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21 de noviembre 2008 - 00:00

Obama desafía catecismo y se inspira en Reagan

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No puede deducirse que el presidente electo de los EE.UU., Barack Obama, llegó por su aproximación a la izquierda, identificada con los demócratas y sus propuestas de mayor sensibilidad social, y que, ahora, en virtud de la crisis, se inclinaría, simplicidad maniquea mediante, por lo que se reconoce como derecha republicana, entendida como concepción conservadora inclinada en favor de intereses plutocráticos y por ende menos sensibles respecto de las mayorías.

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La realidad norteamericana es mucho más compleja y por ello menos superficial. A la sombra de esa duplicación programática se interpreta que tolerancia y pacifismo son patrimonio de los demócratas y que las actitudes irascibles y provocativas se encuentran en la esquina de los republicanos. La verdad es que no existe tal fidelidad a los catecismos y que son las circunstancias objetivas las que van activando las respuestas y la selección de los objetivos.

En otros términos, es el interés nacional amplia y celosamente custodiado, el que determina la orientación de la vida política norteamericana. Por ello, en realidad, no hay grandes contradicciones y menos considerables distancias entre ambas concepciones políticas. Ahora bien, la afirmación no desmiente algún sesgo hacia la propia identidad que registran los discursos y prioridades legislativas cuando una u otra facción encabeza los destinos del país. Pero esto tampoco es definitivo, como lo testimonia el hecho de que más senadores republicanos que demócratas hayan dado las espaldas al presidente George W. Bush en la reciente estrategia de salvataje financiero.

Quizá la más sorprendente actitud de Obama no ha sido el protocolar encuentro con su rival John McCain en las elecciones del 4 de noviembre, acto, por lo demás, justificado si se recuerda que durante algunos años han sido colegas en el Senado y que aquél asume en circunstancias tan difíciles que no admiten distanciarse de lo que suma, menos cuando el cumplido se dirige a un hombre de intachable reputación y valores reconocidos por toda la sociedad.

Bien, pero el aspecto más significativo, aunque poco destacado, se registró durante la campaña. Fue el admirable reconocimiento de Obama sobre Ronald Reagan y su gestión.

Si bien el gesto puede responder a conveniencias electorales, el contenido de la declaración excede cualquier especulación en ese sentido. Afirmar que fue un presidente de transformaciones y que supo cambiar la trayectoria de los EE.UU. de una manera tal que ni Nixon y nada menos que su correligionario Bill Clinton pudieron, parece que no admite interpretaciones torcidas. Podría haber afirmado cualquier otra cosa si se trataba de atraer al redil demócrata a los republicanos dispersos o incrédulos.

  • Moderación

    Ahora Obama moderó el discurso reformista amparándose en la tragedia que experimenta un mundo en el que las fantasías de desacoples se desvanecieron. No va a dar marcha atrás a las reivindicaciones que ilustraron su programa, pero sí ajustará el compromiso, simplemente porque vislumbra que ha llegado la oportunidad de reconquistar la supremacía norteamericana ante nuevos competidores, aunque todavía en esbozo, como son los casos de China, la Unión Europea y nuevamente Rusia.

    El desafío de acortar la recesión, y de ganar espacio y tiempo en la arena internacional, con seguridad encabezará las prioridades. Otras políticas llevaron a los EE.UU. a perder su absoluto liderazgo en los campos de la economía y de las finanzas. Japón y Alemania llegaron a hacer peligrar las conquistas, como la Unión Soviética casi desaloja a los estadounidenses en cuestiones militares y estratégicas. Esta suerte de lenta y casi inadvertida declinación fue compartida durante los mandatos de Johnson, Nixon, Ford y Carter. Entre 1967 y 1977 la productividad norteamericana fue aplastada por los registros de Japón y Alemania. En esa experiencia, Lester Thurow pensó su revelador testimonio divulgado en «Cabeza a Cabeza», o «Head to Head» en la versión original ampliamente difundida en todo el mundo.

    Entonces el reconocimiento a Reagan puede no ser casual. Las circunstancias «mutandis mutandi» se parecen. Recuérdese que Reagan se impuso después de tres desgastadas presidencias y con el espíritu nacional por el suelo. Obama hereda a un Bush fuertemente cuestionado, como por otra parte lo confirma la desaprobación electoral y, para colmo, la crisis financiera propia y ajena acompañada de recesión y desempleo de incierta duración.

    Será nuevamente el interés nacional norteamericano el que indique la dirección, y lo será con prescindencia de tradiciones y de compromisos previos si resultaran incompatibles con las exigencias del presente. Nixon echó los fundamentos de la alianza con China hace casi cuarenta años; Carter, antes que Reagan, empezó a inquietarse frente al avance soviético,como también lo había hecho Kennedy cuando Nikita Kruschev intentó acomodarse en Cuba. Pero fue Reagan, en soledad, quien decidió llevar adelante la estrategia de derrotar a Rusia sin pólvora, asestándole duros golpes en el sensible campo de la tecnología. Intuyó lo que Hobsbawn admite después en sus memorias. El sistema soviético estaba mal planteado desde el principio y casi en ruinas.

    El nuevo posicionamiento internacional de los EE.UU. bajo Reagan y la democratización de Europa oriental, más los estrechos vínculos con China, garantizaron por más de dos décadas la hegemonía norteamericana ahora amenazada, sobre todo si las reacciones estratégicas se demoraran. Esto es seguramente lo que atrapará y consagrará finalmente la gestión de Obama, como sucedió con Reagan, quien llegó sin nada y se retiró casi plebiscitado ocho años después por la consideración pública.

    La «república imperial» (Aron) no puede perder la oportunidad de reconquistar su liderazgo global en un mundo fragmentado y con los mismos problemas, sin aspirar a reconstruir las estructuras y procedimientos que tempranamente permitieron a los EE.UU. empinarse y monopolizar un segmento importante de acciones y logros en la arena internacional.

    A partir de este enfoque que pretende ser realista, parece que no hay que hacerse ilusiones. Obama no se distanciará de la tradición implícita en el interés nacional norteamericano. No hay compromiso exculpatorio posible para cambiar las reglas de juego, aunque sea válido acordarse de la gente y renovar las instituciones pretéritas que sirven al pueblo. Pero ello es otra cosa como ya se vislumbra en la penumbra de las declaraciones del candidato triunfante.
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