18 de octubre 2007 - 00:00

Quién es quién en la elite china

Pekín - Choferes al volante de limusinas con los cristales tonalizados hacen cola para dejar en la entrada del club Zhongguohui a los nuevos ricos de esta China que todavía mantiene colgado el cartel de comunista. El decorado ha sido diseñado para imitar la decadencia de la dinastía del emperador Qing, pero en sus salones se fuma habanos en lugar de opio y se bebe champagne en vez de licor de arroz. «Sólo miembros», advierte el cartel sobre la fachada de este oasis de la elite de Pekín.

China ha recuperado la conciencia de clases, si alguna vez llegó a perderla. La nueva aristocracia la comandan los hijos de los revolucionarios y jefes del Partido Comunista que tomaron el poder en 1949, prometiendo crear la sociedad más igualitaria del mundo y que en estos días deciden el futuro de la nación en el XVII Congreso Nacional del PCCh (Partido Comunista de China). El sueño equitativo de Mao viaja ahora en Mercedes que cruzan las avenidas de las grandes ciudades y se estacionan en las mansiones de barrios construidos a imitación de los suburbios californianos. El propio gobierno admite que la mayoría de los 3.000 empresarios más ricos del país es descendiente de cargos importantes del régimen que se han hecho con la dirección de las grandes empresas nacionales.

Ahí está la hija del mismísimo presidente-Hu Jintao, casada con el ex vicepresidente de la empresa de Internet Sina y magnate de las nuevas tecnologías; el yerno del primer ministro Wen Jiabao, dueño del principal equipo de fútbol; o el grupo de acaudalados familiares del histórico líder Deng Xiaoping, al frente del poderoso conglomerado empresarial Poly group.

El presidente Hu Jintao inauguró el lunes el XVII Congreso Nacional haciendo un llamado a «la sociedad», un concepto con el que ha pedido a los nuevos ricos chinos que moderen sus excesos y tengan en cuenta a los millones de campesinos que no se han podido subir al tren del progreso después de tres décadas de capitalismo. Una doctrina oficial que choca con una nueva generación de millonarios -el mayor número de ricos menores de 40 años del mundo, según la revista «Forbes»-, que ha convertido a China en El Dorado de las grandes marcas de lujo internacionales.

  • Contradicción

  • Mientras los líderes hablan en la cumbre de Pekín de moderación y prometen luchar contra la corrupción, sus hijos aprovechan sus conexiones políticas para ampliar sus imperios financieros. Quizá ninguno simboliza mejor esa contradicción que Li Xiaopeng, presidente de la mayor empresa energética independiente del país e hijo del ex número dos del régimen y todavía poderoso Li Peng.

    Ser hijo del hombre que ordenó la masacre de estudiantes en Tiananmen en 1989, y del que probablemente es el más odiado líder comunista de los últimos 60 años, no ha impedido a Li Xiaopeng crear un imperio que avanza imparable gracias a concesiones gubernamentales. Su empresa, Huaneng Internacional, tiene entre sus logros haber obtenido la primera licencia para construir una presa en mitad de un parque nacional. El proyecto, en el lago tibetano de Mugecuo, sólo fue cancelado el año pasado después de que varias ONG lo convirtieran en un escándalo internacional.

    El pequeño traspié en el Tíbet no ha frenado a Li, que construye en el río Mekong algunas de las presas que han sido denunciadas por el desplazamiento de cientos de miles de personas y que han provocado incidentes diplomáticos con otros países atravesados por el río asiático. «Con ese apellido no hay gobierno provincial que se atreva a negarle una autorización», asegura un activista que se ha opuesto a algunos de los proyectos de Li y que se ve obligado a mantener el anonimato. Los excesos de los hijos del capitalismo rojo creado por Deng Xiaoping se han convertido en un problema de imagen para el Partido Comunista en un momento en el que las desigualdades sociales y la corrupción amenazan su legitimidad ante el pueblo.

    Los nuevos aristócratas chinos han recuperado las viejas tradiciones de los señores de las dinastías, cuando el prestigio social se reafirmaba manteniendo al mayor número de concubinas. Pang Jiayu, ex funcionario del Partido en la provincia de Shaanxi, fue expulsado este año después de que se descubriera que tenía 11 amantes, un pequeño harén particular que pagaba con dinero procedente de comisiones ilegales. Un estudio interno asegura que 90% de los funcionarios detenidos por corrupción en el último lustro tenía al menos una concubina, y en Pekín circula ya la siguiente broma: las queridas de los políticos no son más que su forma de saltarse la ley de natalidad que limita la descendencia a un retoño por familia.

    Sin instituciones, prensa o sistema judicial independientes, la corrupción dentro del partido queda a menudo en manos del desenlace de luchas políticas internas. Dentro del régimen está tan extendida que ser descubierto no suele estar relacionado con el delito o la efectividad policial, sino con alguna purga organizada por una facción rival.

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