Imad Fayez Moughniyah, jefe del grupo terrorista Hizbollah, es uno de los ocho implicados en el atentado contra la AMIA cuya captura había solicitado la Justicia argentina a Interpol. Murió el martes por la noche víctima de algo que él bien sabía cómo organizar y poner en marcha: un atentado con bomba.
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La ciudad donde sus ejecutores fueron a buscarlo a este libanés fue Damasco, capital de Siria, el país que desde su nacimiento prohijó a Hizbollah. También es preciso recordar que -además de la organización de ataques contra población civil indefensa, como fueron los 85 argentinos que murieron en la calle Pasteur el 18 de julio de 1994- una de sus tareas era fungir como nexo entre Hizbollah y el régimen iraní, que financió y ayudó a organizar ese atentado. Además, la Corte Suprema de Justicia argentina lo sindicó como uno de los organizadores del otro gran atentado antijudío en Buenos Aires: el que dos años antes demolió la sede de la Embajada de Israel en la calle Arroyo.
La dirigencia de Hizbollah clama por estas horas que Israel es responsable directo de la muerte de Moughniyah; salvo algunas muestras de mal disimulado júbilo dichas a título personal por algunos funcionarios de Jerusalén, el gobierno israelí negó toda responsabilidad en el atentado. Lo mismo hicieron los voceros de la Embajada de Israel en Buenos Aires.
Está claro, sin embargo, que en el complejo mapa ideológico-religioso que conforma el Medio Oriente musulmán, no parece necesaria la intervención de agentes de la mítica Mossad (el servicio secreto israelí, cuyo prestigio parece hoy mayor que su real capacidad operativa) para que un grupo terrorista islámico asesine a un miembro de una banda rival.
Hasta anoche, de todos modos, continuaban las dudas sobre la identidad del muerto en Damasco; no sería la primera vez que un líder terrorista finge su propia muerte para eludir la acción de los servicios de inteligencia.
Hay que recordar en este sentido que el 8 de noviembre último, en Marrakech, la asamblea general de Interpol ratificó el pedido de captura internacional que pesaba sobre Moughniyah y otros cinco acusados de organizar el atentado contra la sede de la AMIA a solicitud del juez Rodolfo Canicoba Corral.
AMIA sigue dudando: dice que «recibe la información con la misma cautela con la que siempre actúa frente a la causa por el atentado».
Por su parte Angel Schindel, vicepresidente de la DAIA, dijo a este diario que «no sé si está vivo o no; ya fingió su muerte varias veces. Pero para la investigación es una mala noticia: lo ideal hubiera sido que se lo capturara y declarara».
En tanto Sergio Burstein, del grupo Familiares y Amigos de las Víctimas del Atentado contra la AMIA, compartió el escepticismo: «A las organizaciones terroristas no les creo nada. Por eso, no sé si está muerto o no. Puede haber fingido su muerte para desde la clandestinidad seguir haciendo daño. En un primer momento, el animal que todos llevamos adentro, me hizo alegrar: 'Pagaste por lo que hiciste'. Pero después pensé que su muerte no servía para nada: lo necesitábamos vivo para que confesara. Igual, está claro que se movía libremente entre Irán y Siria, que son lo mismo. Y la acusación por su asesinato a Israel me parece obvia: echarle la culpa para no admitir que -si lo mataron-se trató de una pelea interna entre ellos».
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