La guerra en Medio Oriente cumplirá un mes de hostilidades el próximo sábado. En el medio de la escalada, el debate interno de Irán y las dudas sobre sus capacidades nucleares.
Irán reabre el debate por el desarrollo de armas nucleares.
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La guerra en Medio Oriente eleva nuevamente sus tensiones a casi un mes de su inicio y, en este contexto, el debate interno en Irán sobre un eventual salto hacia el desarrollo de un arma nuclear entró en una nueva fase. Según fuentes dentro del país, los sectores más duros del régimen empujan con mayor fuerza —y cada vez con menos reservas públicas— la idea de avanzar hacia la bomba en respuesta a la escalada militar de Estados Unidos e Israel.
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El desarrollo de su programa nuclear es una de las grandes tensiones con Occidente. Durante años, las potencias como Estados Unidos sostuvieron que Teherán buscaba —como mínimo— la capacidad de ensamblar un arma en plazos cortos. Irán lo negó sistemáticamente, apoyándose en la prohibición religiosa dictada por Jamenei contra las armas nucleares y en su adhesión al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP).
Ese marco, sin embargo, empieza a mostrar fisuras. Según consignó la agencia Reuters, dos fuentes iraníes de alto rango describen un corrimiento del eje interno hacia posiciones más agresivas en materia nuclear. Aunque formalmente no hay una decisión tomada ni un cambio doctrinario en marcha, dentro del establishment crecen las voces que plantean revisar la estrategia vigente.
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Irán endurece su postura en referencia a los límites de su desarrollo nuclear.
En ese clima, propuestas que hasta hace poco eran marginales empezaron a instalarse en el discurso público. La salida del TNP —históricamente utilizada como amenaza por los sectores más radicalizados— volvió a escena con mayor intensidad, ahora acompañada de otra discusión más sensible: avanzar sin rodeos hacia el desarrollo de un arma nuclear.
La agencia Tasnim, cercana a la Guardia Revolucionaria, publicó el jueves un artículo en el que plantea que Irán debería retirarse del TNP “lo antes posible”, manteniendo al mismo tiempo un programa nuclear de uso civil. En la misma línea, el dirigente Mohammad Javad Larijani —hermano de Ali Larijani, fallecido en un ataque este mes— fue citado por medios estatales reclamando la suspensión de la membresía en el tratado.
“El TNP debe suspenderse. Deberíamos crear un comité para evaluar si el tratado nos sirve en algo. Si resulta útil, volveremos. Si no, pueden quedárselo”, afirmó.
El tono también comienza a cambiar en los medios de Teherán. A comienzos de mes, la televisión estatal difundió un segmento en el que el comentarista conservador Nasser Torabi sostuvo que la opinión pública iraní exige: “Tenemos que actuar para construir un arma nuclear. O la construimos o la conseguimos”.
No sería la primera vez que Teherán utiliza el TNP como herramienta de presión. A lo largo de más de dos décadas de negociaciones con Occidente, la amenaza de revisar su membresía apareció de manera recurrente sin traducirse en hechos concretos. El endurecimiento actual podría responder, al menos en parte, a esa lógica.
A eso se suma una incógnita operativa: el daño acumulado tras semanas de bombardeos sobre instalaciones nucleares, balísticas y científicas —más la campaña aérea del año pasado— deja abierta la pregunta sobre los plazos reales que tendría Irán para avanzar hacia una bomba.
En paralelo, analistas coinciden en que la estrategia histórica de la República Islámica fue consolidarse como un “Estado umbral”: es decir, contar con la capacidad técnica para producir un arma en poco tiempo sin asumir el costo político y diplomático de poseerla.
Ese equilibrio podría estar en revisión. En el pasado, altos mandos de la Guardia Revolucionaria ya habían advertido que, ante una amenaza existencial, Irán debería avanzar directamente hacia la bomba. El escenario actual, marcado por la guerra, se acerca a ese umbral.
Otro factor clave es la vigencia de la fatwa de Jamenei, que declaraba ilícitas las armas nucleares. Emitida a comienzos de los 2000 —aunque nunca formalizada por escrito— y reiterada en 2019, funcionó durante años como ancla política y religiosa de la posición oficial.
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