España: dolor y solidaridad en su jornada más dramática
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En todos los canales de televisión, del Estado y privados, y que exhiben en pantalla además de su logotipo un lazo negro en señal del duelo, se suceden los testimonios: médicos que atendieron a los heridos, supervivientes que, aun a riesgo de su propia vida, se quedaron para ayudar a sus compañeros de este fatídico viaje, particulares que se acercaron a ayudar en lo poco que podían ante semejante situación de impotencia, gente que todavía no puede dar con sus familiares. La mayoría de las víctimas de la barbarie -entre ellas, casi 200 fatales-eran obreros, estudiantes e inmigrantes que acudían a la capital a trabajar desde sus barrios de la periferia de la ciudad.
La reacción de la ciudadanía fue inmediata. Miles de personas se volcaron a los puntos donde unidades móviles recogían donativos de sangre. Ante la generosidad masiva y espontánea de los ciudadanos, pocas horas después, las autoridades sanitarias anunciaron que se habían cubierto todas las necesidades. Lo que pidieron es que aquellos heridos que pudieran desplazarse por su propios medios o gente con afecciones no muy graves acudieran a centros de salud en lugar de hospitales para no colapsarlos. Hasta ellos llegaron en ambulancias -muchas de ellas de localidades de la Comunidad de Madrid que se acercaron espontáneamente-los heridos más graves de los atentados, pero también en taxis, buses municipales y coches particulares. Los muertos fueron trasladados a un pabellón del IFEMA, el centro de ferias y convenciones de Madrid, convertido en una improvisada morgue. Allí hay congregados más de cien psicólogos entre oficiales y voluntarios para dar apoyo a los familiares de las víctimas.
Los cines y los teatros suspendieron anoche sus funciones. Asimismo, los comercios cercanos al lugar de los atentados cerraron anoche y muchos negocios de la capital no encendieron sus carteles luminosos. El luto oficial decretado por el gobierno durará tres días.




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