Había gestos de preocupación ayer en el edificio Libertador, sede del Estado Mayor del Ejército, ante la noticia de la detención del general Martín Balza. Después del mediodía, el ex jefe militar marchó acompañado de su hijo Martín hacia el Comando de Institutos Militares en Campo de Mayo, custodiado por dos móviles de la Policía Federal.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
El comando de Institutos, cercano al Hospital Militar de Campo de Mayo, está enfrente del comando de la Región I de Gendarmería Nacional, y lejos del penal militar donde está alojado el ex coronel Mohamed Alí Seineldín. Todo contenido en la gran extensión que abarca el predio militar de Campo de Mayo. En ese lugar, Balza fue alojado en una habitación separada de las que componen el casino de oficiales -con un baño al lado-, en tiempos de bonanza con muchos habitantes, hoy sólo habilitado para dar alojamiento al oficial de semana que debe permanecer en el lugar, y ahora, al detenido.Balza podrá acceder a las austeras comodidades del lugar, incluyendo un viejo televisor y gastados sillones. Quien está a cargo del comando, que se hará cargo de las comidas del ex jefe militar, es el general de División Rodolfo Luis Cáceres, un antiguo camarada y subordinado de Balza. Hay teléfono en el lugar, y se accede a él a través de una centralita con conmutador de llamadas. Podrá usar también celular.
• Vergüenza
Entre los uniformados del Libertador y de alguna unidad militar se admitía ayer que puede haber quienes estuvieran festejando esta caída de Balza. Pero que no dejaba de ser una vergüenza ante propios y extraños que un jefe militar que ocupó el vértice de la fuerza, y la representó ante el mundo, durante más de 8 años, esté hoy detenido. Recordaron el allanamiento del fiscal Carlos Stornelli -de comportamiento impecable, dijeron-, al Libertador por un anónimo. Es la «mancha venenosa», dicen, aludiendo a aquellos que, habiéndose sentido afectados durante la gestión de Balza, hoy se sienten tentados a hablar o denunciar, tocando a unos y otros. Sin que además haya posibilidades de contenerlos. «Pueden salir de cualquier parte; el último de ellos yo hacía vein-te años que no lo veía», se confesó un veterano coronel, aludiendo a los dichos de un par suyo, José Luis Cattenati.
Se advirtió también preocupación de algunos ante la posibilidad de que Balza, en un intento desesperado por no caer solo, «termine embarrando la cancha», dicen, buscando institucionalizar el tema. ¿Cómo? Simple, aseguran. Hombres como los hoy jefes del Estado Mayor Conjunto y del Ejército, tenientes generales Juan Carlos Mugnolo y Brinzoni; o hasta el mismo secretario general, Alfonso; certificaron y acompañaron siempre la postura de Balza, negando que hubiera ocurrido un ilícito. Sólo hace falta que Balza se refiera a ellos como testigos calificados de su inocencia para que terminen todos desfilando por Comodoro Py, ante una maraña de movileros y la presunción de la opinión pública de que son colectivamente culpables.
Otros se preguntaban hasta dónde una actitud de Balza de ese tenor generaría «un desmadre» en el Ejército de dimensiones difíciles de mensurar, en momentos en que el gobierno realiza los mayores esfuerzos para mostrar una imagen de unidad política hacia el exterior y hacia el propio frente interno. De allí que no se viera ayer a muchos festejando y sí la mayoría con gestos graves.
Dejá tu comentario