20 de junio 2008 - 00:00
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Esa invocación de la Presidente a las flores y los pajaritos, casi hippie, amorosa y necesaria para una sociedad en trance de calentura, tiene sin embargo observaciones críticas. A ella, a pesar de ciertas expresiones teatrales, le cuesta conectarse con su audiencia (a pesar, inclusive, de su correcta improvisación o relato de una memoria envidiable). La causa no es explicable por una inexperta cronista, mejor escuchar a los que saben. «Si seguimos uno de los discursos de la Presidente por la pantalla, y le bajamos el volumen para no enterarnos del contenido, siempre se la percibe enojada, crispada, con el ceño fruncido: eso es lo que transmite la metacomunicación de sus gestos», dice la psicóloga Estela Ferreiro, profesora de Oratoria y master trainer en Programación Neurolingüística. Por lo tanto, «por más que se ponga a hablar de las ondas de amor y paz, la Sra. de Kirchner no coincide entre lo que dice (lo conceptual) y cómo lo dice desde lo tonal, lo gestual y corporal», concluye.
Afirma que la mandataria -al margen del cuerpo y los gestos-utiliza un tono agudo y estridente cuando habla en concentraciones multitudinarias, mientras en los espacios cerrados se sirve de otro más frío, admonitorio y ondulante. La diferencia, según ella, entre el mensaje del martes y del miércoles. Otra especialista, María Inés Colle, master trainer y avanzada en el estudio subjetivo del lenguaje, la comunicación y el cambio personal, señala que «en CFK predominan lo kinestésico y lo auditivo. Recurre a estos canales y se percibe lo kinestésico sobre todo a través de su postura corporal, cuando se balanceade un pie al otro, lo que distrae y le hace perder un porcentaje importante de la atención de la audiencia». Dato a computar de quien se gana la vida como coach al respecto, quien puntualiza que las abundantes referencias al pasado esgrimidos en los mensajes de Cristina se transmiten con certezas a quienes han tenido vivencias semejantes, no tanto al resto. Le falta, cree, referencias en su discurso «a proyectos concretos de futuro con los que el individuo se pueda identificar, más bien expresa proyecciones o presuntos sueños colectivos como la Argentina del Bicentenario, que no es un concepto fácilmente imaginable para todo el mundo». No quiso opinar esta mujer sobre la versión de que la mandataria ha comenzado a entrenarse para modificar su lenguaje corporal y discursivo, ya que -se dice-ha logrado erradicar gestos como el del dedo índice apuntando, irritante expresión que en el inconsciente colectivo, según los psicólogos, en el plano más leve inducía a rememorar las represiones escolares. También, se afirma, ha logrado modificar el acto de pinzar con el índice y pulgar de cada mano -y en simultáneo-el par de micrófonos que transmiten sus discursos: redujo en forma considerable ese hábito, lo practica con menos intensidad que al principio de sus apariciones presidenciales. También, todos estos coaches sostienen que ella eliminó, en parte, esa costumbre de soplar hacia arriba para despejarse el flequillo de la frente: creen que es parte de un ejercicio adrede, organizado. Tal vez sea, como puede opinar una simple escribiente de moda, que esa costumbre se revirtió porque simplemente ya no usa flequillo.
En el círculo de la media coaching también aseguran que como toda política peronista que llega a lo más alto en el poder, Cristina Fernández de Kirchner recibe instructivos para tratar de parecerse a Eva Duarte. Ya habría logrado incorporar, de Evita, los movimientos de brazos y postura de las manos al momento de dirigirse al público. Algo también estaría ensayando con la fraseología o «léxico evitista» aunque es un tema más complicado entre personas como Cristina, que por su larga trayectoria en oratoria parlamentaria ya tiene demasiado fijados los patrones de lenguaje.
Para la Lic. Ferreiro, la Presidente es una excelente oradora desde lo conceptual pero a diferencia de Evita, «que hacía referencia y estaba en contacto con lo externo, con lo que estaba fuera de ella», se queda en la referencia interna, se queda en su «yo». «Cristina no toma el emergente de la audiencia, no integra lo que aparece en el momento, no sabe interactuar con la energía de quienes tiene enfrente», señala.
Basta observar en dónde va poniendo la mirada el disertante, dicen, para conocer cuál es el grado de conexión con la audiencia. Para los especialistas, la señora de Kirchner, alineada siempre consigo misma, nunca hace contacto visual con su público. Pone su mirada en el horizonte, mucho más allá de su audiencia. Otra incongruencia, finalmente, como la que existe entre lo conceptual y lo gestual de sus mensajes.



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