25 de marzo 2002 - 00:00

"Me pagaron para injuriar a Clinton"

Washington - Las maquinaciones más recientes de la derecha norteamericana contra los demócratas acusando a Bill Clinton de ser el culpable de los atentados terroristas del 11 de setiembre, comparando al líder del Senado Tom Daschle con Saddam Hussein, explotando los resultados de la guerra de Afganistán en beneficio político propio y presentando el caso Enron como un escándalo originado por los demócratas son ejemplos de la clase de táctica política que los republicanos pusieron en práctica durante estos últimos 10 años.

Todo comenzó cuando Clinton fue elegido presidente en 1992. Los conservadores vieron a Clinton como un usurpador ilegítimo y se dedicaron en cuerpo y alma a impedir que desempeñara su cargo. Yo, como periodista responsable de escándalos políticos de la revista «American Spectator», disfruté de una posición privilegiada. Fui testigo de los tremendos esfuerzos que hacía el movimiento republicano para destruir al enemigo.

Mi historia, que en los EE.UU. será publicada este mes en forma de libro bajo el título «Cegado por la derecha: La conciencia de un ex conservador», es el primer informe desde adentro sobre esa bien organizada y mejor financiada maquinaria antiClinton.

Cuando Hillary Clinton se refirió a esta operación como «una vasta conspiración de la derecha», sus palabras fueron ampliamente ridiculizadas por la mayor parte de la prensa. Pero puedo afirmar, con absoluto conocimiento de causa, que esa conspiración era completamente real y que ya estaba en marcha. Yo mismo estaba involucrado en ella desde el principio.

Como joven conservador, y después de trabajar en «The Washington Times» y en el equipo para la regeneración de ideas de la Heritage Foundation, logré hacerme un nombre entre la derecha norteamericana tras la publicación, en 1993, de un libro en el que atacaba la credibilidad de Anita Hill, la profesora de Derecho que acusó al juez del Tribunal Supremo de EE.UU., Clarence Thomas, de acoso sexual.

•Sin fundamento

Un día de otoño de 1992 me llamó por teléfono un rico inversor de Chicago que había leído en el «Spectator» mis demoledores ataques contra los iconos liberales. Quedamos para desayunar. Peter Smith, que se identificó a sí mismo como una de las principales fuentes de financiación del comité de acción política Gopac, abanderado por el congresista republicano Newt Gingrich, me pagó 5.000 dólares por difundir en Arkansas el rumor de que el candidato demócrata, Clinton, era padre de un hijo ilegítimo, fruto de su relación con una prostituta afroamericana. Smith esperaba que esta bomba informativa bastara para apartar a Clinton de la carrera hacia la presidencia. Tomé el dinero y me puse a hacer unas llamadas. Pronto me di cuenta de que la historia carecía de fundamento.

Para noviembre de 1992, cuando Clinton accedió a la presidencia, Smith llevaba invertidos 80.000 dólares en fondos privados cuyo único propósito era difundir historias obscenas sobre Clinton, todas ellas sin el menor aval de credibilidad.

Un año después, con Clinton ya presidente, me ofreció otro encargo. Según Smith, un grupo de reservistas de Arkansas, que habían trabajado para Clinton en los años '80, quería hacer públicas algunas historias sobre el carácter mujeriego del mandatario. Tres meses más tarde, en diciembre de 1993, publiqué en el «Spectator» las lujuriosas historias, lo que dio lugar al enorme Troopergate (del inglés trooper, reservista).

•Psicópata sexual

El retrato que aquellos hombres hacían de Clinton era el de un psicópata obsesionado con el sexo. Y Hillary, su mujer, una bocona loca por el poder. El historial del líder demócrata se veía a la vez enturbiado por su presunto affaire con una tal Jennifer Flowers, mientras otros aireaban el desprecio que Hillary sentía por las tareas domésticas.

El Troopergate se convirtió en el tema estrella de todos los informativos. La presión política de los republicanos en el Congreso, quienes habían llegado a la conclusión de que ese escándalo era la única manera de acabar con su enemigo, hizo que al poco tiempo se nombrara un consejo especial para investigar el Whitewater.

En mi artículo aparecía la historia de una mujer a la que los reservistas identificaron con el nombre de Paula. Según me contaron, Clinton echó el ojo a la mujer en un hotel de Little Rock e, inmediatamente, pidió que reservaran una habitación. Apenas se publicó mi artículo, apareció la señorita
Paula Jones en una reunión que celebraban en Washington ciertos activistas conservadores, diciendo que había sido acosada sexualmente por Clinton en aquel mismo hotel. Qué casualidad. Ella aseguraba que lo único que quería era limpiar su nombre. Ni la revista ni yo tuvimos nunca noticias suyas.

En tanto, en otoño de 1997, meses antes de que saliera a la luz el escándalo de
Monica Lewinsky, el representante republicano por Georgia, Bob Barr, presentó ante el Congreso una resolución con el objetivo de hacer una encuesta previa a un impeachment contra Clinton, bajo el cargo de conducta ilegal. Al día siguiente, el editorial de «The Wall Street Journal» apareció con un lacónico titular: Impeachment. Durante una cena organizada aquel mismo otoño, Barr y un par de docenas de personajes clave del movimiento conservador diseñaron la estrategia del impeachment.

Fue entonces cuando Smith, el financiero de Chicago, volvió a escena. El y un abogado republicano,
Richard Porter, que trabajaba en la firma de abogados de Starr, se aseguraron de que se estuviera pasando información sobre las relaciones de Clinton con Lewinsky, procedente de las conversaciones, grabadas en secreto, que Monica mantenía con su amiga Linda Tripp. Así se inició la trampa del perjurio, justo unas semanas antes de que el caso Jones se desestimara en los tribunales.

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