«Usted es un terrorista, no un soldado, usted no es un guerrero sino un terrorista culpable de múltiples intentos de asesinato», le dijo el juez
Reid fue considerado culpable de los ocho cargos que pesaban en su contra: tentativa de uso de arma de destrucción masiva, de homicidio, colocación de artefacto explosivo en un avión, intento de asesinato, dos cargos por interferencia en el trabajo de la tripulación y uso de un artefacto destructivo en relación con un crimen violento.
El juez no consideró posibles atenuantes al no haber constatado arrepentimiento del acusado.
«¿Ve usted esta bandera, señor Reid?», preguntó el magistrado, añadiendo: «esta es la bandera de Estados Unidos y estará aquí mucho tiempo después de que esto se haya olvidado».
Era el fin de la sesión, y Reid reaccionó con rabia, soltando palabras incomprensibles y de tono amenazante contra el juez.
Los agentes federales se lo llevaron de la sala prácticamente en volandas. Ese fue el único momento en que Reid perdió los nervios, en una sesión de unas dos horas en la que pareció distraído, mordiéndose las uñas y acariciándose la perilla con frecuencia.
Antes de la lectura de la sentencia, el acusado había usado su derecho a intervenir, para admitir su «acción y sus alianzas», en alusión a su pertenencia a Al-Qaeda.
A la sesión asistieron diez de los tripulantes de aquel vuelo 63 de American Airlines del 21 de diciembre de 2001, en el que viajaban 197 personas en total.
Tres azafatas que jugaron un papel esencial para evitar el atentado, pidieron hablar, y las tres lo hicieron para solicitar la cadena perpetua para Reid.