Pasar años encadenado a un árbol, sufrir enfermedades graves sin recibir atención, verse obligado a defecar en el plato donde luego se servirá la paupérrima comida. Todo eso, y más, es parte de la realidad de los rehenes de las FARC, que aplican a sus cautivos un tratamiento propio de nazis. Así consta en las cartas que, como pruebas de vida, enviaron a sus familias ocho secuestrados. Su dramático pedido de ayuda conmociona a toda Colombia y pone, una vez más, en ridículo la pretensión de que se las deje de considerar terroristas.
o Viven encadenados y son obligados a hacer sus necesidades en el plato en que comen.
o "No son el dolor físico ni las cadenas lo que me atormenta, sino la maldad del malo y la indiferencia del bueno, como si no valiésemos, como si no existiésemos", dijo uno.
La esposa y el
hijo del ex
gobernador
colombiano
Alan Jara,
secuestrado
por las FARC,
muestran con
angustia las
fotos que envió
el rehén
Bogotá (ANSA, Reuters, EFE, AFP, DPA) -Encadenamiento desde el cuello, humillaciones, falta de atención médica y padecimientos por enfermedades propias de la selva fueron algunos de los sufrimientos descriptos en detalle por los ocho rehenes de las FARC que enviaron cartas y fotografías como pruebas de vida a través de la ex secuestrada Consuelo González.
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El material provocó desesperación entre los seres queridos de los cautivos y, una vez más, conmocionó a una Colombia que no termina de habituarse a las demostraciones de brutalidad de la guerrilla, a la que el presidente venezolano, Hugo Chávez, pretende que el mundo deje de calificar como «terrorista».
Las cartas y fotos fueron entregadas a los familiares por la propia González, quien se reunió con ellos el lunes a la noche en un departamento del norte de Bogotá. Allí cada uno se sentó en el rincón que pudo para desplegar las fotos y leer las misivas, escritas en hojas de cuaderno.
Dos de los testimonios más desgarradores fueron el del teniente coronel Luis Mendieta, secuestrado hace nueve años, y el de Jorge Eduardo Gechen, rehén desde hace seis años.
«Al presidente Chávez y a la senadora Piedad (Córdoba), tan comprometidos en los temas humanitarios, le pido el favor, Lucy, mi amor, que les suplique de rodillas para que me ayuden a mi acuerdo humanitario por salud, igual que a monseñor (Luis) Castro, a Alvaro Leyva. Al presidente Fidel Castro le pido, le suplico en su vida, un gesto adicional por humanidad: salve esta vida Comandante Castro», escribió, con una sintaxis que demuestra sus desesperación, el ex congresista Gechen.
Su esposa Lucy contó que le pidió que le diga a Castro que «él está dispuesto a quedar como rehén allá en Cuba, con tal de que le ayuden a superar sus problemas de salud, que con seguridad cuando haya superado los problemas de salud él pasaría a una de las cárceles a la espera de que se haga el acuerdo humanitario».
Con voces entrecortadas, María Teresa de Mendieta y su hija Yenny leyeron las cartas en las que su esposo y padre narró sus padecimientos de salud y detalló los últimos seis años de cautiverio.
En otra carta, Mendieta contó cómo, encadenado a un árbol, debió hacer sus deposiciones, incluyendo las causadas por la diarrea, en la misma olla destinada a recibir su comida. Entre lágrimas, María Teresa consideró, en diálogo con «Radio Caracol», que no cree que «ningún guerrillero» haya sufrido semejante trato en las cárceles del gobierno.
Mendieta les relató cómo se le «inflamaron los pies». Dijo que «al principio de la enfermedad caminaba con un bastón, después con dos horquetas» y que finalmente una noche llegó a un sitio y al otro día no pudo caminar más.
Desde entonces, contó, lo tuvieron que transportar en hamacas y en camillas, lo que -añadió- le ocurrió también a la ex candidata presidencial franco-colombiana Ingrid Betancourt y a otros cautivos.
«Mis piernas tomaron un color oscuro, casi negro», describió Mendieta, el policía de mayor rango secuestrado por las FARC. «Tuve que arrastrarme por el lodo para hacer mis necesidades, únicamente ayudado por mis brazos», detalló el teniente coronel.
Mendieta, que no desaprovechó ni un solo rincón de la hoja, narró que sufrió la picadura del llamado «pito», lo que le causó «siete llagas en el cuerpo», enfermedad de la cual salió mediante 38 inyecciones aplicada en aquellos días.
También sufrió en dos ocasiones de paludismo.
«Hace más de un año y medio me ha dado dolor en el pecho, que dura días», escribió. Además, informó cómo durante la enfermedad le quitaron «las cadenas con candado del cuello» y que como sus cosas debían ser cargadas por los guerrilleros, terminó perdiendo todas sus pertenencias y los demás secuestrados le dieron cada uno algo de las suyas como medias, una toalla y una camiseta. Más tarde, volvieron a encadenarlo a un palo « cuando comenzaba la convalescencia», relató.
Indiferencia
En una frase de la carta leída por Yenny, Mendieta afirma: «No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno, como si no valiésemos, como si no existiésemos».
Lucy de Gechen le dijo a la radio local que en la carta le cuenta que «el problema del corazón lo tiene muy acongojado y él explica que ha tenido cinco ataques muy fuertes y otros dos menos fuertes».
«A veces no puede ni levantarla cuchara», precisó Gechen, sobre los padecimientos de salud de su esposo, de 56 años.
«El estado anímico es pésimo. Es una persona que lanza la última esperanza que tiene», dijo la señora Gechen.
Sobre las fotografías, Gechen comentó que «es un rehén de guerra, usted le nota esa tristeza que tiene en su rostro, está demasiado delgado y se nota el deterioro tan rápido que ha tenido».
Por otro lado, María del Carmen Rodríguez, madre del capitán del policía William Donato, le dijo al diario «El Tiempo»: «Lo que más me duele es la cadena que tiene y un candado grande sobre el cuello».
Claudia Rugeles, esposa de Alan Jara, ex gobernador del departamento (estado) del Meta, quien también envió cartas y fotos, le dijo a la prensa que «la mediación de Chávez y Córdoba dio sus frutos. Le han traído mucha calma a mi alma».
Además de a sus familiares, los rehenes les enviaron cartas a algunos periodistas, al presidente Alvaro Uribe y a Oscar Naranjo -director nacional de la policía-, entre otras personas.
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