El hincha de fútbol es, ante todo, visceral. Muchas veces nace dentro de un mandato familiar que pasa de generación en generación y que rara vez se cuestiona. Esa fidelidad absoluta suele mezclarse con la necesidad de opinar, de medir la grandeza propia frente a la ajena, hasta transformarse en algo completamente irracional. Eso que muchos llaman “una pasión inexplicable”.
Elecciones y emoción: cuando la irracionalidad del hincha se traslada a las urnas
Los casos de San Lorenzo y Racing muestran que los cambios dirigenciales no siempre son positivos cuando se busca subir la vara. Boca, el otro ejemplo a mano. La dinámica pendular que también se observa en la política nacional.
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Los socios de Racing buscaron un cambio con la llegada de Milito.
En la discusión con rivales, es lógico que nadie reconozca las virtudes del otro ni las propias limitaciones. Es parte del folclore: las chicanas, las cargadas, la necesidad de ganar incluso en la conversación. El problema aparece cuando el hincha deja de reconocer los errores dentro de su propio club y el fusible más rápido termina siendo siempre el mismo: dirigentes, técnicos y jugadores.
Claro que en cualquier institución ellos son los principales responsables. Pero lo que suele faltar es mesura, sentido común y autocrítica para entender cuánto le corresponde a cada parte, incluido el propio hincha, que es quien elige a sus autoridades a través del voto.
En el fútbol argentino, si la pelota entra, todo se disimula. “Siga, siga”. Pero si pega en el palo y sale, se prende fuego todo. Esa lógica extrema no es tan distinta a la que atraviesa la política nacional: pasamos de un modelo a otro de manera pendular, sin procesos largos ni paciencia. Con los técnicos ocurre exactamente lo mismo. Los famosos “proyectos” duran cada vez menos.
La ansiedad, la contradicción y la irracionalidad aparecen rápido. Sobre cada nuevo presidente, entrenador o jugador se descargan décadas de frustraciones acumuladas. Y, paradójicamente, también sucede lo contrario: los éxitos efímeros pueden desubicar al hincha y hacerle perder perspectiva histórica.
Los casos de San Lorenzo y Racing son ejemplos muy claros.
En San Lorenzo, el ciclo entre 2012 y 2019 con Matías Lammens y Marcelo Tinelli estuvo marcado por logros históricos: el torneo local de 2013, la Copa Libertadores de 2014, la Supercopa ante Boca en 2016 y la recuperación de los terrenos en Boedo. Era lógico que la vara subiera y el hincha empezara a exigir más. Lo que dejó de ser lógico fue olvidar la historia completa del club, una historia mucho más atravesada por la adversidad que por el éxito sostenido.
En Racing ocurrió algo parecido. El club estuvo 35 años sin salir campeón hasta cortar la racha en 2001. Después pasaron otros 13 años hasta el título de 2014, ya con Víctor Blanco como presidente. Más tarde llegaron el campeonato de 2018, las polémicas copas organizadas por AFA en 2022 y 2023 frente a Boca y, finalmente, la Copa Sudamericana 2024, que terminó con 36 años sin títulos internacionales.
A partir de ahí, la exigencia cambió. Y en diciembre de 2024, muchos hinchas eligieron dejar atrás a uno de los dirigentes más exitosos de la historia del club para apostar por Diego Milito, ídolo absoluto como jugador pero sin experiencia dirigencial.
Con Blanco, Racing había conseguido títulos, estabilidad institucional y también peso político en AFA gracias a su vínculo con Claudio “Chiqui” Tapia. Como consecuencia de eso, Racing consiguió que le reconocieran 21 títulos amateurs.
Pero Milito prometía “dar un salto de calidad” y apuntar definitivamente a la Copa Libertadores. En el inicio de su gestión ganó la Recopa frente a Botafogo, alcanzó semifinales de Libertadores y estuvo a tres minutos de ser campeón local. Sin embargo, rápidamente comenzaron los cuestionamientos por no haber conseguido más títulos y por no cumplir, según algunos, con ese prometido “salto de calidad”.
Es cierto que el último semestre fue muy malo y terminó con la inesperada salida de Gustavo Costas. Pero en Racing, como antes ocurrió en San Lorenzo, ya no parece alcanzar con competir. La única diferencia es que Blanco se fue reconocido, mientras que Lammens y Tinelli terminaron cuestionados. El punto de fondo, sin embargo, es el mismo: la necesidad permanente de ir por más terminó empujando decisiones irracionales.
Boca también ofrece un ejemplo similar. Juan Román Riquelme fue elegido principalmente por su condición de ídolo, desplazando a Daniel Angelici, que había mantenido al club ordenado y había conseguido seis títulos locales. Claro que sobre Angelici pesaba la derrota histórica frente a River en Madrid en 2018, y en Boca la exigencia siempre es máxima. Tampoco hay que olvidar que era parte del modelo dirigencial impulsado por Mauricio Macri, probablemente el presidente más exitoso en la historia del club.
Pero ni siquiera eso alcanza para sostener procesos largos. La paciencia se agotó hace tiempo.
Son contradicciones muy propias del hincha argentino, sin importar los colores. El mismo jugador que un domingo es silbado, al siguiente puede ser ovacionado. Con esa misma lógica emocional se eligen dirigentes, se levantan estatuas y hasta se cambian nombres de calles para homenajear ídolos que, poco después, también pueden ser repudiados.
*- Andrés Olivera es consultor político y periodista
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