3 de octubre 2026 - 00:00

Lo que el FAL puede aprender de Austria, Chile y Brasil

El Fondo de Asistencia Laboral arranca el 1 de noviembre. Otros países resolvieron hace años el mismo problema, sus aciertos y errores dicen bastante sobre lo que nos puede pasar.

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Cada vez que en Argentina se discute el costo de despedir, la conversación arranca de cero, como si el problema fuera nuevo o solo nuestro. No lo es. Varios países resolvieron hace años lo que acá empieza el 1 de noviembre con el Fondo de Asistencia Laboral (FAL), y sus resultados nos pueden servir para anticipar qué puede salir bien y qué puede salir mal.

La idea de fondo es sencilla. Una parte de lo que las empresas ya pagan en contribuciones pasa a una cuenta propia, para tener la plata de las indemnizaciones antes de necesitarla. Podemos verlo como un ahorro forzoso y también como una gran devolución de impuestos, el costo total mensual para el empleador no cambia, una parte se guarda y se usa para cubrir indemnizaciones cuando sea necesario. Con distintos nombres, eso existe en muchos lugares. Lo que cambia de un país a otro es el diseño y ahí se juega casi todo.

El caso más citado es el austríaco. En 2003 Austria reemplazó la indemnización tradicional, para los contratos nuevos, por un aporte mensual del 1,53% del salario a una caja de previsión. El trabajador no pierde lo acumulado si renuncia o cambia de empleo: lo lleva de un trabajo al siguiente, una especie de “mochila”. Así, el despido dejó de ser una deuda que la empresa arrastra en silencio y pasó a ser un costo más, que se paga todos los meses.

Chile fue por otro camino. Desde 2002 tiene un seguro de cesantía que combina una cuenta individual del trabajador con un fondo solidario para quien no llega a juntar lo suficiente. En los contratos por tiempo indefinido, el empleador aporta el 2,4% del salario y el trabajador el 0,6%. Es más un sistema de protección al desempleado que una previsión de la empresa.

Brasil es el caso que hay que mirar con más atención, porque muestra cómo puede salir mal una buena idea. El FGTS obliga desde 1966 a depositar el 8% del salario en una cuenta del trabajador. El problema fue el rendimiento ya que durante años esas cuentas se actualizaron por debajo de la inflación, mientras el fondo financiaba vivienda e infraestructura (suena familiar). Recién en 2024 el Supremo Tribunal Federal fijó que no pueden rendir menos que los precios, pero, por supuesto, no se compensó lo perdido hasta el momento.

Tampoco hace falta irse al exterior para encontrar ejemplos. La construcción funciona en Argentina desde 1980 con un fondo de cese laboral: el empleador deposita todos los meses en una cuenta a nombre del trabajador, que lo cobra cuando termina la relación, sin indemnización aparte. En un sector de alta rotación, el esquema lleva más de cuatro décadas.

El FAL toma un poco de cada uno y agrega una diferencia de fondo. Acá la cuenta es de cada empresa, no del trabajador. No viaja con la persona cuando cambia de empleo y no reemplaza la indemnización. Es una reserva que el empleador está obligado a construir para pagarla. Tiene lógica en un país donde el despido llega casi siempre en el peor momento de la empresa, cuando falta caja. Pero deja abiertas dos preguntas que Austria y Brasil ayudan a ver.

La primera es el rendimiento. El fondo solo puede invertir en renta fija en pesos, con buena parte en deuda pública. Si le gana a los salarios, la reserva crece; si no, la empresa junta una plata que cada año alcanza para menos. La diferencia no es chica. En una pyme de 20 empleados, entre un fondo que apenas empata la inflación y otro que le gana por cinco puntos al año hay, a quince años, unos 63 millones de pesos de hoy, aproximadamente lo que cuestan cuatro indemnizaciones de empleados con diez años de antigüedad. La lección brasileña es que pocos miran el rendimiento de un fondo obligatorio hasta que es tarde. Y hay un riesgo que el caso brasileño no tuvo: en Argentina, el ahorro obligatorio invertido en deuda pública ya pasó por reestructuraciones y estatizaciones. Un fondo pensado para pagar despidos en una crisis no depende, en gran medida, de los mismos bonos que esa crisis suele golpear.

La segunda es la inercia. Cada empresa tiene que elegir dónde va su fondo; la que no lo hace queda asignada de oficio y después solo puede cambiar en junio y en diciembre. Con casi 477.000 empleadores privados y pocas semanas por delante, lo más probable es que muchos terminen en el fondo que les toque sin haber comparado nada. Un régimen así funciona si los administradores compiten, y para eso alguien del otro lado tiene que comparar.

Hay una tercera pregunta, más de fondo, que tiene que ver con el momento en que llega. Claramente, la economía argentina está funcionando a dos velocidades. Las exportaciones de bienes y servicios vienen rompiendo récord tras récord traccionados por el agro, minería, petróleo, economía del conocimiento. El empleo, en cambio, sigue frío y transitando una transformación: en junio había 121.000 asalariados privados registrados menos que un año antes, mientras los monotributistas sumaban 42.000. Los sectores que más crecen no son los que más gente emplean, y buena parte del trabajo que aparece lo hace por fuera de la relación de dependencia.

El FAL apunta justamente a modernizar ese mercado de trabajo, a que contratar en blanco deje de ser una apuesta riesgosa para una pyme. Si lo logra por sí solo es otra incógnita. El peso del despido en la decisión de contratar cambia mucho según el rubro y el tamaño de la empresa. En comercio, gastronomía o servicios de alta rotación, tener ese costo prefinanciado puede inclinar la balanza. En una empresa que tarda meses en formar a un empleado, lo que más pesa es la capacitación y el riesgo de perderlo, no tanto el costo de despedirlo. Pero lo más importante es que ninguna va a contratar si no ve demanda. El fondo puede convertir un costo que hoy cae de golpe en uno previsible. Para que eso se traduzca en empleo, hará falta que la economía termine de transitar el cambio estructural que está en marcha: que el auge exportador termine de correr el eje de la economía mientras el mercado interno y el poder adquisitivo se recuperan. El contexto ayuda solo en parte. El mundo está convulsionado, pero se esperan precios de las materias primas relativamente altos por un tiempo, y eso le da a Argentina una ventana que no siempre tuvo.

La otra prueba es política. Las elecciones del año que viene van a medir si ese rumbo se sostiene, y lo que importa, más allá de quién gane, es que haya estabilidad durante un período largo. Argentina lleva más de quince años de relativo estancamiento, con una economía en serrucho que crece un año y cae el siguiente. El empleo privado lo muestra claramente con niveles parecidos a los de hace una década. Ningún fondo, por bien diseñado que esté, aumenta las contrataciones en una economía que no crece de forma sostenida. Lo que sí puede hacer el FAL es que, cuando ese crecimiento llegue, a las pymes les cueste menos animarse a contratar.

*José Guardia es director de Fortress Consulting, consultora de economía política y aplicada.

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