Eduardo Duhalde se siente «irritado con la guerra», según revelan sus íntimos. Algunos de ellos, con picardía, creen que queda margen para apuestas: como todo en la vida del Presidente, los movimientos armados contra Saddam Hussein también son una excusa para que compita con Carlos Menem. A pesar de los esfuerzos del riojano por ubicarse en una posición moderada, al amparo de la bandera amarilla y blanca del Papado, para el gobierno y buena parte de los medios de comunicación Menem es el quinto hombre, invisible, de la foto de las Islas Azores: allí están George W. Bush, José María Aznar, Anthony Blair y José Manuel Durao Barroso.
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Duhalde sueña una guerra larga, conmovedora, que incline la opinión pública en favor del pacifismo que enarbolan él y su ahijado Néstor Kirchner. Cree que la temprana liberación de Bagdad y un escenario internacional solidario con los Estados Unidos beneficiarían al riojano en lo que queda de la campaña electoral. Es una forma, posiblemente la más provinciana, de mirar el conflicto.
Sin embargo la cotidianeidad del gobierno no está reflejada en ese prisma con el que se mira el mundo desde Lomas de Zamora. Para la burocracia del Estado todo lo que huela a Islam entraña un riesgo. A pesar de sí mismo, Duhalde se hermana en este punto con Bush, aun cuando los jefes de su diplomacia digan que, en privado, su odio a los Estados Unidos es equiparable al que puede sentir Muammar Kadhafi. En otras palabras: el pacifismo y la prudencia del Presidente se ponen de manifiesto en conductas concretas como la suspensión del viaje programado a Marruecos o el tramo dedicado a Grecia y sus islas.
Para un hombre que suele pasar la vida en traje de baño y ojotas, eventualmente acompañado por algún tiburón, ese viaje constituía todo un programa de relaciones internacionales: «Comience a disfrutar» podría decir el plan enviado por Carlos Ruckauf desde la Cancillería, al que Esteban Caselli casi agrega, delicado: «Siguiendo los pasos de los Apóstoles». «Festival Cruise» llamaron en «la Casa» esa gira de despedida, ahora frustrada. Apenas se mantuvieron en pie dos escalas más solemnes: el Vaticano y Madrid. Para esta última capital se prevería alguna distensión: nada del otro mundo, noches de tapas y alguna sensualidad adicional (el duhaldismo no es gente de El Prado o el Reina Sofía, es cierto). Ahora se duda también de esta visita. No sólo porque expondría a Duhalde a una contradicción con Aznar, también porque le llegó el mensaje de que el premier español está irritado con él por viejos incumplimientos. No vaya a ser que lo rete de nuevo, como sucedió en la última visita oficial, delante de los cancilleres de ambos países y para desdoro de la investidura presidencial.
Ahora, para reclamar, podría decirle que se pasó casi una noche en vela con el presidente Bush para convencerlo de que el FMI asistiera a la Argentina. Más, le podría recordar que España no sería España si los Reyes Católicos no hubieran terminado de liberar a la península del dominio árabe, el mismo que casi simultáneamente -7 siglos antes- se instaló en Irak. Demasiada Historia para Duhalde.
En la peripecia más doméstica, todo lo que se relacione con la comunidad musulmana es observado con precaución y minuciosidad por el gobierno de Duhalde. La Gendarmería, por ejemplo, se ha mostrado entre las fuerzas más activas en la denominada Triple Frontera, es decir, la zona limítrofe de la Argentina, Paraguay y Brasil, que desde hace años es controlada como un área potencialmente conflictiva por la presencia de una densa colectividad libanesa. Hacia allá se desplazó un helicóptero que realiza tareas de filmación y fotografía aérea y también de una estación satelital móvil para transmitir imágenes de la zona.
Las propensiones antinorteamericanas de Duhalde no le impidieron anoche acceder a un informe, elaborado por varias fuerzas de seguridad, con el que la pareja gobernante podrá deleitarse con datos de espionaje y exotismo que encantarían a cualquier persona que disfrute del poder (no a «Negro» y Chiche, que lo sufren). Los infiltrados en esa extensión sudamericana del mundo árabe que es la Triple Frontera le dicen al Presidente que las integrantes femeninas de la comunidad libanesa evitan usar el clásico pañuelo en la cabeza y que los hombres que profesan el Islam evitan las reuniones en los clubes o las comunicaciones con Medio Oriente. En Ciudad del Este, siguen informando estos sérpicos, los integrantes de la comunidad musulmana ya no hablan por sus celulares ni por su propia telefonía: acuden a locutorios o cibercafés para mantener contacto con Líbano.
El canal de TV Al Jazeera sirvió para que palestinos y libaneses siguieran en las distintas galerías de la ciudad las imágenes de los preparativos del conflicto. Pero una vez que éste se desató dejaron de reunirse en torno de las pantallas, por temor a que se los identifique como admiradores de Saddam, quien se presenta como un nuevo Saladino, heredero de Mahoma.
Sin embargo en el informe que le acercaron a Duhalde hay algunas precisiones y matices interesantes: le explican al Presidente que los ex miembros del grupo terrorista Hizbollah o del sector chiíta musulmán no adhieren a Saddam y, al contrario, lo odian. Fueron sus víctimas en el sur de Irak, igual que lo fueron los kurdos en el norte, durante la guerra contra Irán. Una diferencia con los asentamientos sunnitas cercanos a Uruguayana o los palestinos de la frontera con el Uruguay. Consecuencias inesperadas de la guerra, antes de iniciar su tour por Roma y Madrid, tal vez los Duhalde se hayan convertido en expertos en el Islam, aunque más no sea de su versión en guaraní.
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