El mundo se pregunta si el fundamentalismo islámico impondrá los gobiernos y las leyes en el mundo. Haber cambiado en España el resultado electoral más previsible con bombas asesinas 72 horas antes de los comicios es preocupante y afectará desde su arranque al futuro presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que llega desde el apaciguamiento. Tanto preocupa el tema al mundo que Francia, que no apoyó la guerra en Irak como sí hizo José María Aznar en España, también teme un atentado del extremismo islámico, pero por un motivo totalmente distinto del de España: por ley, obligó a suprimir el velo islámico a las estudiantes de esa religión en las escuelas públicas.
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Gran Bretaña, desde ya, está a la espera de la reprimenda y del grado de violencia que decidirá aplicarle Osama bin Laden por haber participado también en la invasión de Irak.
Indudablemente, esa guerra fue un error. Saddam Hussein no tenía armas nucleares y, aunque se intenta llevar la democracia a ese país después de una dictadura, existe de nuevo el peligro de autoritarismo y teocracia -tipo Irán- si se impone la mayoría chiita que con Saddam estaba aplacada. La contienda costó vidas de muchos de los soldados de países aliados. Pero no basta. El terrorismo quiere más y, con las muertes y su impacto, pretende poner de rodillas a las democracias occidentales. La Argentina ya fue reprimida sanguinariamente con los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA por el envío de naves -más simbólico que otra cosa- a la Guerra del Golfo en 1991, sumado al antijudaísmo del extremismo islámico. Muy grave lo que se vislumbra.
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