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6 de octubre 2026 - 09:02

Cincuenta años después de la Revolución Cultural, China no quiere hablar de ello

El fin de esa década tumultuosa y el giro decisivo respecto al errático gobierno de Mao allanaron el camino para el medio siglo de notable crecimiento.

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Xi Jinping en un festejo en China pos pandemia de Covid-19.

Foto: Reuters

No habrá grandes celebraciones. Sin embargo, se trata de un aniversario trascendental. El 6 de octubre se cumplen exactamente 50 años del fin oficial de la Revolución Cultural. El fin de esa década tumultuosa y el giro decisivo respecto al errático gobierno de Mao allanaron el camino para el medio siglo de notable crecimiento de China. Pero la fecha es demasiado delicada para el Partido Comunista, dada su profunda aversión a examinar los errores del pasado. El partido emitió hace mucho tiempo un veredicto negativo sobre la Revolución Cultural y no tiene ningún interés en reabrir viejas heridas.

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En busca de una señal, aunque fuera mínima, de memoria pública, Chaguan visitó el mes pasado lo que alguna vez fue la única exposición en China sobre los horrores de la Revolución Cultural, en las colinas a las afueras de Shantou, una ciudad portuaria del sur. La violencia extrema estalló poco después de que la campaña de Mao comenzara en Beijing en 1966 y se extendió como un virus por todo el país, incluyendo Shantou, a casi 2000 km de distancia. Un teniente de alcalde, perseguido durante aquellos años de locura, sabía que había tumbas en las colinas y transformó la zona en un museo, inaugurándolo en 2005. Con donaciones privadas, instaló placas con los nombres de miles de víctimas y exhibió relatos del caos, así como fotografías de multitudes enfurecidas que denunciaban a supuestos enemigos. También expuso el veredicto oficial: un líder equivocado y camarillas contrarrevolucionarias habían "traído la catástrofe al partido, al estado y a todo el pueblo".

Tras una larga caminata por un camino montañoso al atardecer de un día húmedo, Chaguan llegó al emplazamiento del antiguo museo. El gobierno lo había cerrado por "reformas" en 2016. Durante un tiempo, los visitantes aún podían encontrar vestigios de los monumentos, incluidas placas cubiertas apresuradamente. Ahora no queda nada. El edificio circular con forma de pagoda que albergaba los objetos está vacío y cerrado con candado. Las inscripciones en las piedras están cubiertas con cemento o borradas con pintura amarilla. No hay tumbas de aquella época señalizadas. En su lugar, el sitio se ha convertido en un homenaje a los doce "valores socialistas fundamentales" que China adoptó como lemas ideológicos cuando Xi Jinping llegó al poder. Grandes letreros decorativos proclaman estos valores (entre ellos: justicia, igualdad, libertad), sin mayor explicación.

La policía de paisano solía vigilar y a menudo acosar a los visitantes del lugar, ya fueran corresponsales extranjeros entrometidos o familiares valientes que se reunían para guardar luto, como hacían cada verano. Ahora, el monumento ha sido borrado por completo, por lo que Chaguan no tuvo ningún problema para caminar por allí. Un anciano cerca del antiguo museo se estiraba tras subir la colina. «La gente de mi edad sabe exactamente lo que pasó. Lo vivimos. Hubo violencia entre diferentes facciones aquí en Shantou», dijo. «Los jóvenes no lo saben y los líderes no quieren que lo sepan».

Encubrir la historia no es nada nuevo en China: basta con ver los esfuerzos del partido por borrar la memoria de las protestas de la Plaza de Tiananmen de 1989. Pero el silencio en torno a la Revolución Cultural se está volviendo cada vez más ensordecedor. A finales de la década de 1970, Deng Xiaoping permitió que la gente reflexionara sobre su trauma personal, dando origen a la «literatura de las cicatrices». Sin embargo, pronto Deng intentó dar por zanjado todo esto con la resolución del partido sobre la historia en 1981. Aun así, durante la era de Deng y posteriormente, la gente siguió rememorando sus propias experiencias y debatiendo la tragedia nacional en valientes revistas, libros, películas y, como en Shantou, en monumentos conmemorativos. Estos esfuerzos encontraron resistencia, pero hubo suficientes fisuras para que pudieran abrirse paso.

En los últimos 15 años, el partido ha sellado progresivamente la mayoría de estas vías de comunicación. Las revistas han sido clausuradas. Algunos libros publicados anteriormente por editoriales oficiales chinas han sido prohibidos. Los cineastas más provocadores viven bajo vigilancia constante. En julio, un investigador que utilizó un seudónimo escribió un artículo para China Unofficial Archives, un sitio web extranjero, argumentando que el control sobre la información relacionada con la Revolución Cultural «ha alcanzado niveles sin precedentes en 2026». En las universidades, algunos historiadores aún mencionan la década en sus clases, pero nadie se atreve a cuestionar ese veredicto oficial, escueto y superficial.

Denihilismo

El silencio trasciende las ideologías. En 2016, en el 50 aniversario del inicio de la Revolución Cultural, algunas voces de todo el espectro político debatieron sobre ella, tanto en línea como en la prensa escrita. Los liberales exigían una revisión más exhaustiva para garantizar que la locura no se repitiera jamás; los izquierdistas pedían una reevaluación que reconociera a Mao el mérito de haber sacudido a un partido anquilosado. En este aniversario, ni la crítica ni la admiración son aceptables. El partido sustituyó su resolución histórica de 1981 por una nueva en 2021, reduciendo su análisis de la Revolución Cultural de un capítulo a un breve párrafo. Si Deng quería archivar el debate, Xi ha intentado relegarlo al olvido.

Un niño tapa la boca de su madre en la céntrica plaza Tiananmen de Pekín.

Para Xi Jinping, la calma representa una victoria. Parece haber aplastado el «nihilismo histórico» sobre el que advirtió al inicio de su mandato: la crítica excesiva al régimen de Mao, que en última instancia socava la legitimidad del partido en la actualidad. Sin embargo, existe una ironía. Los acontecimientos ocurridos hace cincuenta años tienden a perder fuerza en la política interna cuando se debaten abiertamente y sin tapujos; pensemos en el legado menguante de la guerra de Vietnam en Estados Unidos. Cuando los países evitan estos debates, la ira por las atrocidades del pasado puede resurgir, como sucedió con la dictadura de Franco, que ha vuelto a ser un foco de tensión política en España.

En China, la generación que sirvió como Guardias Rojos está desapareciendo. Si la Revolución Cultural se hubiera analizado con mayor detalle, podría haber parecido una extraña monstruosidad —terrible pero lejana— para sus nietos que alcanzan la mayoría de edad. En cambio, mantenerla oculta le otorga un poder latente. El debate sobre ella podría resurgir algún día, proporcionando a los críticos del régimen argumentos para ataques que trasciendan los excesos de Mao y alcancen a todo el sistema político. Por eso, la Revolución Cultural no solo persigue a su menguante número de víctimas vivas, sino también al propio partido.

© The Economist Newspaper Limited., 2026

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