Covid-19 y su impacto psicológico: ¿se viene una pandemia emocional?

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Hoy se ven efectos porque las dimensiones de espacio-tiempo se vieron alteradas y muchos sienten miedo y angustia. Pero el estrés post traumático se percibirá a largo plazo. ¿Cómo enfrentarlo?

El espacio-tiempo son las dos dimensiones sobre las que transcurre la vida. Ambas dimensiones se encuentran alteradas por la condición de desastre que atravesamos por la pandemia de Covid-19. Disruptivamente, el espacio se reduce a lo mínimo posible por el aislamiento y la cuarentena trastoca el tiempo en una ahora eterno.

Esta condición de desastre altera nuestras vidas en todos sus ámbitos y no nos sirve hacer uso de nuestros habituales modos de afrontamientos a los sucesos cotidianos. Nos exige una tolerancia mayor, ya que se trata de un acontecimiento dinámico del que no sabemos mucho, presenta riesgos nuevos y sus consecuencias aún son impredecibles. Implica abordar sus efectos como un proceso ya instalado, que permanece y que tiene secuelas.

Sabemos de su alta contagiosidad, pero que no a todos nos afecta de la misma forma: en general a menores condiciones socio-económicas, mayores riesgos; y a la inversa. Sin embargo, viene atravesando horizontalmente a toda la humanidad por lo difícil de detectar y porque no habían podido ser previstos los recursos necesarios para contenerla.

El modo subjetivo de vivenciar la presencia de la Covid-19 entre nosotros es análogo al de un acontecimiento traumático. Es un trauma masivo. Conlleva enormes consecuencias porque es incontrolable y porque nos expone a la propia vulnerabilidad.

La vida social humana, más allá de las diferencias injustas, nos mantenía en un estado de previsibilidad para la planificación. Hoy pasamos a la vivencia de incertidumbre anclada en una amenaza real, concreta y misteriosa aún para la ciencia.

La ciencia, como concepto interiorizado, era para nuestro sistema de vida una construcción que respaldaba y resguardaba, dándonos una suerte de ‘fantasia de invulnerabilidad’. Y, hoy es insuficiente porque no da respuestas; no las tiene.

Este conjunto de efectos y consecuencias hace que la pandemia haya ejercido un efecto traumático trastocando los cimientos y dejando inestabilidad mayor o menor según el estado previo de cada psiquismo.

Estos efectos mencionados son los observables a simple vista. Los efectos llamados ’postraumaticos’ se verán al correr del tiempo y será imprescindible correlacionar para su procesamiento. Por eso es muy importante pedir ayuda.

Curiosamente escucho en mi trabajo clínico las expresiones como “me falta aire”, “tengo la sensación de encierro”, “no me dejan respirar “, necesito un respiro”, “siento que me falta el aire”, “atmósfera tóxica”; así, entre otras son expresiones simbólicas de estados anímico que reproducen el miedo por el virus que está afuera acechando en lo real y que se traslada a lo cercano y a lo cotidiano de los vínculos.

Observamos cada vez con más frecuencia trastornos del sueño, de la alimentación, el consumo excesivo de sustancias, la falta de control sobre los impulsos, las somatizaciones, que sobrevuelan mucho hoy día agregando pesar a los temores. Diríamos que se avecina una pandemia de orden psicológico y hay que estar para ayudar.

Hoy los especialistas estamos y dar un claro estado de las cosas permite avanzar sobre los modos de influir positivamente detallando un conjunto de pautas, que por generales que sean, no dejan de ser útiles y efectivas. Luego el trabajo sobre cada persona se profundizara debidamente en su subjetividad a cargo de cada profesional.

Vale decir que la noción del transcurrir del tiempo ha enloquecido dentro de nosotros. Todos tenemos miedo. El estado de inermidad es hoy mayor y más profundo, en los adultos que el natural, propio de las infancias. Sin embargo, no perdamos de vista a la infancia: está en peligro y formaran parte de lo que he denominado pandemia emocional porque observan la exposición a enfermar de quienes están a su cuidado y, porque las edades para el contagio dejaron de ser privativas de los adultos mayores. Retomo la noción de avance a ciegas de la ciencia. No hay certezas y si algo el niño necesita para construirse es seguridades varias.

Atravesamos tiempos de heroísmo. La lucha por sobrevivir es permanente. El campo de batalla abarca cada rincón de nuestra amada tierra. Pero no hay “un enemigo” contra el cual arremeter que no sea nuestro propio sentido de la incomodidad, del miedo y de la incertidumbre. Ahí hay que apuntar para apuntalarnos.

El proyecto a mediano plazo calma la angustia. Cambia el desatado sentido abrumador del tiempo y relativiza su efecto. El impacto de la realidad objetiva sobre cada sujeto otorga una significación única. Esto implica que no hay una sola pandemia, un solo Covid o una sola cuarentena. La forma en que se percibe la realidad está determinada por la historia de cada uno y el modo de llevar la vida.

El sentido del “espacio” también ha enloquecido dentro de nosotros: la distancia social nos aleja del abrazo. Nos plantea un encuentro sin contacto, sin el abrigo o sin el placer del contacto estrecho. ¿Qué carencia peor?

El contacto cercano, el del cuerpo con el cuerpo ya no va. Lo que antes era vital, hoy es peligroso. ¿Cómo construiremos vínculos sin sentir al otro como amenaza?.

Los afectos estrechos sin estrechar a los afectos: los olores, sentir la piel, el peso o la fuerza del abrazo. ¿Se deberá resignar para siempre por la sombra que genera el miedo ya instalado?

Retomo lo dicho: se ha producido un enorme trauma, el daño está hecho y la herida abierta; nos resta abordar estrategias mitigadoras, formas de afrontamiento. Nada es dolorosamente eterno, salvo el infierno. Por esto, el abordaje debe comenzar aquí y ahora proveyéndonos de actividades gratificantes para reforzarnos positivamente, manteniendo prolijamente las prescripciones de cuidado.

En este “mientras tanto”, es bueno observarnos con calma y buscar adentro nuestras habilidades y herramientas para utilizar este tiempo como oportunidad al desarrollo personal que antes postergábamos por la prisa y las presiones. Podemos transformarnos desde el dolor, nunca desde la negación omnipotente de la realidad.

Se trata de aceptación y no de resignación. De extraer la idea de destino, de maldición o de castigo divino para construir la perspectiva de un cambio personal al que siempre se está a tiempo. Encontrar en nosotros nuestras fortalezas y divisar y apostar a un futuro. Mantener una estabilidad anímica y luchar contra la sensación de impotencia imaginando un futuro.

El desafío es hacia adelante y la noción de benevolencia y de solidaridad pensadas como parte de este desafío. No claudiquemos.

*La licenciada María Leonor Gutiérrez Urquijo (MN: 5975) es psicóloga.

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