Líder en un tiempo de emergencia, asumió Biden con un angustioso llamado a la unidad

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Cicatrizar las heridas que dejaron los cuatro años de mandato de Trump y el reciente copamiento del Capitolio será su prioridad. Sin eso, le costaría mucho doblegar la pandemia, recuperar la economía y calmar las tensiones raciales.

Las fanfarrias, las apelaciones patrióticas y la gestualidad imperial abundaron ayer en Washington, al igual que ocurre, cada cuatro años, en toda asunción de un nuevo presidente. Sin embargo, la jura de Joe Biden como el 46º de la historia estadounidense fue particular, dada la ausencia de calor popular, producto del delicado contexto sanitario y de las medidas de seguridad sin precedentes que impuso el reciente asalto al edificio del Congreso que tenía a sus espaldas. Su discurso de asunción, tuvo, como no podía ser de otro modo, todas las marcas del tiempo que le toca: el tono humilde y hasta suplicante, el reconocimiento de que la democracia no es un bien que pueda darse por garantizado y la recurrencia infinita en el pedido de unidad.

Hace justo cuatro años, Donald Trump protagonizaba el primer cruce fuerte de su presidencia con la prensa porque esta había asegurado que la multitud reunida en el National Mall había sido magra. Esta vez no hubo discusión posible: la enorme explanada estuvo vacía y, en lugar de ciudadanos, se emplazaron 191.500 banderas iluminadas por 56 focos, símbolos de los estados y territorios del país.

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La asunción de Joe Biden como presidente de Estados Unidos se vio marcada por la pandemia y las acciones de su antecesor, Donald Trump.

La asunción de Joe Biden como presidente de Estados Unidos se vio marcada por la pandemia y las acciones de su antecesor, Donald Trump.

La pandemia del nuevo coronavirus fue motivo suficiente para evitar aglomeraciones, pero el carácter de ciudad tomada por 25 mil efectivos reveló la causa última de ese vacío: un miedo enorme a la violencia que pudieran provocar otra vez grupos de ultraderecha o incluso lobos no tan solitarios en un país en el que el recurso a las armas de grueso calibre es un derecho constitucional.

Biden evocó de entrada la toma del Capitolio, incentivada por un Trump ayer ausente con aviso. Sabe que la oportunidad que esperó toda su vida y que llegó cuando ya no la creía posible, a sus 78 años, le impone un desafío descomunal: volver a unir algo que se ha roto acaso sin remedio.

Por eso no ahorró formas de llamar a la unidad, casi de implorarla. "El futuro no depende de algunos de nosotros, depende de todos", dijo. "Tenemos mucho por reparar, por restaurar, por curar y por ganar", insistió. Los enemigos que "debemos derrotar", definió, son " el virus que se ha cobrado tantas vidas, millones de empleos y provocado el cierre de cientos de miles de negocios", además del "extremismo, el supremacismo blanco y el terrorismo".

"Tengo todo mi corazón puesto en el propósito de unir a nuestro pueblo y de que todo Estados Unidos se me sume en esta causa", añadió. Habló y recalcó las ideas de constituir "una nación, una nación" y de que "la unidad es el camino hacia adelante", así como la necesidad de "superar esto juntos, juntos" porque "no tenemos que vernos como adversarios sino como vecinos y tratarnos con respeto".

La insistencia –que fue de Biden, aunque le pedimos perdón al lector si se ha sentido abrumado– buscó marcar el máximo contraste posible con su antecesor, pero sobre todo con la semilla que este supo distinguir en medio del barro, limpiarla, plantar correctamente y regar cada día. El propio Biden reconoció que toda la historia de su país estuvo dada por la lucha entre el pluralismo y la democracia y lo que describió como "la horrible realidad" del racismo y la división.

El demócrata, rostro del regreso a la politics as usual, necesita convertir su reclamo de unidad en una realidad al menos parcial para poder enfrentar con éxito los muchos dramas del momento: los números récord de contagios y muertes por la pandemia, la economía que no termina de recuperar altura, la pérdida –ya de décadas– de poder adquisitivo de la clase media y los reclamos jamás atendidos de justicia y trato digno de las comunidades negra y latina

No le va a ser fácil. Los popes del Partido Demócrata se mostraron ayer exultantes por el regreso al poder y por el final de una pesadilla que jamás entendieron como producto de su fracaso histórico en contener a tantos lastimados. Sin embargo, la calle tiene otro humor.

Según la encuesta que publicaron el domingo The Washington Post y ABC, el 60% de los estadounidenses cree que Biden fue el legítimo vencedor de las elecciones del 3 de noviembre, pero el 70% de los votantes republicanos sigue convencido de que lo hizo a través de un fraude. La prédica ponzoñosa de Trump, que ayer dejó a regañadientes una Casa Blanca que sentía su propiedad, ha calado hondo y no dejará de hacerlo por más que Facebook, Instagram, Twitter y otras redes sociales decidan silenciarlo después de haberle servido tan bien.

Biden no nombró a su antecesor en su discurso, pero no por ello este va a desaparecer. Es más, es probable que el Senado avance en las próximas semanas en la votación de un juicio político que, a esta altura, solo tendría el sentido de inhabilitarlo para 2024. Por eso su consigna fue "volver… de alguna manera".

El magnate inmobiliario, inverosímil defensor de las causas populares, no debe haberse molestado por esa omisión. De hecho fue él quien decidió honrar su promesa de no reconocer nunca el triunfo de su rival y ausentarse de la ceremonia, dejando el protocolo de la jura en manos de su vice, Mike Pence. Trump no quiso ser parte de la foto de un establishment que no va a dejar de denunciar aunque, en lo profundo, él mismo sea parte inescindible de él. En eso radica su negocio político: la recreación de la hidra inmortal del resentimiento. "De alguna manera", claro.

Cabe, sobre el cierre, una digresión: habría sido interesante, tras su rol en la toma del Capitolio, escuchar al presentador anunciando su ingreso bajo la fórmula protocolar de "honorable", la misma que le dedicó a Bill Clinton a pesar de sus líos poco flemáticos de polleras y a George W. Bush, obviando su responsabilidad en el engaño colosal que permitió la destrucción de, al menos, un país entero.

Nada de eso importa. El que viene tiene que ser el tiempo de la unidad o, por lo menos, uno en el que las diferencias no entren arma en mano en los palacios.

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