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Consejo ya no pone ni saca a los jueces
De los 860 jueces nacionales y federales que están en funciones, 120 tienen pedido de juicio político. Pese a la gravedad del caso, el Consejo de la Magistratura demora una definición sobre cada uno de ellos. En algunos existe un fuerte interés político para cerrar los expedientes y en otros desinterés total. Integrado por abogados, académicos, diputados y senadores, el Consejo de la Magistratura corre el riesgo de repetir los mismos errores que cometió la Cámara de Diputados cuando actuaba en la remoción y designación de jueces. Otro mal: todavía no definió los nombres para designar 112 cargos de jueces que se encuentran vacantes.
Denuncias
Durante dos años el Consejo mantuvo una causa abierta contra la Sala I de la Cámara de Casación Penal compuesta por Liliana Catu0cci, Alfredo Bisordi y Rodríguez Basavilbaso. Esta sala es considerada una de las más probas del país, y resolvió puntillosamente una causa relacionada con «skinheads», al parecer con un problema de discriminación, anulando una condena que resultaba arbitraria. Sin embargo, se persistió con medidas hasta que finalmente se resolvió a favor de los jueces de esa sala.
El juez federal de Jujuy, Mariano Cardozo, tiene una causa donde procesa a varios policías porque éstos interceptan una camioneta de un comerciante creyendo que eran traficantes de droga y lo balean. Cuando el juez procesó a los policías, los abogados solicitaron el juicio político del magistrado. Hace nueve meses que el caso está para resolver.
También están en los cajones de algunos de los consejeros los expedientes abiertos contra los jueces Carlos Villafuerte Ruzo (denuncia presentada por Zulema Fátima Yoma sobre la muerte de su hijo); otra contra el titular del Juzgado Criminal y Correccional N° 8, Jorge Urso; Claudio Bonadío (cosecha en su haber cuatro denuncias), y Mariano Bergés.
Para la riojana Chaya, una forma de superar la situación de atraso en la resolución de los 120 juicios políticos está en fijar un plazo de 90 días para que la comisión se expida. La propuesta ya ha generado diferencias entre los mismos integrantes de la comisión compuesta por cuatro diputados ( Chaya, Miguel Pichetto, Carlos Maestro, Damián Fernández); dos abogados ( Angel Garrote y Juan Gersenobitz) y un senador ( Agusto Alasino). Algunos sostienen que no se deben condicionar los tiempos y que se debe actuar en función de cada caso particular. Otros opinan lo contrario.
El agujero negro que se crea a partir de una denuncia hasta el momento en que ocurre el dictamen genera una situación propicia en donde gravita con mayor fuerza la influencia política.
En 1994 la reforma constitucional introdujo el Consejo y el Jurado en juicios. Así se cambió un sistema que durante un siglo y medio permitió que los jueces fueran juzgados por el Congreso mediante el juicio político. Sin embargo, es poco el avance que se ha logrado.
El consejero Humberto Quiroga Lavié opina que entre sus pares existe una tradición de inercia para tratar los juicios políticos que deviene del Congreso. Y apunta que «los legisladores siguen con las mismas costumbres» y que «se buscan pruebas tan consistentes para juzgar a un juez como lo hace un juez de instrucción para probar un delito penal».
Riesgo
El Consejo, también, corre el riesgo de repetir los mismos errores del Senado cuando avaló la designación de algunos jueces a los que después se les cuestionó su idoneidad profesional y moral.
El caso de la designación del juez Sergio Torres como aspirante a ocupar la vacante del Juzgado Federal N° 12 de Carlos Branca es toda una epopeya.
Y es en este punto donde con mayor claridad se observa un sistema enredado. Bastaría con un jurado que haga un ranking de oposición y antecedente y luego un plenario para hacer alguna observación en caso de una manifiesta arbitrariedad, pero nada de eso ocurre. El concurso para jueces en primer lugar lo define un jurado, luego pasa a una comisión de selección y finalmente lo decide un plenario. Así puede suceder que lo que decidió el jurado al evaluar los méritos de los aspirantes termine siendo ignorado por el plenario. Hay un sector proclive a cambiar las calificaciones que impone el jurado, mientras que otros consideran que no es adecuado, pese a que la ley lo permite.
Disidencias
La diputada Chaya reconoce que existen disidencias entre los consejeros en cuanto a producir modificaciones en las decisiones de los jurados, y que por esta situación muchos dictámenes llegan divididos al plenario.
Su colega Quiroga Lavié sostiene que si no fuera tan reglamentarista la selección de los jueces podría hacerse más rápida y no como hasta ahora, que lleva más de un año hacer un concurso para cubrir la vacante de un juzgado.
Para Gersenobitz, sin embargo, existe una falta de uniformidad de los jurados a la hora de fijar los criterios para la selección de una terna.
Distinta es la postura del diputado Pichetto, para la designación de los jueces: « Se realiza con mucha seriedad» y objetividad y donde lo prioritario es cubrir las vacantes.
Lo cierto es que desde que comenzó a funcionar, el Consejo de la Magistratura remitió al Poder Ejecutivo 27 ternas de postulantes a jueces. De ese número el Senado prestó sólo un acuerdo, después de 10 meses de haberlo recibido. Se trata de Santiago Corcuera, designado para la Cámara Electoral.
Ante este panorama resulta por lo menos un despropósito pretender que este Consejo pueda controlar a todos los jueces cuando dicte cada una de las prisiones preventivas. Quizá, como muchos opinan, el Consejo de la Magistratura se convertirá en el «consejo del canje».


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