Quito - Después de 20 mi tines en dos días, Rafael Correa se sube al coche agotado. Son las 23. Pide permiso para quitarse la chomba color verde, símbolo de su campaña, y el chaleco antibalas que lleva debajo, empapado en sudor. Se pone una remera limpia, reclina el asiento y cierra los ojos. A sus 43 años puede convertirse en presidente de Ecuador el próximo domingo, si aciertan las encuestas.
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Este hombre guapo de ojos azul claro y sonrisa atractiva es para unos un populista izquierdista de la línea de Hugo Chávez o Evo Morales, un dolor de cabeza para Estados Unidos y para la inversión extranjera. Pero para quienes lo apoyan, es el látigo para una clase dirigente corrupta que ha sumido a Ecuador en décadas de miseria.
Por eso alaban que no presente candidatos al Congreso, ya que lo primero que hará, si gana, es convocar una asamblea constituyente y acabar con «las mafias políticas y los ladrones» que esquilman los recursos de la nación.
Le molesta que lo consideren un charlatán, porque en su currículo figura que estudió en las universidades de Quito y de Lovaina y que tiene un doctorado en Econometría por la Universidad de Illinois. Y todo gracias a las becas, amén de haber ocupado diferentes cargos donde dejó evidencia de sus capacidades. «No somos populistas, sino gente con sentido común que quiere construir una gran clase media, como hizo España después del franquismo. Y eso lo critican.»
Es un novato en las lides políticas que se lanzó a la carrera presidencial tras un fugaz paso por la cartera de Economía con Alfredo Palacio. Su posición firme frente al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, su rechazo al TLC (Tratado de Libre Comercio) con EE.UU., así como sus opiniones fuertes, a veces opuestas a las del presidente, y su forma de expresarse sin pelos en la lengua le valieron la expulsión del gabinete, pero también el respaldo de buena parte de sus compatriotas.
Periodista: Los empresarios españoles y la Casa Blanca temen su victoria, piensan que llega otro Chávez, otro Morales.
Rafael Correa: Deben tener miedo si mantenemos a todos los corruptos que se reparten los cargos entre familia; ahí que tengan miedo. Pero no se asustaban cuando había políticos ladrones y no les preocupa un payaso como (Alvaro) Noboa o un ignorante como (Lucio) Gutiérrez, que era un lacayo.
P.: No parece que otros gobiernos se hayan preocupado en el pasado.
R.C.: Porque participan de esa corrupción muchos de ellos. Lo que no hacen en España ni en Estados Unidos lo hacen aquí. Pero los buenos empresarios van a estar encantados con nosotros porque vamos a tener un gobierno transparente, un liderazgo claro, políticas técnicas, honestidad, leyes claras.
P.: ¿No lo agobia la gran esperanza que ha despertado?
R.C.: De ninguna manera. Nosotros vamos a cumplir. No somos esos mesías que se creen que la salvación viene del cielo. Hemos dicho claramente que éste es un trabajo muy arduo, (que hay que hacer) día a día, consistentemente y de todo un pueblo, no sólo de un gobierno.
P.: Usted habla de la tragedia de la emigración. ¿Qué hacer para convencer a la gente de que tiene aquí un futuro y no tiene que salir a buscarlo cuando tampoco allí hay trabajo para todos?
R.C.: Ahora no se les puede hacer creer nada porque no hay futuro, hay un nivel económico y social excluyente, el que no tiene dinero se puede morir a las puertas de un hospital. ¿ Queremos parar la emigración? Cambiemos radicalmente este modelo económico.
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