1 de agosto 2026 - 00:00

Ceuta es apenas el síntoma: cómo Marruecos cambió el equilibrio de poder en el Mediterráneo

La nueva oleada migratoria volvió a dominar el debate europeo. Sin embargo, la explicación hay que buscarla en una transformación geopolítica que comenzó hace más de dos décadas.

La crisis en Ceuta volvió a colocar la inmigración en el centro del debate europeo y expuso el creciente peso estratégico de Marruecos.

La crisis en Ceuta volvió a colocar la inmigración en el centro del debate europeo y expuso el creciente peso estratégico de Marruecos.

Las imágenes de miles de personas intentando cruzar desde Marruecos hacia Ceuta volvieron a colocar a la inmigración en el centro del debate europeo. España reforzó la frontera, desplegó efectivos de seguridad y Pedro Sánchez se trasladó al enclave español en el norte de África mientras el episodio reabría uno de los debates más sensibles de la Unión Europea: el control de sus fronteras exteriores.

Sin embargo, interpretar lo ocurrido únicamente como una crisis migratoria significa quedarse con la consecuencia e ignorar el proceso de fondo. Ceuta no es el fenómeno que merece atención. El fenómeno es Marruecos.

Durante los últimos veinticinco años, el reino marroquí dejó de ser un vecino periférico de Europa para convertirse en uno de los actores estratégicos más importantes del Mediterráneo occidental. Hoy España necesita su cooperación para controlar los flujos migratorios, combatir el terrorismo, preservar la estabilidad de Ceuta y Melilla —las dos ciudades autónomas españolas situadas en la costa norte de África— y sostener buena parte de su política hacia África.

Bruselas entendió esa transformación hace tiempo. Para el periodo 2021-2027, la Unión Europea tiene comprometidos más de 1.600 millones de euros para programas de cooperación destinados al desarrollo económico, el fortalecimiento institucional, la gestión migratoria y el control de las fronteras. La lógica es clara: la estabilidad de Marruecos pasó a formar parte de la seguridad europea.

Ese cambio no fue casual. Fue el resultado de una estrategia de Estado sostenida durante más de dos décadas. Para comprenderla, sin embargo, hay que mirar varios cientos de kilómetros al sur de Ceuta. Allí se encuentra el conflicto que organiza gran parte de la política exterior marroquí: el Sáhara Occidental.

Ese territorio fue colonia española hasta 1975. Tras la retirada de España mediante los Acuerdos de Madrid, el Frente Polisario (el movimiento independentista saharaui) rechazó la transferencia de la administración a Marruecos y Mauritania, proclamó la República Árabe Saharaui Democrática e inició una guerra por la independencia con el respaldo de Argelia. Detrás de ese apoyo existía un interés estratégico: Argel veía —y sigue viendo— a Marruecos como su principal competidor por el liderazgo del Magreb.

Imagen del masivo ingreso de inmigrantes a Ceuta esta semana. 

Imagen del masivo ingreso de inmigrantes a Ceuta esta semana.

Con el tiempo, Mauritania abandonó sus reclamaciones. Entonces Marruecos consolidó el control de la mayor parte del territorio y convirtió el Sáhara Occidental en una causa de Estado. El referéndum de autodeterminación impulsado por Naciones Unidas nunca llegó a celebrarse y, en 2007, Rabat propuso un plan de autonomía bajo soberanía marroquí, una fórmula que considera la única salida viable y que el Frente Polisario rechaza por entender que clausura cualquier posibilidad de independencia.

Desde la llegada de Mohamed VI al trono en 1999, la política exterior y la política económica comenzaron a responder a un mismo objetivo: fortalecer el peso internacional de Marruecos y consolidar su posición sobre el Sáhara Occidental. Mientras buena parte del norte de África atravesaba guerras civiles, crisis políticas o golpes de Estado, Marruecos siguió otro camino.

La Primavera Árabe también llegó al reino en 2011, pero la monarquía absorbió la presión mediante reformas limitadas sin poner en riesgo la continuidad del régimen. Esa estabilidad permitió ejecutar una estrategia de largo plazo basada en infraestructura, industria, energías renovables e inversiones en África occidental. El puerto de Tánger Med se transformó en uno de los principales centros logísticos del Mediterráneo y el país desarrolló la mayor industria automotriz del continente africano.

Ese fortalecimiento del Estado, sin embargo, no se tradujo automáticamente en un mayor bienestar para la sociedad. Aunque la economía se diversificó y atrajo inversiones, amplios sectores de la población continúan enfrentando elevados niveles de desigualdad, desempleo juvenil y marcadas diferencias entre las ciudades costeras y el interior rural.

Al mismo tiempo, el poder sigue fuertemente concentrado en la monarquía. Si bien existen elecciones y Parlamento, Mohamed VI conserva las principales decisiones en política exterior, seguridad y defensa, mientras organizaciones internacionales mantienen sus cuestionamientos sobre las restricciones a las libertades públicas. Esa paradoja define buena parte del Marruecos contemporáneo: mientras la sociedad enfrenta desafíos persistentes, el Estado no dejó de acumular influencia internacional.

Los Acuerdos de Abrahan y el rol de EEUU e Israel

El punto de inflexión llegó en diciembre de 2020, cuando Donald Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental en el marco de los Acuerdos de Abraham, mediante los cuales Marruecos normalizó relaciones con Israel. El conflicto dejó entonces de ser una cuestión exclusivamente regional para incorporarse a un tablero donde confluyen los intereses de Estados Unidos, Israel y varias potencias europeas.

Lejos de revertirse, ese giro comenzó a consolidarse. Joe Biden mantuvo la decisión estadounidense y varios aliados occidentales se acercaron progresivamente a la posición de Rabat. España modificó en 2022 su postura histórica al considerar el plan de autonomía como la propuesta "más seria, creíble y realista" para resolver el conflicto. Francia fue aún más lejos al respaldar explícitamente la soberanía marroquí sobre el territorio.

Los Acuerdos de Abraham firmados en 2020. 

Los Acuerdos de Abraham firmados en 2020.

Ese nuevo escenario terminó condicionando también la política exterior española. Madrid necesita mantener un delicado equilibrio entre sus dos grandes socios del Magreb: depende de Argelia para garantizar parte de su abastecimiento energético y de Marruecos para gestionar la inmigración, combatir el terrorismo y preservar la estabilidad de su frontera sur.

En ese contexto, el 20 de julio Pedro Sánchez viajó a Argel para reforzar la cooperación energética y recomponer plenamente la relación bilateral. Apenas diez días después estalló la crisis de Ceuta.

No existe evidencia pública que permita vincular ambos episodios ni afirmar que Marruecos haya relajado deliberadamente los controles fronterizos, como sí ocurrió durante la crisis diplomática de 2021. Sin embargo, aquel antecedente demostró hasta qué punto el control migratorio puede convertirse en un instrumento de presión política y explica por qué cualquier episodio en Ceuta genera preocupación inmediata en Madrid y Bruselas.

Por eso Ceuta no debería analizarse únicamente como una crisis fronteriza. Es el reflejo visible de una transformación mucho más profunda. Durante décadas Europa creyó que Marruecos necesitaba más a Europa que Europa a Marruecos. Hoy esa relación es mucho más equilibrada.

La influencia marroquí ya no proviene únicamente de su ubicación geográfica. Proviene de haber conseguido que actores con intereses muy distintos —Estados Unidos, las principales potencias europeas e Israel— encuentren razones para preservar su estabilidad y, en distintos grados, respaldar su posición sobre el Sáhara Occidental. Esa red de alianzas le otorga una capacidad de negociación muy superior a la que cabría esperar por el tamaño de su economía o de sus Fuerzas Armadas.

La crisis migratoria de Ceuta pasará. Lo que probablemente permanezca es la transformación que la hizo posible: el equilibrio de poder en el Mediterráneo occidental ya no puede entenderse sin el papel que hoy desempeña Marruecos.

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