Compañía para Argentina y México y límite al golpismo, los efectos de la elección boliviana en la región

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¿Impacto pasajero o punto inicial de un cambio de tendencia? La importancia de los comicios en Estados Unidos. El problema de Venezuela y el recuerdo de Cuba.

Bolivia tiene un peso político limitado en América Latina, pero el triunfo del izquierdista Luis Arce Catacora en la elección presidencial del domingo tiene consecuencias importantes para la política regional. La más relevante es que marca el carácter efímero de la aventura golpista de noviembre del año pasado, un recurso de fuerza que, lamentablemente, tiene ecos recurrentes en la región.

En relación con eso, dejó la enseñanza de que la reacción popular al autoritarismo es más eficaz en las urnas que en el sacrificio callejero frente a un régimen dispuesto a tirar a matar, como se comprobó en las sangrientas represiones de Sacaba y Senkata. También fortalece el enfoque de la Argentina y México, que acertaron al liderar un rechazo en su momento minoritario al apartamiento de Evo Morales del poder a punta de pistola.

Asimismo, en paralelo, fragiliza a la Organización de Estados Americanos (OEA) y a su secretario general, Luis Almagro, cruciales en aquel episodio ingrato, y pone en evidencia más que nunca que aquella, antes que un foro de política hemisférica, es simplemente una herramienta de su valedor de última instancia: el Gobierno de los Estados Unidos.

Más allá de las variadas expresiones de alegría -que incluyeron al presidente, Alberto Fernández; a su vice, Cristina Kirchner; al jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, y a otros funcionarios- resulta interesante repasar la reacción del canciller, Felipe Solá, quien resumió la lectura del Gobierno. Tres tuits le bastaron a este para ir de lo particular, el caso del país hermano, a lo general, esto es el futuro de la política regional y la inserción de la Argentina en ella.

“El pueblo boliviano hizo justicia recordando la excelente gestión de Evo Morales”, dijo en Twitter sobre el contundente triunfo de Arce. “La Argentina no reconoció nunca a los golpistas transformados en gobierno de facto. Hace un año, la decisión de los presidentes Alberto Fernández y Andrés Manuel Andrés López Obrador salvó la vida de Evo Morales. Recordemos para valorar”, siguió.

“Informe (de Michelle) Bachelet. Bolivia. Matanzas de Sacaba (Cochabamba) y Senkata (El Alto). Torturas. Lenguaje violento e incendiario del Gobierno. Racismo. (Jeanine) Añez usó su discurso anual en la ONU para denunciar a nuestro país por destacarlo públicamente. Fue golpe”, culminó.

Todo está allí. Primero, el reconocimiento a la gestión del líder aymara, que le brindó a su país una etapa de estabilidad política, crecimiento económico e inclusión social sin parangón en décadas. Segundo, la reafirmación del eje Argentina-México, en especial en la defensa de la democracia. Tercero, el rescate de los derechos humanos como política de Estado, recordando a los frágiles de memoria que la expresidenta chilena y actual alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, al igual que la Argentina, no solo cuestiona los abusos del chavismo.

Arce fue el ministro con mayor permanencia en los gobiernos de Evo Morales y un hombre siempre leal, trayectoria que impide a priori imaginar en él una contorsión a lo Lenín Moreno. Sin embargo, el arquitecto del llamado “milagro económico” boliviano, basado en la nacionalización del gas, se cuidó en su gestión de distribuir la renta lo más aceleradamente posible en tanto y en cuando eso no vulnerara los equilibrios macro.

Eso no solo lo convierte en uno de los referentes del Movimiento al Socialismo (MAS) más aptos para llegarle a la clase media emergente del país hermano -y, con eso, un gran candidato presidencial- sino en símbolo de un manejo de la cosa pública muy diferente al de Venezuela, modelo abusivamente agitado en la región como un fantasma ante cualquier proyecto político que se aparte de la teoría del derrame.

Esa moderación de Arce, sumada al condicionamiento que implica la permanencia de los elementos políticos, judiciales, sociales, empresariales, policiales y militares que hicieron posible el golpe, probablemente se traduzca en una práctica de gobierno que tendrá pie de plomo. Habrá que leer bien esos pasos.

Con él en el poder, Fernández y López Obrador estarán menos solos, pero apenas un poco. No es demasiado lo que un solo país, en este caso Bolivia, puede ofrecerle a un progresismo que es franca minoría en la región. El cambio mayor tal vez se produzca pronto, el 3 de noviembre, cuando los estadounidenses elijan a un nuevo presidente.

Lo anterior no implica que las diferencias entre republicanos y demócratas sean demasiado grandes cuando del patio trasero se trata. Sin embargo, es conocido cómo Donald Trump ha avanzado en la política regional con sus modos ásperos, desde las alas que dio a la salida militar en Venezuela hasta la entronización de un hombre propio, Mauricio Claver-Carone, en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), cuyo sillón principal había estado reservado a latinoamericanos desde 1959.

Su rival, Joseph Biden, en tanto, no es un candidato demócrata más. Si bien su talante moderado puede hacer de él más de lo mismo en términos de política regional, no deja de exhibir en su currículum el haber sido vice de Barack Obama, el presidente que se animó a iniciar una política de deshielo inédito con Cuba.

El domingo sopló algo de aire fresco sobre América Latina, uno que indica que las aventuras golpistas tienen patas cortas cuando quedan en la región gobiernos dispuestos a levantar la voz y, sobre todo, una mayoría social dispuesta a resistir con inteligencia. Pronto se verá si aquello fue el inicio de un cambio de tendencia o, apenas, una golondrina bienvenida pero solitaria.

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