El primer paso de la bodega fue un Brut 0% y, a partir de su recepción, decidió ampliar la propuesta. Actualmente, la línea incluye también Chardonnay, Malbec Rosé y Malbec-Pinot Noir, con alternativas de espumante, blanco, rosado y tinto ligero.
A eso se suman nuevas situaciones de consumo: un almuerzo de trabajo, antes de manejar, después de hacer deporte o durante la semana, cuando se busca reducir el alcohol sin abandonar la experiencia asociada al vino.
Nieto Senetiner amplió su propuesta 0% con nuevas etiquetas de Chardonnay, Malbec Rosé y Malbec-Pinot Noir, que se suman al Brut sin alcohol.
En Mil Demonios observan un comportamiento similar. “Quienes empiezan a elegir vinos sin alcohol son, en buena medida, personas jóvenes —especialmente de entre 20 y 30 años— y personas que buscan acompañar una comida o distintos momentos de la vida cotidiana sin consumir alcohol”, señalaron desde la compañía.
De todos modos, admiten que todavía no existe un perfil predominante. “Es un mercado incipiente y estamos empezando a conocer a sus consumidores y sus hábitos”, agregaron.
El estudio encargado por el Fondo Vitivinícola Mendoza aporta otra señal sobre cómo podría desarrollarse el negocio. El 56% de los consumidores que incorporarían estos productos lo haría sin abandonar las bebidas que ya consume, un comportamiento que respalda la idea de que el 0% podría sumar ocasiones de consumo más que reemplazar completamente a otras categorías.
Sin embargo, entre quienes sí sustituirían alguna bebida aparece un dato que plantea un desafío para la propia industria: el 46% desplazaría al vino tradicional, mientras que un 22% reduciría el consumo de cerveza regular y otro 20% dejaría de consumir gaseosas.
En Nieto Senetiner consideran que las dos categorías pueden convivir. “No lo vemos como un reemplazo del vino tradicional, sino como una ampliación de las ocasiones de consumo. Ambas propuestas pueden convivir perfectamente”, sostuvo D'Alessandro.
La lectura es compartida por Mil Demonios. “No lo vemos como una competencia, sino como un complemento. Quien quiere tomar vino tradicional puede seguir eligiéndolo; el vino sin alcohol permite sumar otras ocasiones para compartir una bebida o acompañar una comida”, explicaron desde la bodega.
La compañía incluso considera que el segmento puede adquirir mayor relevancia durante los próximos años, aunque evita proyectar cuánto podría representar dentro del mercado. “No es posible estimar qué porcentaje de los consumidores abarcará, pero creemos que el vino sin alcohol puede adquirir mucha relevancia en los próximos cinco o diez años. Es una tendencia que llegó para instalarse”, señalaron.
A la oferta se sumará también Domaine Bousquet, que prepara su desembarco en el segmento con Doble Cero, un vino sin alcohol que la bodega prevé lanzar hacia fin de año. Así, el todavía reducido abanico local comienza a incorporar nuevos jugadores.
El desafío de quitar el alcohol sin perder la identidad del vino
Detrás del desarrollo comercial aparece uno de los principales desafíos de la categoría: retirar el alcohol sin perder aromas, equilibrio y las características sensoriales asociadas al vino.
En Nieto Senetiner explicaron que el proceso comienza con la elaboración de un vino convencional, que posteriormente atraviesa una etapa de desalcoholización.
“El principal desafío es lograr que, aun sin alcohol, el producto conserve la identidad y la experiencia del vino. El proceso comienza como cualquier vino tradicional. Una vez elaborado, se realiza la desalcoholización mediante una tecnología que trabaja a baja temperatura y vacío para remover el alcohol cuidando el perfil sensorial del vino”, explicó D'Alessandro.
La dificultad radica en que el alcohol forma parte del equilibrio final del producto y retirarlo modifica necesariamente sus características. “Algunos estilos, como los blancos y rosados, pueden resultar más cercanos a un vino tradicional que los tintos, por sus características de color y polifenoles”, agregó la ejecutiva. A su vez, el proceso de desalcoholización incorpora costos adicionales a los de la elaboración del vino base.
Pero el avance de la categoría no genera consenso dentro de la vitivinicultura. José “Pepe” Zuccardi, uno de los referentes de la industria argentina, traza una diferencia marcada entre los vinos de baja graduación y aquellos a los que se les retira completamente el alcohol.
“Hay una categoría de vinos de bajo alcohol que es perfectamente plausible y donde se pueden producir vinos de muy buena calidad, con distintas técnicas, cosecha anticipada o fermentación parcial. Vinos de entre 7 y 9 grados, 7 y 10 grados, excelentes”, sostuvo en diálogo con Ámbito.
Su posición cambia cuando se trata de productos 0%. “Cuando hablamos de vinos sin alcohol, hablamos de vinos que tienen que ser fermentados y luego desalcoholizados. La fermentación es indispensable para que un producto pueda llamarse vino. Sin embargo, a mi parecer, lo transforma en otra bebida. Yo no creo en el vino sin alcohol; me parece directamente otra bebida”, planteó.
Zuccardi aseguró haber probado productos de esta categoría en distintos países y sostuvo que, hasta el momento, no encontró resultados que lo convencieran desde el punto de vista cualitativo.
“En general, creo que no hay un aporte de valor. Me parece que en la categoría sin alcohol uno encuentra vinos que pierden su equilibrio. Cuando digo que no es vino no es peyorativo, simplemente considero que se trata de otra bebida”, afirmó.
Aun así, reconoció que existe un mercado para esas nuevas bebidas y dejó abierta la posibilidad de que la tecnología permita mejorar los resultados en el futuro. “Creo que el vino sin alcohol ya tiene un mercado interesante y que hay muchos consumidores que lo aceptan. En lo personal, todavía no he probado productos 0% que me convenzan desde el punto de vista de la calidad, pero habrá que esperar. Hay gente que lo está haciendo seriamente y habrá que ver cuáles son los resultados”, sostuvo.
Un mercado potencial de millones de hogares
La discusión se abre justo cuando los hábitos de consumo comienzan a darle a la categoría una oportunidad comercial. Moderación, nuevas ocasiones de consumo y la búsqueda de alternativas sin alcohol aparecen entre los factores que las bodegas identifican detrás del fenómeno.
Para las compañías que ya desembarcaron en el negocio, el desafío pasa ahora por conseguir que más consumidores conozcan y prueben los productos y, al mismo tiempo, perfeccionar una elaboración técnicamente más compleja que la de un vino convencional.
La incógnita es hasta dónde puede crecer el segmento en la Argentina. Por ahora, los primeros estudios detectan un universo potencial de entre 4 y 4,4 millones de hogares interesados, mientras nuevas etiquetas comienzan a llegar a las góndolas.
La discusión dentro de la industria, en cambio, recién empieza. Para las bodegas que apostaron al 0%, la categoría permite ampliar los momentos en los que una copa puede formar parte del consumo. Para otros expertos, retirar completamente el alcohol implica cruzar una frontera que modifica la propia identidad del vino.
Entre esas dos posiciones se empieza a construir un negocio todavía pequeño en la Argentina, pero que ya obliga a la vitivinicultura a discutir qué quieren beber los nuevos consumidores y, en última instancia, hasta dónde puede cambiar el vino sin dejar de ser vino.