A un año del terremoto, Haití lucha por recuperar la dignidad
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A un año de la tragedia, sólo 5% de los escombros se han retirado, lo que imposibilita cualquier tipo de plan de reconstrucción.
De acuerdo a la descripción de una haitiana entrevistada por Amnistía Internacional en junio para su informe "Réplicas: las mujeres hablan claro contra la violencia sexual en lo campamentos en Haití", dichos asentamientos no son "aptos" para vivir. "El calor nos mata y por la noche no podemos salir porque tenemos miedo de ser violadas. Desde las 8 de la mañana no podemos estar debajo de las lonas porque el calor es insoportable. Cuando llueve, el agua desborda. Hay que subirse a las sillas y lo perdemos todo. Las ratas nos comen vivos. Incluso se suben a las camas y nos muerden", intentó la entrevistada poner en palabras los padecimientos del desplazado.
Las mujeres se llevan la peor parte. A la violencia de género que reina en Haití desde hace décadas, en los últimos meses se multiplicaron las violaciones y ataques sexuales contra una población femenina que se debate su existencia entre la miseria y la supervivencia. En los primeros 150 días posteriores al sismo se denunciaron 250 casos de violaciones en campos de refugiados. El terremoto no sólo acabo con lo material, sino que destruyó los lazos y estructuras familiares que protegían a las haitianas de los ataques. Cuando cae la noche, Puerto Príncipe se transforma en terreno de las bandas de jóvenes que roban y violan ayudados por un contexto generalizado y asumido de inseguridad y la falta de electricidad en las calles y campamentos.
Amnistía Internacional recogió casos como el de Myriam, una niña de once años que fue violada cuando se dirigió a comprar comida. Un grupo de bandidos la arrinconó y atacó. La madre de la niña murió durante el terremoto y desde entonces vive con una tía. Machou, una adolescente de 14 años que pasa sus días en un asentamiento del sudoeste de Puerto Príncipe también relató a la organización su ataque: "Fui al baño, entre las 7 y 8 de la noche. Un chico irrumpió y me abrió la puerta del baño. Me tomó de la mano e hizo lo que quiso. Cuando terminó se fue y yo lloré y lloré (...) Él me golpeó y me golpeó".
Los efectivos de seguridad de Naciones Unidas que colaboran en Haití, conocidos como Cascos Azules, se convirtieron en la única seguridad reinante. Su función es cooperar junto al gobierno haitiano a llevar estabilidad al país, no la imposición de orden. Fueron ellos quienes coordinaron la entrega de la ayuda humanitaria en una población que había perdido todo y que, a medida que pasaban los días, comenzaba a morirse de hambre.
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Como si las cientos de miles de víctimas no fuesen suficiente, en octubre el cólera ganó las calles. Unas 3651 murieron producto de la enfermedad cuyo origen se desconoce. Una de las posibilidades que se barajan involucra a fuerzas de seguridad nepalíes, dependientes de Naciones Unidas. Al parecer, los soldados se habrían contagiado la enfermedad durante un brote en su país entre 2008 y 2009. Un estudio médico francés asegura que se produjo por el vertido de heces fecales de los Cascos Azules a un río del cual poblaciones haitianas extraen agua para beber.
Mientras el cólera se cobraba vidas, los haitianos acudieron a las urnas el pasado 28 de noviembre. Los primeros resultados daban como ganadora a la ex primera dama Mirlande Manigat, pero debía enfrentar en segunda vuelta al candidato oficialista, Jude Celestin. Las denuncias de fraude e irregularidades por parte de los simpatizantes del cantante popular y candidato Michel Martelly - tercer lugar- obligaron a que el presidente Préval pidiese a la OEA un informe de los comicios para determinar quiénes se enfrentarán en el balotaje.
A un año del terremoto muchas cosas cambiaron, para peor. La pobreza con la que se encontró el terremoto del 12 de enero se incrementó, la violencia de género recrudeció, y la ayuda internacional, de la que vivió mucho tiempo Haití, volvió. Con la presencia de la comunidad internacional aparecieron también los pases de factura. Fue así como, en medio del caos, la Unión Europea, Brasil y organizaciones como la Cruz Roja, se quejaron porque los aviones de Estados Unidos tenían prioridad para aterrizar en Puerto Príncipe y sus aeronaves debían ser derivadas a República Dominicana.
Los millones de dólares que ingresan en forma de ayuda humanitaria estanca todo tipo posibilidad de que el Gobierno apele a su ingenio y capacidad para resurgir y reestablecer la dignidad entre la población. El primer país de América Latina en conseguir su independencia enfrenta la próxima década el desafío de conseguir su segunda independencia.





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