3 de enero 2003 - 00:00

Por qué estas 3 mujeres fueron los grandes personajes de 2002

Desde las dos primeras semanas de 2002, dos oscuros estados de ánimo entraron en la sala, dos tipos de ansiedad que destrozaron los nervios, incluso en los días buenos, y que dejaron su marca en la disposición general. Para empezar, después de los eventos del 11 de setiembre, el paso del tiempo comenzó a llevarse los aspectos más terribles del dolor, pero con cada mes llegaba una nueva disrupción: un alerta código naranja, un atentado con bomba en una disco en la isla de Bali, el lanzamiento de un misil tierra-aire contra un jet de pasajeros, y por ende un nuevo signo que nos demostraba que la bestia estaba aún ante las puertas de nuestro mundo. Todos nosotros pusimos manos a la obra para recuperar el mundo más seguro en el que creíamos que habíamos vivido antes del derrumbe de las Torres Gemelas. Pero con cada paso que dábamos nos preguntábamos si estábamos en el camino correcto o cuáles debían ser las cosas que tendrían que cambiar.

Y mientras tanto, en el escenario de los negocios se desarrollaba la negra comedia del fraude corporativo. ¿Quién se imaginaría que la prodigiosa economía de los años '90 habría de producir tantos piratas y ladrones?

Uno podría reírse ante el espectáculo de los jefes ejecutivos de las empresas caminando esposados y custodiados por la policía y de los analistas de Bolsa cuyos turbios negocios se asemejaban más a los de la Cosa Nostra, pero la risa terminó saliendo cara.

La imagen de Martha Stewart quedó marcada y arruinada. Tyco fue saqueada por sus propios ejecutivos. Las campeonas de las falsas promesas, Enron y WorldCom, acabaron como las Torres Gemelas: se desplomaron. Sus accionistas y empleados cayeron con ellas. Lo mismo ocurrió con la confianza que el público tenía en las grandes empresas. Cada nueva ofensa parecía subrayar el mismo punto: con el comunismo vencido, el capitalismo no tenía ya otros verdaderos enemigos más que sus propios y más abyectos impulsos. Así, el capitalismo puede ser arruinado por sus más celosos jugadores o destruido por los codiciosos mordiscos de quienes están encargados de liderarlo.

Es en este sombrío panorama donde el accionar de tres mujeres de talante para nada extraordinario pero de un coraje sin par puede entenderse mejor. Sherron Watkins es la vicepresidenta de Enron que le escribió en el verano de 2001 a Kenneth Lay, su jefe, advirtiéndole que los métodos de contaduría de la empresa eran inapropiados. En enero último, cuando un subcomité del Congreso que investigaba el colapso de Enron publicó dicha carta, Watkins se volvió una figura pública, aunque lo hizo a regañadientes, dando comienzo así al año que hemos bautizado como el de las defensoras de la verdad. Coleen Rowley es una abogada del staff del FBI que causó una conmoción en mayo al enviar un memo a su jefe, el director Robert Mueller, acerca de cómo dicha agencia había ignorado las advertencias acerca de que debía investigarse a Zacarias Moussaoui (sobre quien pesan cargos de conspiración en el ataque del 11 de setiembre) que la oficina de Watkins en Mineápolis (Minesota) había remitido. Un mes más tarde, Cynthia Cooper ex-plotó la burbuja de WorldCom cuando informó que la compa-ñía había ocultado más de 3.800 millones de dólares de pérdidas a través de trucos de magia realizados en los libros contables.

Estas mujeres han sido durante los 12 meses que se terminan lo mismo que fueron los bomberos de la ciudad de Nueva York en 2001: héroes surgidos de la escena misma y transformados por las circunstancias. Son gente que se ha dedicado a hacer el bien por el solo hecho de hacer bien su trabajo, lo que también significa hacerlo temerariamente, con los ojos bien abiertos y con un coraje con el que muchos de nosotros creemos poseer pero que no hemos podido poner en práctica. Puede que sus vidas nunca hayan estado en juego, pero Watkins, Rowley y Cooper apostaron casi todo lo demás. Sus trabajos, la salud, su privacidad, la paz mental, todo ello decidieron arriesgar para informarnos de cosas que no andaban bien en instituciones cruciales. El capitalismo democrático exige que la gente confíe en la integridad de las instituciones, tanto públicas como privadas. En su rol de reveladoras de la verdad, estas tres mujeres se volvieron la prueba viviente de que el sistema resguardos funciona. Por creer, con todo su corazón, de que la verdad es algo que no debe salirse de los libros, y por interponerse cuando veían qué estaba sucediendo, han sido elegidas por «TIME» como los Personajes del Año 2002.

¿Quiénes son estas mujeres? Para empezar, no se trata de personas que quieran brillar ante los flashes de la atención mediática. Todas ellas intentaron mantener sus críticas aden-tro de las instituciones, de decirles a superiores la verdad, pero no a Barbara Walters. Se volvieron figuras públicas solamente porque sus memorandum fueron filtrados a los medios de comunicación. Una de las razones por la que usted todavía no conoce mucho de ellas es porque ninguna ha dado una entre-vista a grabador abierto hasta ahora.

A comienzos de diciembre, «TIME» juntó a las tres en un hotel de Mineápolis. Inmediatamente se hizo evidente que ninguna de ellas era una rebelde en el sentido usual de la palabra. Más podría decirse que se trata de verdaderas defensoras de la verdad, personas que llevan en sus corazones la idea de que sus lugares de trabajo podrían llegar a ser de gran uso al mundo en general. También se las puede caracterizar como a las guardianas de la llama que no dudan en incinerar a sus templos imperfectos. Cuando las casas centrales de las instituciones para las que trabajaban no hacían lo que se suponía debían hacer, tomaron esta cruzada y la hicieron propia. En Enron, la compañía enviaba notas con citas de personas famosas. Una de ellas provenía de Martin Luther King Jr.: «Nuestras vidas comienzan su fin cuando nos callamos acerca de las cosas que realmente importan». Watkins leía esa cita todos los días. ¿Qué pasó con el resto de sus colegas?

¿Qué otras cosas tienen en común estas mujeres? Las tres vienen de familias radicadas en pueblos pequeños en el medio del país, en donde la diferencia entre la riqueza y la pobreza era el sueldo que recibían sus padres. En un giro que seguramente hará el deleite de los psicólogos, todas ellas son las hijas mayores. Aún más, si bien las tres están casadas, todas ellas son el principal sustento de sus familias. Cooper y Rowley tienen maridos que se quedan en casa a tiempo completo cuidando a los niños. Para ambas, la decisión de enfrentarse con sus superiores implicaba poner en riesgo el bienestar económico de sus familias.

La entrevista conjunta en Mineápolis fue también la prime-ra oportunidad que las tres tuvieron de conocerse personal-mente. Inmediatamente se dieron cuenta de cuánto sabían de la experiencia de las restantes. Durante los momentos más duros vividos en el correr de este año les servía de consuelo saber que había otras dos mujeres luchando las mismas batallas. En preparación para el encuentro en Mineápolis, Cooper leyó el testimonio que Watkins presentó ante el Congreso en el caso de Enron. «Me vinieron sudores fríos, honestamente», aseguró Cooper. En Mineápolis, cuando Rowley, la abogada del FBI, escuchó hablar a Cooper acerca de que es necesario que haya más gente común dispuesta a pasar al frente y hacer lo correcto, se puso de pie y la aplaudió.

¿Y qué conclusión se puede sacar de que se trata de tres mujeres? Se ha dicho que su gé-nero no es una coincidencia; que las mujeres, como gente que se encuentra generalmente afuera de los círculos de poder, tienen menos intereses en las empresas para las que trabajan y, por ende, menos miramientos para exponer las flaquezas. Pero ellas no lo creen así. Así como sucede, algunos estudios han demostrado que las mujeres son en realidad menos propensas a exponer la verdad que los hombres. Y un punto que vale la pena mencionar, es que las tres se sienten poco cómodas con el mote de divulgadoras que les ha sido endilgado. Pero aún si dicho término no les causa simpatía, puede ser porque cualquiera en ese rol no la tiene fácil. Si no son echados de sus trabajos son arrinconados, confinados o trasladados a puestos decorativos. Eventualmente, muchos de ellos terminan sufriendo de depresión o alcoholismo. Casi todos ellos dicen que no volverían a repetir sus acciones.

Con estas tres, eso no ha ocurrido, a excepción de Watkins, quien dejó su trabajo en Enron porque prácticamente era poco y nada las tareas que se le encomendaban. Pero cuando se les pregunta si alguien en la cima de las instituciones para las que trabajaban alguna vez les dio las gracias, todas ellas se largan a reír. Algunos de sus colegas las odian, especialmente aquéllos que creían que podrían rectificar calladamente los errores de habérseles dado el tiempo necesario. «Hay un precio que se debe pagar», destaca Cooper. «Hubo momentos en que no podía parar de llorar.»

Sherron Watkins, de Enron

Cuando, a comienzos de enero, saltó a la prensa su nombre, Watkins sintió excitación. La gente le pedía autógrafos en los cafés. Pero eso no duró mucho. Algunos de los empleados despedidos empezaron a culpar a Watkins por no haber llevado el asunto ante la Comisión Nacional del Mercado de Valores (SEC, según sus siglas en inglés). Había enfado también porque a finales de agosto y en octubre de 2001 Watkins había vendido acciones de Enron y se había embolsado 47.000 dólares. Movimientos que ella dice vinieron motivados por un consejo de su contable (el primero) y la incertidumbre post 11/9 (el segundo). Las críticas han venido por su decisión de vender su historia para hacer un libro y una película.

• Coleen Rowley
del FBI

Desde el 11 de setiembre de 2001, esta mujer de 48 años había ocultado su malestar por los errores cometidos por la agencia, especialmente la negativa, a pesar de las peticiones de su oficina, a tomar en serio el caso de Zacarias Moussaoui, un francés de origen marroquí que apenas hablaba inglés y que se había matriculado en una escuela de aviación para aprender a pilotar un 747. Ocho meses después de los ataques Rowley, junto con otras personas, tuvo la oportunidad de contar lo que sabía. Ocurrió cuando funcionarios de los comités de inteligencia del Senado y de la Cámara de Representantes, actuando en una investigación conjunta, invitaron a un grupo de personas a una reunión privada en Washington.

• Cynthia Cooper,
de Worldcom

El pasado junio Cooper informó al comité de auditoría del directorio de WorldCom que la empresa había estado maquillando la contabilidad. En menos de una semana la compañía despidió al director financiero, Scott Sullivan. Cooper ha visto pasar a sus antiguos colegas esposados ante las cámaras de televisión. Los accionistas han perdido 3.000 millones de dólares desde que se descubrió el fraude y 17.000 trabajadores han quedado sin empleo. Cooper, una mujer rubia de 38 años, tiene ahora más presupuesto y el doble de empleados. A pesar de todo, es obvio que su corazón está roto. «Ha habido veces -dice Cooper, poco dada a las emociones-que no podía parar de llorar.»

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