Es agresivo, rápido, colérico. Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de los EE.UU., es comparado con «Darth Vader», el malo de «La guerra de las galaxias», por su propensión a amenazar y a «cortar» cabezas. En otro tiempo conoció a Saddam Hussein y vendió material nuclear a Corea del Norte.
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¿Quién es Donald Rumsfeld? ¿De dónde ha sacado esas ínfulas? ¿Por qué estrechó la mano de Saddam en 1981? ¿Por qué lo odia tanto ahora? ¿Qué tiene contra la vieja Europa? No ha comenzado la guerra y ya despunta el gran favorito a malo de la película. Las bravatas de Bush son balas de fogueo en comparación con la artillería mayor de Rumsfeld, que un día habla de matar a Saddam, otro amenaza con apuntar a Corea del Norte y otro advierte de que soltará armas nucleares si lo atacan.
«La lucha agresiva por una causa justa es el deporte más noble del mundo», dice su cita favorita de Theodore Roosevelt, grabada en bronce en el despacho del Pentágono. Aunque su frase predilecta y secreta, la que mejor lo define, pertenece a su paisano Al Capone: «Consigues muchas más cosas con buenas palabras y una pistola que sólo con buenas palabras». De Rumsfeld sabemos que nació en Chicago, hijo de un piloto de la armada que le inculcó, sin duda, la fascinación por lo militar y lo adiestró en los combates de la vida.
Podría haber sido general, pero prefirió la corbata de civil y la auténtica vara de mando: secretario de Defensa (el más joven y el más veterano en la historia de Norteamérica) por partida doble. Setenta años tiene ahora el señor de la guerra.
Otra de sus señas de identidad, como si llevara a mano un cronómetro en permanente cuenta atrás, es el «sentido de la urgencia». Cuando Bush dice que «el tiempo se acaba», es que Rumsfeld lo está apremiando con su taquicárdico tictac. Si por él fuera, las primeras 3.000 bombas de precisión habrían caído ya sobre Irak hace meses.
Todo fue rápido, demasiado rápido, en la vida intrépida de Donald Rumsfeld, Rummy para sus amigos y enemigos. A los 30 años ya era congresista republicano, simpatizante del ala ultraconservadora del partido. Y en el '69, cuando otros se dejaban melena, se enroló con Richard Nixon, que lo mandó de embajador a la OTAN. La distancia lo salvó del naufragio del Watergate. Lo rescató para la posteridad Gerald Ford, que primero lo nombró jefe de su gabinete y después, con 43 bisoños años, lo puso de secretario de Defensa posdebacle de Vietnam. Rumsfeld no ha querido volver a hablar en público de aquel lejano encuentro, 12 de octubre de 1981, cuando tuvo ocasión de estrechar la mano del entonces amigo y aliado, Saddam Hussein. Rumsfeld había decidido volver a la política después de 15 años al frente de la farmacéutica GD Searle & Co. Con ese prestigio recién ganado ingresó en las filas de Ronald Reagan, que lo hizo miembro del Comité Asesor del Control de Armamento y, más tarde, lo nombró enviado especial a Oriente Medio. El eje del mal estaba encabezado entonces por Irán, y Saddam era precisamente el dique de contención del fundamentalismo islámico. Con la ayuda impagable del amigo americano, el dictador iraquí pudo poner en marcha sus programas de armas químicas y emplearlas contra el enemigo durante la sangrienta guerra que duró de 1980 a 1988 y que se cobró más de un millón de víctimas. La visita de Rumsfeld a Saddam, con un testimonio gráfico imborrable que rarísima vez se atreven a airear los medios norteamericanos, se produjo durante los primeros dardos de la guerra entre Irán e Irak. Por las mismas fechas, la Agencia de Inteligencia de Defensa llegó a destinar 60 oficiales a un programa secreto de ayuda militar a Saddam. Colin Powell, que también se curtió en la administración Reagan, fue de los pocos en condenar el uso de gas mostaza, sarín y VX por parte del ejército iraquí. Todos los demás, incluido Rumsfeld, callaron. En el ocaso de la era Reagan tuvo un fugaz destello y decidió anunciar su candidatura a las presidenciales de 1988, contra George Bush padre, y con el jugador de fútbol americano Jack Kemp. Pero Rummy no tardó en renunciar por razones estrictamente prácticas, atribuibles a la pésima herencia económica de Ronald Reagan. Más tarde, escribe en 1998 una carta premonitoria a Bill Clinton, sugiriendo una «estrategia para derrocar del poder a Saddam Hussein, aunando esfuerzos diplomáticos, políticos y militares». Allí ya se habla de la doctrina del ataque preventivo. Llegó el 11 de setiembre. Donald Rumsfeld estaba como de costumbre en su despacho a las 6.30 de la mañana e interrumpió sus quehaceres tempraneros para celebrar un desayuno de trabajo. Eran poco más de las 8.30 cuando el secretario de Defensa tomó la palabra y advirtió a los presentes: «En los próximos dos, cuatro, seis, ocho, 10 o 12 meses ocurrirá algún incidente lo suficientemente impactante para hacernos recordar lo importante que es tener un fuerte Departamento de Defensa». Minutos después, el impacto que hizo temblar las paredes del Pentágono. Rumsfeld se levantó sobresaltado y preguntó qué había pasado. Alguien abrió la puerta y empezó a entrar humo. Se había estrellado un avión.
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