida.

A fines de los años 80, Ramos regresó de uno de sus viajes a Francia cargado de fotos de esculturas gigantescas. Las dejó en la sección Espectáculos y avisó: «La nota la voy a hacer yo». Había estado con Anthony Quinn, quien a esa edad avanzada, y con su carrera en el cine prácticamente terminada, decidía iniciar otra, la de escultor (un año más tarde, Quinn en persona trajo esas esculturas a Buenos Aires). «Es un monstruo, un gigante», lo llamó.

Leonardo Favio fue otro artista cercano a sus sentimientos. Con él, no se quedó simplemente en el elogio explícito, sino que fue más allá: por su intermedio, Ambito Financiero fue el primer diario que promovió en 1987 una retrospectiva de sus películas (en la Sociedad de Distribuidores de Diarios), y más tarde colaboró con Favio en el lanzamiento de « Gatica» en los cines, una película que le hubiera gustado producir íntegramente.

Sin embargo, si hubo una figura a la que Ramos admiró absoluta e incondicionalmente, fue el maratonista Delfo Cabrera. En 1981, el mismo año de la muerte del deportista en un absurdo accidente automovilístico, se estrenó la película «Carrozas de fuego», exaltación del coraje y la belleza plasmada en esos atletas corriendo a lo largo del mar.

Ramos siempre imaginó esas carrozas en la imagen de Cabrera, su ídolo por antonomasia. Y así lo hizo: puso toda su energía no sólo en la producción de un programa de televisión dedicado a él, sino que además contrató en Londres a un detective privado para que rastreara alguna película en la que se viera el momento consagratorio en el que Cabrera triunfaba en el estadio de Wembley, en las Olimpíadas de 1948, tarea casi imposible porque ese material se creía perdido. Pero lo logró: por primera vez, en ese programa, se vieron esas imágenes.

Delfo Cabrera nació en la extrema pobreza en un pueblito de Santa Fe, huérfano de padre desde muy chico, y se vio obligado a hacer todo tipo de oficio para sobrevivir. La victoria le sobrevino a puro coraje. A Ramos no le faltaban motivos para sentirse identificado.

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