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A esa rutina regresará poco a poco el Pontífice, entre susurros de preocupación por cómo su estado físico está marcando esta larga y última estación de su pontificado, y rumores de un consistorio en el verano europeo -se dice que sería el 29 de junio-en el que serán nombrados nuevos cardenales para engrosar el cónclave que algún día elegirá a su sucesor.
En este momento, el Colegio Cardenalicio consta de 183 cardenales, de los cuales 119 son electores (es decir, menores de 80 años); el límite de electores son 120, pero Juan Pablo II ya ha permitido que se superase en otras ocasiones, y no está muy claro qué habría que hacer si hubiera que reunir el cónclave con más electores de la cuenta.
En cualquier caso, es previsible que en junio se dispare la aritmética de alianzas y de distribución de sensibilidades eclesiales -aunque suele decirse que en la Iglesia Católica no hay cardenales conservadores y cardenales progresistas, sino cardenales conservadores y cardenales menos conservadores-, para arrojar luz sobre una broma que circula por el Vaticano:
Hace ya meses que se le importuna sólo para asuntos de verdadera importancia, mientras que del gobierno eclesial efectivo se ocupan más otras personas; se trata de cardenales y arzobispos de peso, que para acceder a despachar con el Pontífice tienen que sortear a veces su cada vez más poderoso secretario personal, el arzobispo polaco
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