2 de septiembre 2002 - 00:00

Un golpe que marcó inicio de la caída de Wall Street

Francfort - Las consecuencias del 11 de setiembre de 2001 se han instalado como un veneno paralizante en el complicado organismo de la economía mundial.

El colapso del World Trade Center marca también para la economía un punto de inflexión. La «ganancia de la paz» («peace dividend») después del fin de la Guerra Fría ha desaparecido, al igual que la fe en un crecimiento sostenido sin crisis.

Los ataques de Al-Qaeda en Nueva York y Washington contra el centro del sistema económico y social del capitalismo pusieron al descubierto la vulnerabilidad de la civilización altamente tecnificada. Por eso, las ondas expansivas políticas y psicológicas que salieron de la «zona cero» fueron extremas. Pero, por el contrario, las consecuencias económicas directas resultaron ser limitadas.

El sector económico directamente afectado -la industria aeronáutica internacional- está avizorando otra vez perspectivas alentadoras. El número de pasajeros se ha ido normalizando, al menos en Europa y en la región Asia-Pacífico. En cambio, en Estados Unidos aún se pueden observar los efectos de los atentados en el tráfico aéreo.

Al sector del turismo le está afectando, en todo el mundo, más la debilidad coyuntural que el miedo a atentados terroristas.

Sí ha habido un cambio radical en el sector de los seguros. Tanto para las compañías aseguradoras como para sus clientes cambiaron de golpe los criterios para calcular los riesgos de atentados.

• Instalaciones

«Para instalaciones químicas sensibles, las primas se han incrementado en hasta 100 por ciento», se queja el consejo de administración de uno de los consorcios químicos más grandes de Alemania.

En cambio, los sucesos en Nueva York beneficiaron al sector de la seguridad, desde los simples servicios de vigilancia hasta los sistemas de identificación personal electrónicos.

Sin embargo, las consecuencias más graves del 11 de setiembre son las que no se aprecian a primera vista. Con masivas rebajas de las tasas de interés, la Reserva Federal de Estados Unidos y, en menor medida, el Banco Central Europeo (BCE) llamaron al orden a los mercados de capitales internacionales. Al mismo tiempo, el gobierno de Washington cambió radicalmente su política presupuestaria, inyectando más de 100.000 millones de dólares en la economía para evitar caídas coyunturales. Además, el fuerte aumento de los gastos militares puso fin a un largo período de rebajas tributarias en el país.

«Ambas reacciones -las rebajas de las tasas de interés y una política de endeudamiento público- han reducido notablemente el margen de maniobra para el futuro accionar político», estima el profesor
Michael Huether, del banco Deka de Francfort.

Los economistas del Deutsche Bank cifran el déficit presupuestario de Estados Unidos para 2002 en más de 200.000 millones de dólares, y para 2003 auguran un monto aún mayor. A ello se agrega un gigantesco déficit de la cuenta corriente estadounidense, de entre 400.000 y 500.000 millones de dólares anuales.

• Crisis

Sin embargo, el impacto mundial de los atentados terroristas no ha desencadenado la nueva crisis económica, sino que sólo la ha agudizado. Ya desde hace más de un año, tanto el crecimiento económico como las cotizaciones en las Bolsas de Valores mostraban una tendencia a la baja.

«El 11 de setiembre no hizo más que acelerar el estallido de la burbuja en los mercados financieros», opina el economista jefe del grupo Allianz-Dresdner,
Klaus Friedrich. Sin embargo, el masivo desplome adicional de las cotizaciones tras los atentados quedó superado pocos meses después.

En los primeros meses de 2002 volvieron a imponerse las esperanzas coyunturales y los pronósticos positivos. Pero el siguiente atentado ya estaba en camino. «Lo que no pudo lograr Bin Laden con su red terrorista global, lo podrían 'lograr' unos cuantos ejecutivos y directores financieros enloquecidos y megalómanos. La serie de fraudes contables ha desatado una crisis de confianza extremadamente grave, especialmente en los Estados Unidos. Y nuevamente se puso en marcha la espiral descendente: las caídas en las Bolsas repercuten negativamente en la coyuntura, y cada informe coyuntural negativo hace caer, a su vez, las cotizaciones. Por eso, en todo el mundo los ojos están puestos en el comportamiento de los consumidores estadounidenses, cuyo nivel de bienestar depende mucho más de los altibajos de las Bolsas que en el caso de los consumidores europeos.

No hay que olvidar que el Producto Bruto Interno (PBI) de Estados Unidos supone más de 20% de la producción económica total del mundo. A su vez, el consumo privado determina las dos terceras partes del PBI estadounidense. Una falla en el motor coyuntural que representa Estados Unidos frenaría toda la economía mundial.

Y justamente en esta situación se encuentran bloqueadas las palancas de maniobra fundamentales de la economía. En Japón, país sumido en la crisis, la tasa líder ya está en cero. El banco central de los Estados Unidos, por su parte, quizá haya ido demasiado lejos con la reducción de las tasas a 1,75%. Otra rebaja de los intereses implica el peligro de una trampa deflacionaria como la de Japón: las tasas están en su nivel mínimo, los precios caen y, aun así, los consumidores no consumen más.

En Europa el BCE está obsesionado con los riesgos de la inflación y no se mueve. Los últimos cartuchos de la rebaja de las tasas y el aumento del gasto público ya se han quemado. Además, el Pacto de Estabilidad de la Unión Europea obliga a los países de la zona euro a reducir el consumo público.

Ante este telón de fondo inestable a ambos lados del Atlántico, se aguarda con extremo nerviosismo la llegada del 11 de setiembre de 2002. El fantasma del terrorismo alienta el temor a nuevos atentados, que podrían hundir a la economía mundial en una profunda recesión.

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