27 de enero 2006 - 00:00

Llega ya la era de la "paz" unilateral

Fusil y bandera partidariaen mano, un miliciano deHamas celebra laconmocionante victoria desu partido en los comiciospalestinos.
Fusil y bandera partidaria en mano, un miliciano de Hamas celebra la conmocionante victoria de su partido en los comicios palestinos.
El ascenso al poder del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas) puede provocar conmoción, pero, ciertamente, no sorpresa.El temor internacional fue recurrente desde que el grupo islamista anunció su participación en los comicios legislativos del miércoles, algo que no había hecho en 1996, cuando boicoteó las elecciones ganadas de modo arrasador por Al-Fatah, entonces bajo el comando de Yasser Arafat. Estaba, además, justificado por las encuestas, aunque ninguna previó la magnitud de la victoria, un hecho que da cuenta de la fuerza del movimiento subterráneo generado en los territorios palestinos por el estancamiento del diálogo de paz, el efecto de la ocupación y la guerra de baja intensidad de los últimos años sobre el nivel de vida de la población y el hartazgo contra la corrupción y la ineficacia del gobierno de Al-Fatah.

Justamente en estas horas conviene recordar muchos análisis en los días posteriores a la muerte del viejo caudillo en noviembre de 2004. Se decía que con él se iba el último gran obstáculo para la paz, que sería posible con el nuevo liderazgo del moderado Mahmud Abbas (Abu Mazen).

Lo que esos observadores no entendieron es que, más allá de los muchos males adjudicables al rais -sólo algunos de ellos repasados más arriba-, también se fue con él una figura de enorme peso histórico y un dique de contención para fuerzas islamistas cada vez más influyentes. ¿Cómo iba a ser posible con Abbas, emergente de un liderazgo desprestigiado en lo local, la paz que no se pudo materializar con el padre del nacionalismo palestino?

• Unicas salidas

El triunfo de Hamas no es sólo el de los extremistas palestinos. Lo es también el de todos los halcones que imponen su visión en el conflicto de Medio Oriente, ya que «aclara» el panorama: en el lado palestino no queda nadie con quien negociar y las únicas salidas posibles son las de fuerza y las unilaterales.

En el plano interno, el nuevo gobierno contará con un considerable período de gracia dado por la confusión en la que caerá Al-Fatah. La renovación general en su liderazgo será imparable, tanto como la posibilidad de que ello derive en una radicalización del viejo movimiento histórico nacional. ¿Quién se animaría a hacer oposición a Hamas invitando a la población a recorrer con respecto a Israel el mismo camino que acaba de terminar en un callejón sin salida?

Por otro lado, si el propio Abbas resiste en la presidencia, será sólo por la necesidad de mantener una presencia institucional que garantice cierta moderación a EE.UU. Aunque de su autoridad no queden más que retazos.

La interna no será menor para el propio Hamas, que, como todos los movimientos armados que llegan al poder, se debatirá entre el realismo de la administración diaria y el empuje de sus bases más radicales.
No es descartable que a mediano o largo plazo ese proceso derive en su moderación, tal como aconteció con tantos grupos terroristas que optaron por la vía política (el IRA irlandés es sólo uno de ellos). Pero lo arduo será sortear el corto plazo para llegar a ese futuro.

En medio de tal debate interno, el liderazgo de Hamas probablemente hará primar la cautela con respecto al conflicto con Israel, lo que se traduciría en una prolongación de facto de la tregua vigente desde agosto de 2004. ¿ Logrará, sin embargo, contener a grupos terroristas que boicotearon las elecciones, como Yihad, más pequeño, pero capaz de desatar la ira incontenible del Estado judío en caso de que se produzca un atentado de magnitud bajo el nuevo gobierno? ¿O, más grave aún, a las milicias armadas de Al-Fatah?

Mientras, claro,
habrá que olvidarse por un buen tiempo de una paz negociada y acostumbrarse a una unilateral. Si el premier interino de Israel, Ehud Olmert, gana los comicios de marzo, tal como se prevé hoy, avanzaría con el plan iniciado por Ariel Sharon en Gaza, es decir, una retirada unilateral de parte de Cisjordania, pero manteniendo bajo soberanía israelí Jerusalén oriental y el grueso de los asentamientos. Un gobierno de Hamas nunca podrá reconocer tales fronteras.

Cabe una lectura de lo que el resultado significará para EE.UU. Por un lado, deberá lidiar con un fortalecimiento de la influencia de Siria e Irán en la región, sobre todo de este último, sujeto a una dura puja internacional por su preocupante plan nuclear. Por otro, con una legitimación en las urnas de los métodos terroristas y de las ideologías que en varios países -incluso aliados inestimables de Washington, como Arabia Saudita- pretenden convertir a Medio Oriente en un mosaico de teocracias islámicas. Por último, con la sospecha de que la receta democratizadora acaso no sea la adecuada para imponer en la región el futuro que la administración Bush visualiza.

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