De crisis en crisis, Bolsonaro resiste con apoyo de su núcleo duro, del mercado y las FF.AA.

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Las encuestas le dan mal, la pandemia se ceba con un Brasil que no supo manejarla y la economía desciende por el tobogán. La foto y la película. Los militares, árbitros. Si cae, que sea por su propio peso.

El diario Folha de São Paulo le contabilizó a Jair Bolsonaro una crisis cada cincuenta días de gestión desde su asunción el 1 de enero del año pasado, pero la tendencia se acelera. La última conmoción se produjo el viernes, cuando Nelson Teich renunció como ministro de Salud, apenas 28 días de haber reemplazado, en medio de otro temblor, a Luiz Henrique Mandetta y cuando todavía está por determinarse la potencia de la bomba que dejó Sergio Moro al abandonar la cartera de Justicia en medio de denuncias de interferencia del presidente en la Policía Federal para proteger a sus hijos de una serie de investigaciones.

Esas crisis, además, son autogeneradas. Teich dijo basta después de enterarse en plena conferencia de prensa de un decreto para declarar servicios esenciales en la pandemia las de gimnasios, peluquerías y salones de belleza. Con el vaso lleno, la última gota fue la decisión del presidente de imponer por medida provisoria (similar a los decretos de necesidad y urgencia de la Argentina) el uso de la cloroquina en los estadios más incipientes del Covid-19, un antipalúdico cuya efectividad para la nueva enfermedad está, cuando menos, en entredicho.

El hombre está en guerra y, de hecho, esa es la palabra que usó para decirles a los industriales de San Pablo que debían “jugar pesado” contra el gobernador de ese estado, João Doria, empeñado en mantener medidas de aislamiento social. Razón no le falta a este, dado que Brasil ha sobrepasado, con sus 15.633 muertos documentados hasta el sábado, el drama de China, y con sus 233.142 contagiados, los casos de Italia y España. Sin embargo, para el presidente, esa porfía sanitaria es un ataque directo a su necesidad política de que la economía funcione a pleno.

Según la última edición del informe Focus, el relevamiento de expectativas que el Banco Central de ese país realiza entre consultoras, bancos y analistas de referencia cada semana, se proyecta que el producto interno bruto (PIB) registre este año una caída del 4,11%. La cifra supone un deterioro marcado: Solo una semana antes, la previsión arrojaba -3,7% hace cuatro, -1,96%.

Pero el futuro puede ser aun peor, según estudios de varios grandes bancos y fondos de inversión internacionales. Para Deutsche Bank, la recesión será del 6,2 %; para SPX Capital, 6,8%; para J.P. Morgan y Legacy Capital, 7 %; y para Société Générale, 7,4 %.

Si las previsiones más pesimistas prevalecieran, Brasil no correría una suerte económica muy diferente de la de Argentina, más allá de que en aquel país el aislamiento social no fue centralizado y obligatorio sino decidido por los estados y, en buena medida, de acatamiento voluntario. A eso se sumó el boicot permanente del jefe de Estado, que hizo discontinuo y desprolijo el seguimiento de esas prevenciones.

“Solo miren las muertes por millón de habitantes”, dijo, suelto e cuerpo, Bolsonaro el jueves cuando los periodistas le preguntaron por el desempeño muy superior de nuestro país. Ahora se sabe que, además del arte de gobernar, la matemática tampoco es su fuerte: los decesos en Brasil son más de 70 por millón, mientras que en la Argentina llegan a 7. “Me hablan de un país que va hacia el socialismo”, zanjó luego, más expeditivo, la cuestión.

Ni salud ni economía, entonces. Además, Bolsonaro está peleado con casi todos los factores de poder de Brasil, incluidos el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia –de quien depende la admisión o el rechazo de alguno de los casi treinta pedidos de juicio político ya presentados en su contra– y con el Supremo Tribunal Federal (STF), del que dependería el ritual de un eventual impeachment y, acaso más importante, que podría ser una de las vías para una posible destitución. Así las cosas, ¿cómo sobrevive?

Según una de las encuestas más tradicionales de Brasil, la que la consultora MDA realiza para la patronal Confederación Nacional del Transporte, el 55,4 % de los brasileños desaprueba al presidente, 8,4 puntos porcentuales más que en enero. Lo importante, se señaló, es que los que repudian pasaron a ser mayoría.

Sin embargo, si se trata de juicio político o de un proceso en el STF (que requeriría una suspensión por 180 días votada por dos tercios de la Cámara de Diputados) la pregunta correcta es otra: ¿quiénes lo apoyan? De acuerdo con MDA, pese a una caída continua, todavía un 39,2%.

Perdida parte de la clase media lavajatista que pegó un portazo junto al exjuez de la operación Lava Jato Sergio Moro, Bolsonaro se sigue apoyando en su núcleo duro. Este incluye a segmentos populares considerables, cruzados en buena medida por la fe evangélica (ese 39% que oscila en otros estudios, pero nunca cae por debajo del 30%), al mercado financiero y a los militares, que hicieron del excapitán de paracaidistas el mascarón de proa de un proyecto propio de poder. Con esos recursos, una destitución vía impeachment o juicio en el Supremo parecen difíciles en el corto plazo.

Con todo, ese escenario podría cambiar si los dislates del mandatario persisten y si la economía y las condiciones de vida se deterioraran más, de modo de erosionar el respaldo popular actual. También el mercado financiero podría soltarle la mano si su pelea permanente con el establishment político estanca el proceso de reformas en el Congreso. Y, por último, los militares podrían recordar que su proyecto encontró en Bolsonaro un rostro, un actor, pero que el contenido va mucho más allá de él.

Un alivio para Bolsonaro es que difícilmente los militares quieran ser vistos como quienes le dan el empujón final. Si el hombre cae, que sea por su propio peso. La repercusiones locales e internacionales de que sean ellos quienes le den el empujón final serían muy graves para Brasil.

Sin embargo, el hombre también tiene un problema: sus excamaradas de armas supieron blindarse, ya que no solo controlan más de la mitad del gabinete y los cargos de confianza relevantes sino también la vicepresidencia, a cargo del general retirado Hamilton Mourão.

Según la Constitución brasileña, si el presidente renuncia o es destituido antes de completar la mitad del mandato, la salida institucional pasa por un llamado a elecciones. En cambio, si la acefalía se produce tras el cruce de ese meridano, es el vice quien completa el período de cuatro años.

Acaso la crisis en torno al polémico presidente brasileño se haya desatado un poco antes de tiempo.

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