El Banco Central Europeo (BCE), máxima autoridad monetaria de la Euroárea, fue creado a mediados de 1998 con un objetivo prioritario: «preservar el valor de la moneda». Esta definición marca una diferencia fundamental con la Fed (Banco Central de EE.UU.), cuya meta no es sólo combatir la inflación, sino también lograr un crecimiento sostenido de la economía. Es claro, entonces, que no siempre las políticas monetarias de ambas entidades deben coincidir. En efecto, el BCE concentra su estrategia en controlar el nivel de precios; por su parte, la Fed debe arbitrar, permanentemente, entre los riesgos de una mayor inflación versus los de un menor crecimiento.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Hecha esta distinción fundamental, veamos lo sucedido recientemente. Es por todos conocida la crisis de «credit crunch» o restricción de liquidez que se desató, a partir de agosto, en los mercados internacionales.
La ortodoxia y la experiencia indican que la única manera de superar este tipo de crisis, so pena de que impacte muy fuertemente en el nivel de actividad económica, es inyectar liquidez y bajar las tasas. Ambas instituciones respondieron adecuadamente.
En lo que hace a la liquidez, de inmediato volcaron al mercado fuertes montos de disponibilidades; por su parte, en lo referente a las tasas, ambas entidades actuaron conforme a sus objetivos. En efecto, la Fed -en sus dos últimas reuniones posteriores al surgimiento de la crisis-disminuyó su tasa de referencia en 75 puntos básicos (de 5,25% a 4,50%). Por su parte, el BCE -en su reunión del pasado 4 de octubre-no bajó la tasa: en este sentido, su « colaboración» sólo consistió en interrumpir el proceso de suba iniciado hacia fines de 2005 y que, de un valor de 2%, la llevó gradualmente a su actual nivel de 4%.
Es aquí donde se observa una significativa diferencia de política entre ambas autoridades monetarias. En efecto, si bien a esa fecha el BCE coincidía con la Fed en su diagnóstico acerca de las turbulencias existentes en los mercados, dio mayor «preferencia» a las presiones inflacionarias que al nivel de actividad; de ahí su rechazo a bajar las tasas. Más claro, imposible: si bien el crecimiento era una de las variables por considerar en la formulación de su política monetaria, nadie debía dudar de que su prioridad consistía en «preservar el valor de la moneda».
Con respecto a esto, la decisión tomada por el BCE en su última reunión del jueves 8 de noviembre no hizo más que confirmar su postura monetarista. En efecto, en dicho meeting, nuevamente la autoridad de la Euroárea no acompañó a la Fed en su actual política de baja de tasas; por el contrario, y por quinta vez consecutiva, mantuvo la suya en el nivel de 4%.
Riesgos crecientes
Sin embargo, el presidente de la entidad, Jean Claude Trichet, en su declaración oficial, afirmó que los riesgos inflacionarios para el mediano plazo estaban sujetos a riesgos crecientes, mientras los fundamentals seguían siendo sólidos y, por lo tanto, las perspectivas del crecimiento eran favorables.
Si éste era el diagnóstico de inflación y crecimiento, ¿por qué entonces, conforme a su ortodoxia, el BCE no subió la tasa?
A nuestro juicio, la respuesta debe encontrarse en la incertidumbre actual sobre los efectos finales de la crisis financiera y, sobre todo, en la necesidad de acompañar de alguna manera a EE.UU. en su actual política «expansiva» de baja de tasas. De no haberse dado estas dos circunstancias, su estrategia, sin duda, hubiera sido claramente «restrictiva», es decir, una suba de 25 puntos básicos. Por si a alguien le quedaban dudas respecto de esta posición, en el comunicado oficial del banco se incluyó el siguiente párrafo: «La política monetaria, tal como lo requiere nuestro mandato, está preparada para actuar, firme y oportunamente, de manera de lograr una adecuada estabilidad de precios». Más claro, imposible: su objetivo prioritario, más allá de determinadas circunstancias coyunturales, claramente consiste en preservar el valor de la moneda.
Nuestra opinión: si en la próxima reunión del BCE, a realizarse 6 de diciembre próximo, los datos siguen convalidando el actual diagnóstico de la entidad ( presiones inflacionarias crecientes y nivel de actividad favorable), es altamente probable que ésta, conforme al mandato prioritario de sus estatutos, practique una suba de 25 puntos básicos en su tasa de referencia. Si -por el contrario- los pronósticos de crecimiento comenzaran a deteriorarse, la decisión del banco acerca de continuar manteniendo su tasa en el nivel actual de 4% o llevarla a 4,25% dependerá, básicamente, de la magnitud de los riesgos de un menor crecimiento versus los de una mayor inflación, pero, siempre, dando mayor peso a éstos últimos.
Finalmente, se debe destacar que la tendencia a corto plazo de la relación euro/ dólar dependerá, en grado sumo, de lo que finalmente decidan ambas entidades. Si la Fed, tal como a la fecha se presume, en su reunión del 11 de diciembre próximo bajara la tasa, entonces la tendencia sería hacia una valorización de la moneda europea. Veremos.
Dejá tu comentario