AMIA, Nisman, el plan atómico y Soleimani: Argentina, otra vez en el vendaval geopolítico

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La firma en 2013 del Memorándum con Irán estuvo precedida y fue continuada por una dura pulseada entre EE.UU. e Israel sobre un posible ataque a los sitios nucleares persas. La saga continúa.

La Argentina es un país curioso, en el que es necesario que Netflix estrene una serie documental, por cierto muy interesante, para que algunos recuerden de pronto que un par de temas de enorme importancia como la muerte de Alberto Nisman y los atentados de 1992 y 1994 siguen envueltos en un misterio de mal augurio.

Esa recuperación súbita y televisiva de la memoria coincide esta vez con un hecho de alto impacto internacional: el ataque perpetrado el último viernes por drones de Estados Unidos contra Qasem Soleimani, general iraní, comandante de la fuerza Quds (“Jerusalén”) de la Guardia Revolucionaria, jefe de la inteligencia militar, virtual número dos del régimen y creador de la red de milicias aliadas de la República Islámica desde el Líbano hasta Afganistán, pasando por Siria, Irak y Yemen. Su asesinato disparó un sinfín de amenazas cruzadas entre Washington y Teherán, las que, de concretarse, podrían derivar en un escenario de guerra abierta en el que estaría el juego el corazón de todo este asunto: el rechazo radical de Estados Unidos, Israel y las monarquías del Golfo a que Teherán adquiera estatus de potencia atómica.

Hogar de la mayor comunidad judía de América Latina y víctima de los atentados contra la embajada de Israel en 1992 y la AMIA en 1994, la Argentina tiene motivos de sobra para sentirse involucrada en la saga. De hecho, el presidente, Alberto Fernández, instruyó a su ministra de Seguridad, Sabina Frederic, a que redoble la vigilancia. Mientras, el canciller, Felipe Solá, supervisado por el Presidente y secundado por su mesa chica (que incluye al vicecanciller Pablo Tettamanti y a su cuñado y asesor, Guillermo Chaves) emitió el sábado el comunicado posible. La Argentina declara su “preocupación” por la escalada y la justifica en que “en nuestro pasado reciente hemos sido víctima al menos en dos oportunidades de actos de terrorismo internacional”. ¿“Al menos”? ¿Hubo más? ¿Redacción descuidada o mensaje enigmático que alude a la muerte de Nisman o, acaso, a alguna otra, anterior, también de gran calado?

Argentina no es solo un actor destacado del largo drama geopolítico de marras por esos antecedentes; también lo es por los errores de cálculo involucrados en la negociación, entre 2012 y 2013, de un Memorándum de Entendimiento destinado, según sus defensores, a sacar el caso AMIA de su impasse infinito y, según sus detractores (con Nisman en primera fila), a dar impunidad a los iraníes acusados.

La prohibición legal y la falta de voluntad política persa para entregar a nacionales en extradición (una pretensión ingenua, por otra parte, cuando entre los acusados se cuentan nada menos que el guía supremo, Alí Jameneí, un expresidente y un excanciller, entre otros hombres poderosos) y la imposibilidad argentina de celebrar juicios en ausencia nunca permitió someter a la prueba ácida de un tribunal el caso que tenía armado el fiscal malogrado.

El enigma de AMIA y el de la muerte del fiscal en enero de 2015, sin embargo, no impiden afirmar que el período 2012-2015 fue uno de inmersión total de la Argentina en un drama geopolítico que la excedía en una medida descomunal y que se vinculaba con el avance del plan nuclear iraní.

Esa etapa fue una de permanente amenaza israelí de ataque a las instalaciones atómicas persas, a las que un Benjamin Netanyahu dominante desde entonces consideraba una “amenaza existencial” al Estado judío. Solo la mano de Barack Obama evitó entonces que aquel desatara demonios que hasta eran calculados en sus escenarios de víctimas por la inteligencia israelí.

El presidente demócrata rechazaba que Israel arrastrara a Estados Unidos a otra guerra, una todavía más peligrosa que las de Afganistán e Irak, y apostó a negociar con Irán un freno temporal a su plan nuclear, salida que se gestó a partir de 2012-2013 en base al llamado grupo 5+1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania) y que se concretó en 2015 en un entendimiento que estableció controles al plan atómico persa, limitó la modernidad y número de centrífugas de uranio en funcionamiento y puso topes al grado de enriquecimiento y al almacenamiento de ese insumo para “la bomba”. Nadie se engañó: el pacto solo demoraba y no clausuraba el acceso iraní al arma atómica, por lo que Israel continuó su presión en pos de una solución más radical.

Mientras Obama negociaba, también lo hacía Cristina Kirchner, que buscaba aprovechar para el caso AMIA la ventana de oportunidad que el estadounidense abría en un tema más acuciante en lo global. El Memorándum se firmó en enero de 2013 y lo que siguió es historia conocida.

Hay, entonces, un hilo fino pero visible que enlaza la porfía kirchnerista con el Memorándum y el intento de Obama de demorar el plan nuclear, así como, en la otra punta, la presión de Netanyahu a favor de un ataque militar a Irán y el rechazo militante de la derecha de Estados Unidos e Israel a los dos ensayos negociadores.

Trump llegó al poder en enero de 2017 y en mayo de 2018 denunció el acuerdo nuclear. Restableció las sanciones e imaginó un colapso del régimen de los ayatolás. Irán respondió desconociendo progresivamente sus compromisos de contención atómica y sus milicias aliadas comenzaron a agitar Siria, el estratégico estrecho de Ormuz y, la semana pasada, Irak, con un ataque a la embajada estadounidense en Bagdad. El asesinato de Soleimani fue el paso extremo de Trump.

Solo el tiempo dirá si esto último es apenas un mojón más en un juego interminable de provocaciones o si Trump, jugador de gambeta impredecible, corona su faena como el presidente más proisraelí de la historia de Estados Unidos, capaz de no solo de trasladar la embajada de su país de Tel Aviv a Jerusalén sino también de sentar las bases de la guerra abierta con la que Netanyahu sueña desde hace años como la solución a la “amenaza existencial”.

En el medio, como actor de reparto, acaso Argentina nunca haya entendido el juego que se desarrollaba a su alrededor.

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