Chávez, a la caza de enemigos, pero mira poco hacia EE.UU.
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Por eso sorprende el empeño de Castro y Chávez en ganar más enemigos. La Unión Europea ha tenido siempre una actitud más abierta y cooperativa hacia Cuba que Estados Unidos. Y luego de algunos cortocircuitos, las relaciones se han normalizado últimamente, en gran parte por iniciativa del nuevo gobierno español, lo que vuelve más injustificada aún la adhesión de Castro a las críticas de su ahijado venezolano. Es notable también que, pese al gusto del régimen castrista por las grandes demostraciones de masas, nunca haya organizado una para repudiar las comprobadas afrentas a la dignidad humana en la cárcel de Guantánamo.
La dureza de Chávez con Madrid contrasta con el hecho de que jamás ha tomado medida alguna que afecte los intereses económicos comerciales entre su país y Estados Unidos.
Y, si se repasa la larga lista de entredichos diplomáticos protagonizados por el presidente venezolano, predominan los roces con gobiernos de países latinoamericanos con los que sin embargo dice querer integrarse. En su momento, fue acusado de injerencia por Ecuador y Perú (por involucrarse más de la cuenta en los procesos electorales de esos países) pero también por la propia Bolivia, debido a sus constantes advertencias de golpes de Estado y el aviso de su embajador en La Paz de que las fuerzas armadas venezolanas intervendrían en caso de ataques al gobierno de Evo Morales.
En los últimos años, Caracas tuvo que retirar su embajador de Chile, de Perú y, más difícil de entender aún, de la Argentina (ver aparte). También amenazó con retirar su embajador de Israel, cuando ese país atacó al Líbano pero, pese a todas sus promesas de solidaridad antiimperialista, no hizo lo mismo cuando Estados Unidos intervino militarmente en Irak.
Más aún, cuando en mayo de 2005, Washington prohibió toda venta de armas a Venezuela, Hugo Chávez tuvo un ataque de cordura y se apuró a tranquilizar al «demonio»: «Sería una locura cortar el suministro, yo tengo conciencia de mi responsabilidad».
Ahora dice estar impulsando una OPEP más política «que enfrente al imperio», pero no modifica el ritmo de sus ventas que han convertido a Venezuela en cuarto proveedor de petróleo de ese país, lo que le representa ingresos anuales por 34.000 millones de dólares. Como bien lo señaló el escritor mexicano Carlos Fuentes, «económicamente se llevan a toda madre (...) Lo demás es retórica (...) una puesta en escena».
El propio Néstor Kirchner señaló el año pasado que Estados Unidos «está intentado crear una imagen de monstruito» de Chávez pero «le compra 25 mil millones de dólares de petróleo». Claro que la operación funciona también a la inversa pues la confrontación retórica que en lo formal contradice el tratado de libre comercio existente en lo real entre Caracas y Washington les es funcional a ambos países: es conocida la utilidad de un enemigo a quien culpar de todo y en torno al cual galvanizar a la opinión pública. Eso explica que Chávez diga que «no es imprescindible para nosotros la inversión española, no la necesitamos» y que el armamentismo venezolano preocupe más a Brasil que a Estados Unidos. Como se encargó de recordar Antoni Brufau, presidente de Repsol YPF, «en mi sector, el petróleo, todas las empresas norteamericanas están operando en Venezuela sin ningún problema».



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