Ver a tres jueces de la Corte, un cónsul y un magistrado extranjero compartiendo una carne asada en el reservado de ese viejo caserón de la City habrá sido poco más que una curiosidad. Aunque se tratara del juez Baltasar Garzón, quien ayer almorzó con Carmen Argibay; Juan Carlos Maqueda; Eugenio Zaffaroni, y el cónsul en Nueva York, Héctor Timerman, en «Casa Roca», el restorán que funciona en lo que fue la residencia del presidente Julio Argentino Roca, sobre la calle San Martín. Sin embargo, para una historia del Poder Judicial, tal vez haya sido un día significativo: por primera vez el juez Garzón departió con colegas del máximo nivel de su profesión en la Argentina. Es lógico, hasta ahora su política de apelar a derechos universales en el juzgamiento de extranjeros en España había sido especialmente agresiva para la Justicia argentina, cuyos jueces quedaban asociados a alguna forma de impunidad en la prédica de este abogado nacido en Jaén. Ahora, con la declaración de inconstitucionalidad de las llamadas «leyes del perdón», esa brecha parece cerrarse, lo que facilitó el encuentro de ayer, que se produjo a iniciativa del diplomático y fue organizado por Zaffaroni.
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La reunión navegó por cuestiones jurídicas, lo que no la volvió apasionante salvo para quienes participaron en ella (en el caso de Timerman, la prolongada compañía de Garzón lo está incluyendo en el club de los juristas). Comenzó, claro, por un elogio de Garzón al fallo por el que la Corte dictaminó la inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. «Lo leí completo y me pareció excelente», dijo el español. Opinó también sobre la constitucionalidad de los indultos: «No se me ocurre cómo se puede indultar a quien no fue condenado». Después comenzó a preguntar sobre otras causas. Por ejemplo, las investigaciones sobre los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA. «En realidad, tenemos muy pero muy poco», le comentaron antes de reseñarle las principales hipótesis que circulan en la Argentina desde que se produjeron los hechos.
• Antiterrorismo
La pregunta de Garzón no expresaba sólo un interés teórico. Este juez está involucrado como pocos en la lucha contra el terrorismo, sobre todo contra la ETA. Lo demostró ayer, cuando se demoró en varios relatos al respecto, como ya había hecho con Néstor Kirchner el lunes, durante la reunión que mantuvieron en la Casa Rosada. «No encuentro razón alguna que justifique el terrorismo y he tratado de encontrarlas en las numerosas oportunidades en que mi trabajo me puso cara a cara con gente que lo practica», comentó Garzón, quien suele espantar a sus interlocutores con el relato de la célula terrorista que mantuvo a un prisionero durante 580 días en un tubo, sin poder siquiera sentarse y asistiéndolo solamente para alimentarlo y retirar sus excrementos: «Cuando lo fuimos a rescatar no quería entregarse, tenía tanto miedo que suponía que la Guardia Civil eran terroristas disfrazados. Recién cuando me vio a mí, como me conocía por la TV, se tranquilizó». El cautiverio transcurrió en un barco que sólo pudo ser detectado a través de una máquina que identifica volúmenes.
Vaya a saberse qué efectos provocaron las experiencias de Garzón con el terrorismo en los tres jueces que lo escuchaban. Tampoco hubo indicios acerca de que el juez conociera que Argibay, Zaffaroni y Maqueda denegaron el pedido de extradición de España para Jesús María Laris Iriondo, el terrorista transferido a la Argentina desde el Uruguay, donde fue localizado por la inteligencia española. Curiosidades de la internacionalización judicial: entre los argumentos para no conceder la extradición figuraban los autos de procesamiento del propio Garzón. ¿Cuándo los actos terroristas deben ser considerados crímenes de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptibles? ¿Cuándo meros crímenes políticos, para los que cabe el derecho de asilo? Estos interrogantes, que atraviesan la actividad judicial en todo el mundo, no se plantearon ayer en la mesa. No era la «Casa Roca» el lugar ni el almuerzo la hora para discutir esas honduras.
Sí, en cambio, el español manifestó su disgusto -similar al de José Luis Rodríguez Zapatero- porque el presidente del Superior Tribunal de Justicia de su país, Francisco José Hernando, justificó la política de la policía inglesa de «tirar a matar» en el caso de sospechosos de terrorismo. Todo en el contexto de la muerte por error del brasileño Jean Charles Menezes, quien fue acribillado con cinco tiros en la cabeza por confusión.
Interés de Garzón por las experiencias de Argibay en el tribunal internacional de La Haya y condena unánime en la mesa a las agresiones contra Estela de Carlotto, el lunes, a la salida del Teatro Cervantes, por un grupo de personas que se identificaban como familiares de las víctimas de Cromañón. Y también algunas incursiones en hobbies y gustos. Por ejemplo, el de Garzón por la vida que lleva en el Village, donde vive ahora que profesa en la New York University. «Nadie me reconoce, como sucede en España e inclusive aquí, donde me he cruzado con gente que me identifica por la televisión, y además puedo pasar los días sin las tensiones que me rodean en mi país, lamentablemente.»
Comentarios sobre vinos, una especialidad de Garzón, y sobre las dificultades que aparecen en Buenos Aires para que a uno le preparen la carne poco cocida, «bleu».
Trivialidades de alguien que se aprestaba a volar hacia El Calafate, donde pasaría varios días con su esposa y algunos amigos argentinos, discutiendo cuál es el mejor punto para disfrutar del cordero patagónico, materia sobre la que fue Timerman quien se reveló un experto. No era para menos, en un «K» de su jerarquía.
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