14 de febrero 2003 - 00:00

El último sacrificio celebrado en Bagdad

Bagdad - El penetrante olor a la sangre de animal hace el aire irrespirable. Unos 40 corderos esperan su sacrificio en completo mutismo, mientras Salman revisa su lista de encargos y saca las reses una por una, en perfecto orden, del improvisado corral.

Apenas deben recorrer cinco metros antes de ser degolladas ante el regocijo de la familia a la que pertenecen.

Los primeros rayos de sol bañan Bagdad, la urbe que, irónicamente, fue conocida durante siglos por los historiadores como Daar es Salam (ciudad de la paz), cuando su población inicia la celebración del Eid al Adha, la fiesta que pone fin a la peregrinación anual a La Meca y la más importante del mundo musulmán. Recogimiento, generosidad, sangre y el recuerdo a los fallecidos marcan el inicio de esta fiesta islámica, que concluirá el próximo viernes y dará paso a la incertidumbre de una guerra declarada, pero estancada sine die por la determinación europea.

Salman
, ayudado por tres miembros de su familia, rebana el cuello de cada res con maestría de carnicero. Es uno de los vecinos del barrio de Hay al Adel que, en estos días, gana unos dinares extra trabajando en las matanzas de los corderos. Unos 2.500 (menos de un euro) por encargarse de poner fin a la vida del animal; 1.000 por despiezarlas y unos 1.500 por limpiar las vísceras y hervir la cabeza. Con él trabajan unos ocho hombres, todos familiares suyos, que se afanan colgando a los animales de enormes ganchos antes de desollarlos. Tras ello, despiezan las reses con enormes cuchillos y depositan los enormes trozos de carne a una mesa instalada en el patio de vecinos, donde cuatro muchachos trituran con hachas la mercancía.

La sangre tiñe los brazos de cada uno de los participantes, mientras los niños corren curiosos de un lado a otro. El ambiente es más que festivo. Según dicta la tradición musulmana, cada familia debe sacrificar al menos un cordero de más de un año de edad en estas fechas. Un tercio es consumido en casa, otro es repartido a los vecinos y la última parte va a parar a los pobres, que posiblemente lleven meses sin probar carne. En Hay al Adel, los más necesitados hacen cola en el exterior de la vivienda de Salman a la espera de que cada familia les entregue su parte. La generosidad que promulga el Corán toma un especial significado en estas fechas. Los más pudientes prefieren sacrificar una vaca, que según la costumbre debe tener más de dos años, o un camello de más de cuatro, cuya carne será repartida entre unas siete familias y los correspondientes pobres.

En Bagdad, la solidaridad era ayer una máxima tácita y escalofriante, teniendo en cuenta que numerosos observadores temen que el fin del Eid al Kabir (la fiesta Grande) dé paso a otro baño de sangre muy diferente. A juicio de muchos, Washington sólo respetará el final de la celebración para no elevar la tensión con un bombardeo en plena fiesta islámica. Salman y los suyos no están de acuerdo. «Eso es sólo fatalismo, y hoy estamos de fiesta», dice limpiándose el sudor con el dorso de una mano teñida de rojo. Pero es difícil abstraerse a los tambores de guerra. Desde la madrugada, cuando la oscuridad aún envolvía Bagdad, los hipnóticos cantos de Allahu Akbar envolvían la ciudad en un clima irreal. La entonación es diferente en cada país que mantiene este rito, un signo distintivo que hace del Eid algo único para cada pueblo. La radio escupía los cantos de los imánes, llamando a los fieles a las mezquitas. Era el primer paso de una fiesta que se extenderá cuatro días, durante los cuales ningún centro oficial será abierto en el país. En la mezquita de Um al Maarik (La Madre de Todas las Batallas), erigida por Saddam Hussein pocos años atrás sobre el lugar donde sobrevivió a un bombardeo estadounidense en 1991, para agradecer a Alá de haber salvado su vida y «ganado» la guerra, miles de fieles se congregaban ayer en clima de recogimiento.

• Llamamiento

El país laico al que la guerra y las ambiciones han empujado al Islam vio ayer llenas sus mezquitas, mientras los líderes religiosos llamaban al recogimiento y también a la resistencia contra el enemigo capitalista. La oración comienza al alba. El imán de Um al Maarik predica por los altavoces la unidad islámica, «algo que nuestros enemigos no desean, y por ello tratan de dividirnos». «Por eso hay que entender el interés de los judíos en este problema; en sus libros está escrito que los iraquíes liberarán Jerusalén.» Tras la prédica y las oraciones, los iraquíes abandonan perezosamente Um al Maarik. El imán, el doctor Zael al Shammabi, sale del minarete rodeado de ayudantes. Los discursos religiosos suelen ser dirigidos por el presidente, pero Al Shammabi no duda en endurecer incluso su discurso. «Cada viernes, las oraciones impulsan a los musulmanes a tener paciencia y a concienciarse de la Yihad (guerra santa) para defender nuestro país contra la agresión americana», dice con una sonrisa imborrable. «Si ésta comienza, el mundo islámico y el árabe se unirán contra EE.UU.» ¿Y qué hay sobre aquellos países del Golfo que ya han garantizado su apoyo a Washington? «La mayor parte del pueblo árabe no está de acuerdo con sus gobernantes. A pesar de ello, es un solo pueblo y una sola voz, y eso nos ayudará en la Yihad.»

La tercera parte de la celebración tiene lugar en los cementerios. El camposanto de Maaruf al Kalji, el más antiguo de Bagdad (pertenece a la dinastía abásida, del siglo XIII), concentra miles de visitas. Cada familia visita a sus muertos y enciende en cada tumba barras de oloroso incienso.

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