1 de marzo 2004 - 00:00

Los dilemas de Bush en la crisis

Washington - Hace 10 años, un ex sacerdote haitiano llamado Jean Bertrand Aristide vivía separado de la entonces procuradora general estadounidense Janet Reno por un corredor fuertemente vigilado en un edificio de departamentos de Washington.

Tocaba la guitarra para relajarse, vivía la vida de un monje y esperaba el fin de su exilio. Tenía una legión de seguidores -principalmente campesinos pobres-en Haití, donde había sido elegido presidente pero había sido derrocado en un golpe de Estado. Así que durante casi tres años, esperando ver si Occidente apoyaba sus esfuerzos por regresar, hizo giras por Estados Unidos y Europa, atrayendo a estudiantes curiosos, activistas y políticos. Hablaba en parábolas que dejaban a los no haitianos rascándose la cabeza pero trasladaba a sus fieles a la risa y la esperanza, y se erigía como símbolo de la democracia misma.

Desde el principio, sin embargo, hubo problemas. Críticos dijeron que había buscado el exilio él mismo.

Mientras aún estaba en Haití había hablado en favor del «collar»: la práctica de colocar neumáticos en llamas alrededor del cuello de un enemigo para provocar temor en el corazón de sus oponentes. Sus sermones estaban llenos de frases antiestadounidenses. Algunos haitianos dijeron que estaba mentalmente desequilibrado y un perfil de la CIA dijo que gobernaría con violencia. Estados Unidos terminó ayudándolo a recuperar el poder, pero los críticos de Aristide dicen que la historia les ha dado ahora la razón.

• Impulso

Durante los primeros días del actual levantamiento, cuando figuras sombrías entraron furtivamente por la frontera dominicana y empezaron a capturar las ciudades menores de Haití, el impulso de la comunidad internacional fue apoyar a Aristide. Era lo más cercano a un líder democráticamente elegido con que Haití puede contar, aun cuando retuvo el poder con la ayuda de pandillas, ganó su segundo mandato en 2000 en una elección que la oposición política boicoteó y fue acusado por sus críticos -incluidos altos funcionarios en Washington- de corrupción y gobernar por medio de la intimidación. Su apoyo dentro y fuera de Haití ya se había erosionado.

Robert Maguire, experto en Haití y profesor del Trinity College en Washington, dijo que Aristide se intoxicó con el poder. «Sintió que no debía participar del juego político haitiano tradicional», dijo Maguire. «Solía decir: 'Soy el rey del mundo'. Así es como gobernó.

Abandonar a Aristide plantea la cuestión de que se sienta un precedente de permitir que enemigos políticos y sus pistoleros laxamente aliados derroquen a otro gobierno elegido en un hemisferio que pensaba que había terminado con ese tipo de ciclo. Aun así, el gobierno estadounidense ha apostado en gran medida a la oposición política, que incluye coaliciones de personajes de grupos como la elite empresarial de Haití, sindicatos y maestros. Critican el populismo de Aristide pero afirman apoyar los principios democráticos.

Funcionarios del gobierno estadounidense insisten en que no alentaron a golpistas
. Lo que realmente preocupaba a los funcionarios estadounidenses era la perspectiva de que una crisis humanitaria estallara antes de que pudiera resolverse la turbulencia política. Se temía que Puerto Príncipe, la capital, pudiera caer en la anarquía y en un derramamiento de sangre a gran escala. Esto, a su vez, podría llevar a enormes cantidades de haitianos a hacer lo que a menudo hacen en las crisis: construir barcos y dirigirse a Florida.

• Lección

El presidente George W. Bush, que no puede permitirse esa perspectiva en un año electoral, puso en claro que un éxodo no sería tolerado. Nancy E. Soderberg, quien estuvo con el Consejo de Seguridad Nacional de Bill Clinton cuando Aristide fue reinstalado con el apoyo de tropas estadounidenses, dijo que hay una lección en las opciones al parecer imposibles que se enfrentan hoy: el mundo no debe salirse de países fracasados demasiado pronto.

«Tenemos que permanecer involucrados mucho después de que se establezca la paz o la historia se repetirá», dijo. Pero eso, en cierta forma, es una manera optimista de declarar cómo se sienten los expertos. «Se puede apreciar la frustración de la comunidad internacional», dijo
Joshua Sears, embajador de Bahamas en Washington. «No podemos estar haciendo esto cada diez años. Simplemente es imposible.»

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