Si alguien esperaba que las primeras definiciones de Evo Morales comenzaran a despejar las dudas que rodean a su gobierno, seguramente quedó frustrado. Tras jurar como presidente de Bolivia con los ojos llenos de lágrimas y el puño izquierdo en alto, lanzó ayer ante el Congreso el que será el principal objetivo de su administración: nacionalizar el gas y el petróleo. Sigue sin conocerse cómo será este proceso. Una de las posibilidades sería que el Estado declare de modo nominal su propiedad sobre los recursos naturales y luego invite a las compañías a transformar los actuales contratos de explotación en unos nuevos de asociación con la refundada compañía pública YPFB. Pero allí podría darse una pelea por el reparto del negocio. Cabe recordar que fuentes cercanas a Morales sugirieron que el Estado debería quedarse con entre 70% y 80% contra 50% actual. En un discurso por momentos duro y por momentos cargado de bromas, también se declaró deseoso de lograr un acuerdo sobre el gas con la Argentina y pidió a Néstor Kirchner, Lula da Silva y Hugo Chávez que no dejen a su país fuera de la integración energética que pergeñan. Las ansias fundacionales de Evo Morales pueden tropezar con una serie de obstáculos. Más allá de esta lucha de intereses con las petroleras y sus Estados nacionales, un punto crucial será el vínculo con EE.UU., que circulará sobre un estrecho desfiladero entre la decisión de Morales de no restringir los cultivos de coca y el peligro de que Washington lo enfrente y termine arrojándolo en brazos de Hugo Chávez y de Fidel Castro.
El nuevo gobierno debe ahorarenegociar los contratos con las principales operadoras, entre ellas Repsol-YPF, Total, British Gas y Petrobras, pero no están claros los términos de esas tratativas.
En declaraciones al diario chileno «El Mercurio» publicadas ayer, el mandatario de origen aimara había ampliado que
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