Ataque a Irak abre ahora disputa en la Casa Blanca
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En otro frente de conflicto, el diario «The Washington Post» indicó ayer que los militares estadounidenses temen que una guerra contra Irak distraiga los recursos y la atención de la campaña contra Al-Qaeda y el terrorismo.
El diario dice que oficiales militares advirtieron que una campaña de gran envergadura implicará un importante drenaje en mate-ria de inteligencia (aviones espía, satélites y otros recursos) y de unidades de fuerzas especiales.
Los analistas se hallan divididos: mientras para algunos el ataque podría lanzarse antes de diciembre, otros creen que no ocurrirá antes de enero.
Los comentarios de Powell enfatizan la división de opiniones entre los llamados «halcones» del gobierno estadounidense, como Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, que respaldan una acción militar contra Bagdad, y las voces más comedidas que se alzan en Gran Bretaña, que dicen que hacer volver a los inspectores a Irak es la prioridad.
• Insistencia
Powell parece estar del lado del ministro de Relaciones Exteriores británico, Jack Straw, que la semana pasada insistió en que los inspectores de armas eran una prioridad en la política de Londres sobre Irak, y no el «cambio de régimen» en Bagdad que demandan Bush y Cheney. En lo que representa un debate interno muy similar al que tiene lugar en Washington, el primer ministro británico, Tony Blair, está tratando de crear un punto intermedio entre las dos posturas, insistiendo en que deberían tomarse algunas acciones contra Irak, pero rechazando por ahora hacer una especificación sobre cuáles deben ser éstas.
El líder de la oposición conservadora británica, Iain Duncan Smith, salió ayer a explotar la supuesta indecisión de Blair al señalar que el premier ha fallado en explicar al pueblo del Reino Unido que «Irak representa una amenaza concreta para nuestro país», ya que -advirtió- podría usar su armamento terrorista contra nosotros».
Las discrepancias internas en el gobierno de Bush dispararon ayer inéditas críticas de los ex secretarios de Estado republicanos Alexander Haig y Lawrence Eagleburger. Paralelamente, también salió a terciar en la polémica el embajador norteamericano ante las Naciones Unidas durante el gobierno de Bill Clinton, Richard Holbrooke.




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