El dictador que le ganó a la Casa Blanca
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El anterior acuerdo entre estadounidenses y norcoreanos, de 1994, funcionó relativamente hasta que Kim Jong Il admitió en octubre que nunca cumplió su parte del trato. La reacción de Bush suprimiendo los envíos de combustible en pleno invierno llevaron a Kim Jong Il a desafiar a EE.UU. con la expulsión de los inspectores de la ONU, la reactivación de su programa nuclear, el abandono del Tratado de No Proliferación Nuclear y la amenaza de reanudar sus ensayos de misiles.
«Esto es lo que pasa con Corea del Norte. No tienen la misma mentalidad que nosotros, no negocian igual», decía hace pocos días Bill Richardson, el gobernador de Nuevo México que se reunió con diplomáticos norcoreanos en un intento de resolver la crisis.
• Ventajas
Kim Jong Il ha esperado el momento adecuado para buscar nuevas ventajas económicas y diplomáticas. Con Washington preparando la guerra en Irak y el sentimiento antiestadounidense creciendo sin freno en la vecina Corea del Sur, el excéntrico Querido Líder siempre ha llevado la iniciativa. La diplomacia estadouni-dense no ha hecho sino dar pasos atrás al ver que los norcoreanos, lejos de arrugarse, cumplían sus amenazas.
Poco queda ya de las propuestas de bloquear navalmente la venta de misiles norcoreanos e imponer sanciones económicas. En su lugar, Washington aseguró que a Corea del Norte le esperan «oportunidades» si congela su programa nuclear.
EE.UU. teme que Kim Jong Il pueda producir hasta 20 bombas atómicas al año, y lo que es peor: que venda esa tecnología a terceros países o grupos terroristas.
Así, Bush asume de repente la política de «diálogo» que desestimó como un error de su antecesor Clinton y de sus alia-dos surcoreanos. Kim Jong Il va camino de salirse otra vez con la suya y, de paso, demostrar que no todos los países del «eje del mal» son iguales.




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