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«Hay mucha gente que dice que la culpa no es sólo de los Tanzi y compañía, es también de todos esos abogados y asesores, y de los bancos, que bajaron el nivel de control», resume Andrea Lorenzani, viajante de la empresa de golosinas Perfetti van Melle y residente en Collecchio, localidad cercana a Parma que alberga la sede de Parmalat. Informate más
Parmalat, pese a que sus balances aparentaban liquidez, no paraba de endeudarse emitiendo obligaciones para recabar dineros con los que sufragar ni se sabe qué. Oficialmente, para financiar la expansión en EE.UU. y Latinoamérica, o para el lanzamiento de galletas, jugos y salsas, o para el descabellado proyecto del agua mineral. En la realidad, se trataba de creativas operaciones financieras en paraísos fiscales como las islas Caimán, agravado por repetidas «distracciones» de fondos hacia otras empresas de la familia Tanzi.
Tanzi competía en beneficencia y patrocinio con los Barilla, creadores de la famosa marca de pasta y también benefactores públicos, que acaban de levantar el Barilla Center, un complejo de multicines, restaurantes y tiendas para el esparcimiento de los 170.000 habitantes de Parma.
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