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Laurence Debray: ¿Qué hiciste tú con el Che Guevara, papá?

Confrontada por un periodista a la pregunta de si su padre había entregado al líder comunista a la CIA, inició una investigación para dar con la verdad de la turbulenta historia y publicó luego el libro "Hija de revolucionarios".

“¿Por qué, en vez de escribir sobre el rey de España, no cuenta cómo su padre entregó al Che Guevara?”. Laurence Debray sintió el impacto. Estaba presentado en Madrid su opera prima, el libro que le había permitido doctorarse en Historia en La Sorbona, su tesis sobre la transición española “La forja de un Rey. Juan Carlos I, de sucesor de Franco a Rey de España”. “¿De dónde sacó eso?”. “Está en Wikipedia”. Fue el punto de partida.

“Nada quise saber durante mucho tiempo. Me la habían ocultado; era la historia de ellos. Cuanto menos sabía más protegida me sentía. ¿Para qué hurgar en el pasado?”. Sí, Regis Debray, el intelectual francés marxista, castrista, era acusado de haber delatado a Guevara cuando fue detenido en Bolivia. “¿Qué hacer con esa sospecha que ensombrece mis orígenes? ¿Había vivido hasta ahora en la impostura? ¿El sentimiento de culpa propio de quien ha salido indemne de una catástrofe les impedía a mis padres confiar en mí? ¿Deseaban protegerme de su pasado? ¿Qué me importaba a mí Guevara si nunca había llevado una camiseta con su rostro?”.

Laurence inició una investigación que la llevó a volver a recorrer América del Sur, a revivir su infancia, las penas, los traumas, las insatisfacciones provocadas por esos padres que justificaban su abandono por estar comprometidos políticamente. Y eso le permitió encontrar satisfacciones compensatorias en sus raíces, en las familias de donde habían salido sus padres. Porque esos ilusionados en cambiar la historia habían partido de confortables mansiones. Su madre, Elizabeth Burgos, hija de terratenientes venezolanos. Su padre, hijo de prestigiosos abogados miembros de la gran burguesía francesa; y su abuela, su adorada abuela Janine, una destacadísima política de derecha. “¿Cómo se metieron en eso, cómo es posible que mis padres aprobaran, y hasta impulsaran, un proyecto político fundado sobre la represión, la exclusión y el poder absoluto?”.

En “Hija de revolucionarios”, Laurence Dabray va ligando hechos políticos e históricos con avatares de su vida. Una vida que tiene mucho de película. Con un elenco de primeras figuras abrumador. Su madrina es Simone Signoret, y convive con ella y con Yves Montand. El fetiche de su infancia es un regalo que le dio Jane Fonda. Padeció la logorrea de Fidel Castro dictando a su padre las ideas de “Revolución en la revolución”, ese manual del foquismo que haría famoso a Debray como impulsor del terrorismo y la guerrilla. Recuerda las caricias de Mitterand, que cuando llegó a la presidencia de Francia puso a su padre como asesor en Asuntos Internacionales. Y que tuvo que arrastrar de la mano a los funerales del estadista. Un padre que “no podía cambiar las sábanas, pero podía cambiar de ideas, como su maestro, el marxista Louis Althusser” y pasar a proclamarse “gaullista de izquierda”. Bueno, después de todo De Gaulle, Sartre y hasta el Papa habían ayudado a que tras casi cuatro años lo dejaran escapar de la cárcel en Bolivia, donde estaba sentenciado a treinta años de prisión tras la trágica aventura guerrillera del Che.

Libro

Cuando Laurence le preguntó a su padre qué había de cierto en su traición a Guevara, la respuesta fue: preguntale a tu madre. Elizabeth Burgos era quien lo había defendido de esa acusación.

En su investigación internacional Laurence llegó a las mismas conclusiones que ella: quien delató a Guevara fue el pintor mendocino Ciro Bustos, capturado por el ejército junto a Debray. Jorge Castaneda y Pierre Kalfon acusan en sus libros sobre Guevara que Ciro Bustos “dibujó mucho y habló demasiado”. En contrapartida Aleida Guevara, hija del Che, sostiene, como Jon Lee Anderson en “Guevara, una vida revolucionaria”, que quien dio los datos para la captura fue Debray. En 2001 Tomás Eloy Martínez, en una nota desde New Jersey, explicó que cuando se hace un Cristo hay que encontrarle un Judas, y no importa si Debray o Bustos hablaron de más; la CIA sabía perfectamente desde hacía tiempo dónde estaba Guevara.

El libro de Laurence Debray no ofrece novedades en ese sentido. El atractivo real empieza por la foto de la tapa: Laurence de 10 años con un fusil al pecho en un campo de pioneros revolucionarios en Cuba. Pobre nena, obligada a hacer ejercicios militares y a la que los competitivos chicos cubanos le decían que su padre era un héroe. ¿Héroe? si es así de bajito. Su padre le había ordenado: “Tenés que elegir entre dos sistemas, un mes en Cuba, un mes en Estados Unidos”. Al volver, ella dijo: “Me quedo con Francia”. Quizá no quiso amargar al antiestadounidense Regis.

Laurence estudió economía en London School of Economics y fue trader financiera en Wall Street, y de no haber tenido problemas de visa hubiera seguido en Nueva York. Volvió a París, se casó con Émile Servan-Schreiber, hijo de un famoso periodista y político francés, y tiene dos hijos. Como su madre, hoy política conservadora y columnista del ABC de España, es una ferviente militante contra el chavismo, “promotor de un caudillismo mesiánico basado en la delincuencia” y “esclavizado por el castrismo”. Su padre, que no opina lo mismo, trabaja en obras sobre mediología, disciplina sobre las interacciones entre mensajes, medios, técnicas y cultura”, y en el establecimiento de una ciencia de lo sagrado. Laurence por “Hija de revolucionarios” (Anagrama) recibió en Francia el Premio al Mejor Libro Político 2018, el Premio de los Diputados, y el Libro de los Estudiantes France-Culture.

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