Irak - En la escue la de As Sannadid, una de las muchas que existen en Tikrit -ciudad natal del ex dictador iraquí y feudo del régimen de su partido único, el Baas-, ya no hay fotografías del ex presidente en las aulas, pero los alumnos de los primeros cursos (entre cinco y siete años) saludan casi por inercia al visitante poniéndose bruscamente en pie y entonando un rotundo «que viva Saddam».
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«Es la costumbre», se justifica entre risas el director del centro, Omar Saleh Hamza. «Durante años era la forma de saludar a profesores y adultos; les costará cambiar.» Sin embargo, tanto él como las 12 profesoras que acaban de inaugurar el curso lectivo en Tikrit están encantados de que los chicos sigan ensalzando al derrocado líder. «Saddam es un patriota. ¿Sabe lo que dijo cuando le anunciaron que habían muerto sus hijos a manos de los estadounidenses? Que murieron como el resto de los soldados», dice Rumza, profesora de primaria, con un dejo de admiración.
El Consejo de Gobierno provisional de Irak, que dirige Ahmed Chalabi, prohibió expresamente las imágenes de Saddam Hussein en Irak, pero se encontró con un serio problema: no hay tiempo para editar nuevos libros de texto, y todos los que hay comienzan con una fotografía a toda página y en color del antiguo rais iraquí.
Karzum, una joven profesorade lengua árabe, dice: «Chalabi no podrá evitar que yo quiera a Saddam hasta el último día de mi vida». Se trata de Tikrit, la ciudad que vio nacer a Saddam, la zona más privilegiada por el derrocado régimen, de mayoría sunita, de donde surgió la mayor parte de los estrechos colaboradores del dictador. Los llamaban el clan de los tikriti, y eran detestados por los kurdos, los chiítas y por los sunitas, que no apreciaban la dictadura.
También fue la última localidad en caer en manos de las tropas de ocupación, días después de la conquista de Bagdad, y hoy en día Tikrit se sigue sintiendo orgullosa de su, para ellos, más insigne ciudadano: el déspota Saddam.
Ahora, y pese a la abultada presencia norteamericana que patrulla constantemente la ciudad, se sienten más próximos a Saddam que nunca. Los chicos de sexto grado, los mayores del centro a sus 10 años, miran al extranjero de forma amenazadora. «¿Es estadounidense?» Una vez despejada la duda, se explayan. «Los odiamos. Han venido a nuestro país a invadirnos y ahora se pasean por nuestras calles como si nada. ¿Qué tenía de malo Saddam?» Encima, ahora tengo que llevar, por primera vez en mi vida, abaya (traje tradicional que cubre de la cabeza a los pies) para no llamar la atención y evitar que me roben», comenta Joda, una profesora enjoyada de arriba a abajo. Joda agita una campana, y los pequeños salen en estampida de las aulas al centro del colegio, donde entonan a coro la famosa canción del régimen: «Daremos nuestra sangre y nuestra vida por vos, Saddam».
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