"Me pagaron para injuriar a Clinton"
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•Sin fundamento
Para noviembre de 1992, cuando Clinton accedió a la presidencia, Smith llevaba invertidos 80.000 dólares en fondos privados cuyo único propósito era difundir historias obscenas sobre Clinton, todas ellas sin el menor aval de credibilidad.
Un año después, con Clinton ya presidente, me ofreció otro encargo. Según Smith, un grupo de reservistas de Arkansas, que habían trabajado para Clinton en los años '80, quería hacer públicas algunas historias sobre el carácter mujeriego del mandatario. Tres meses más tarde, en diciembre de 1993, publiqué en el «Spectator» las lujuriosas historias, lo que dio lugar al enorme Troopergate (del inglés trooper, reservista).
•Psicópata sexual
El retrato que aquellos hombres hacían de Clinton era el de un psicópata obsesionado con el sexo. Y Hillary, su mujer, una bocona loca por el poder. El historial del líder demócrata se veía a la vez enturbiado por su presunto affaire con una tal Jennifer Flowers, mientras otros aireaban el desprecio que Hillary sentía por las tareas domésticas.
El Troopergate se convirtió en el tema estrella de todos los informativos. La presión política de los republicanos en el Congreso, quienes habían llegado a la conclusión de que ese escándalo era la única manera de acabar con su enemigo, hizo que al poco tiempo se nombrara un consejo especial para investigar el Whitewater.
En mi artículo aparecía la historia de una mujer a la que los reservistas identificaron con el nombre de Paula. Según me contaron, Clinton echó el ojo a la mujer en un hotel de Little Rock e, inmediatamente, pidió que reservaran una habitación. Apenas se publicó mi artículo, apareció la señorita Paula Jones en una reunión que celebraban en Washington ciertos activistas conservadores, diciendo que había sido acosada sexualmente por Clinton en aquel mismo hotel. Qué casualidad. Ella aseguraba que lo único que quería era limpiar su nombre. Ni la revista ni yo tuvimos nunca noticias suyas.
En tanto, en otoño de 1997, meses antes de que saliera a la luz el escándalo de Monica Lewinsky, el representante republicano por Georgia, Bob Barr, presentó ante el Congreso una resolución con el objetivo de hacer una encuesta previa a un impeachment contra Clinton, bajo el cargo de conducta ilegal. Al día siguiente, el editorial de «The Wall Street Journal» apareció con un lacónico titular: Impeachment. Durante una cena organizada aquel mismo otoño, Barr y un par de docenas de personajes clave del movimiento conservador diseñaron la estrategia del impeachment.
Fue entonces cuando Smith, el financiero de Chicago, volvió a escena. El y un abogado republicano, Richard Porter, que trabajaba en la firma de abogados de Starr, se aseguraron de que se estuviera pasando información sobre las relaciones de Clinton con Lewinsky, procedente de las conversaciones, grabadas en secreto, que Monica mantenía con su amiga Linda Tripp. Así se inició la trampa del perjurio, justo unas semanas antes de que el caso Jones se desestimara en los tribunales.




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