Kabul amaneció en un ambiente de pesar y consternación por el asesinato ayer del expresidente Burhanudín Rabbani, que la policía afgana ha atribuido a los talibanes aunque los insurgentes niegan su implicación en el magnicidio. Cientos de personas se congregaron en señal de duelo ante la casa del fallecido, que ejercía de mediador con los talibanes y cuya desaparición en un ataque suicida corta los esfuerzos de reconciliación en el país.
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Ningún grupo se había responsabilizado del atentado, que también segó la vida de otras cuatro personas y del que las autoridades afganas, que han declarado tres días de luto nacional, han culpado al liderazgo talibán, en suelo paquistaní.
La responsabilidad talibán en el asesinato fue, no obstante, desmentida por uno de los portavoces del movimiento insurgente a la emisora local Azadi, que se había hecho eco de una presunta reivindicación del crimen por parte de los insurgentes. Más allá de su autoría, el magnicidio supone un golpe que puede resultar mortal a las gestiones para incorporar a los talibanes al proceso afgano de pacificación con vistas a la retirada total de las tropas extranjeras en el país, prevista para 2014.
Creado en 2010 por el presidente Hamid Karzai, el Consejo de Paz se había embarcado en conversaciones con representantes talibanes y de otros grupos insurgentes para poner fin al conflicto armado local y frenar el recrudecimiento de la violencia en los últimos años. El Consejo emitió un comunicado de condolencia en el que se limitó a atribuir el crimen a los "enemigos de la paz", y prometió que hará "todo" cuanto esté en su ámbito para "lograr su visión de alcanzar un futuro pacífico" para Afganistán.
A la incertidumbre sobre el éxito del proceso de reconciliación política se une la preocupación por la posibilidad de que el crimen dispare el encono étnico en el rompecabezas tribal afgano. Rabbani -que con toda probabilidad será enterrado el viernes, día santo musulmán-, era uno de los principales líderes de la comunidad tayica, originaria del norte del país y rival tradicional de la etnia pastún, de la que se nutre el movimiento talibán.
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