15 de enero 2003 - 00:00

El dictador que le ganó a la Casa Blanca

¿Tratar de asfixiar económicamente el régimen de Corea del Norte? ¿O ceder una vez más al chantaje nuclear de Kim Jong Il? Los halcones de Washington que asesoran al presidente Bush están divididos entre los partidarios de una y otra opción, según las conversaciones que traspasaron los muros de la Casa Blanca.

Los diplomáticos occidentales y los analistas asentados en Asia no dudan, en cambio, sobre la estrategia que se está imponiendo finalmente: Bush ha empezado ya a ceder ante el líder al que él mismo ha descrito como el que «más detesta en el mundo» y ayer anunció «una iniciativa osada» en favor de Pyongyang si no continúa con su plan nuclear.

El subsecretario de Estado de EE.UU. para Asuntos Asiáticos, James Kelly, de visita en Seúl, ofreció un nuevo acuerdo para suministrar energía a los norcoreanos a cambio de la suspensión de su programa de armas nucleares. «EE.UU. podría buscar con otros países e inversores privados soluciones a la carencia de energía de Corea del Norte», aseguró Kelly.

La solución propuesta por el enviado estadounidense supondría un calco del final de la crisis de 1994, cuando los estadounidenses aceptaron enviar 500.000 toneladas anuales de fuel a Pyongyang a cambio del «buen comportamiento» de su dictador. El problema es que, en esta ocasión, el último Estado stalinista del mundo quiere más.

• Pacto de no agresión

Los diplomáticos norcoreanos han develado, entre los mensajes de retórica belicista de los últimos días, que esperan lograr, además de combustible y dinero, la firma de un pacto de no agresión que EE.UU. ha rehusado formalizar en el pasado por temor a perder la baza de la presión militar en la península coreana.

El anterior acuerdo entre estadounidenses y norcoreanos, de 1994, funcionó relativamente hasta que
Kim Jong Il admitió en octubre que nunca cumplió su parte del trato. La reacción de Bush suprimiendo los envíos de combustible en pleno invierno llevaron a Kim Jong Il a desafiar a EE.UU. con la expulsión de los inspectores de la ONU, la reactivación de su programa nuclear, el abandono del Tratado de No Proliferación Nuclear y la amenaza de reanudar sus ensayos de misiles.

«Esto es lo que pasa con Corea del Norte. No tienen la misma mentalidad que nosotros, no negocian igual»
, decía hace pocos días Bill Richardson, el gobernador de Nuevo México que se reunió con diplomáticos norcoreanos en un intento de resolver la crisis.

• Ventajas

Kim Jong Il ha esperado el momento adecuado para buscar nuevas ventajas económicas y diplomáticas. Con Washington preparando la guerra en Irak y el sentimiento antiestadounidense creciendo sin freno en la vecina Corea del Sur, el excéntrico Querido Líder siempre ha llevado la iniciativa. La diplomacia estadouni-dense no ha hecho sino dar pasos atrás al ver que los norcoreanos, lejos de arrugarse, cumplían sus amenazas.

Poco queda ya de las propuestas de bloquear navalmente la venta de misiles norcoreanos e imponer sanciones económicas. En su lugar, Washington aseguró que a Corea del Norte le esperan «oportunidades» si congela su programa nuclear.

EE.UU. teme que Kim Jong Il pueda producir hasta 20 bombas atómicas al año, y lo que es peor: que venda esa tecnología a terceros países o grupos terroristas
.

Así, Bush asume de repente la política de «diálogo» que desestimó como un error de su antecesor Clinton y de sus alia-dos surcoreanos. Kim Jong Il va camino de salirse otra vez con la suya y, de paso, demostrar que no todos los países del «eje del mal» son iguales.

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