Llega ya la era de la "paz" unilateral
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Fusil y bandera partidaria
en mano, un miliciano de
Hamas celebra la
conmocionante victoria de
su partido en los comicios
palestinos.
Por otro lado, si el propio Abbas resiste en la presidencia, será sólo por la necesidad de mantener una presencia institucional que garantice cierta moderación a EE.UU. Aunque de su autoridad no queden más que retazos.
La interna no será menor para el propio Hamas, que, como todos los movimientos armados que llegan al poder, se debatirá entre el realismo de la administración diaria y el empuje de sus bases más radicales. No es descartable que a mediano o largo plazo ese proceso derive en su moderación, tal como aconteció con tantos grupos terroristas que optaron por la vía política (el IRA irlandés es sólo uno de ellos). Pero lo arduo será sortear el corto plazo para llegar a ese futuro.
En medio de tal debate interno, el liderazgo de Hamas probablemente hará primar la cautela con respecto al conflicto con Israel, lo que se traduciría en una prolongación de facto de la tregua vigente desde agosto de 2004. ¿ Logrará, sin embargo, contener a grupos terroristas que boicotearon las elecciones, como Yihad, más pequeño, pero capaz de desatar la ira incontenible del Estado judío en caso de que se produzca un atentado de magnitud bajo el nuevo gobierno? ¿O, más grave aún, a las milicias armadas de Al-Fatah?
Mientras, claro, habrá que olvidarse por un buen tiempo de una paz negociada y acostumbrarse a una unilateral. Si el premier interino de Israel, Ehud Olmert, gana los comicios de marzo, tal como se prevé hoy, avanzaría con el plan iniciado por Ariel Sharon en Gaza, es decir, una retirada unilateral de parte de Cisjordania, pero manteniendo bajo soberanía israelí Jerusalén oriental y el grueso de los asentamientos. Un gobierno de Hamas nunca podrá reconocer tales fronteras.
Cabe una lectura de lo que el resultado significará para EE.UU. Por un lado, deberá lidiar con un fortalecimiento de la influencia de Siria e Irán en la región, sobre todo de este último, sujeto a una dura puja internacional por su preocupante plan nuclear. Por otro, con una legitimación en las urnas de los métodos terroristas y de las ideologías que en varios países -incluso aliados inestimables de Washington, como Arabia Saudita- pretenden convertir a Medio Oriente en un mosaico de teocracias islámicas. Por último, con la sospecha de que la receta democratizadora acaso no sea la adecuada para imponer en la región el futuro que la administración Bush visualiza.




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