La actual crisis en los mercados internacionales comenzó a fines de julio, cuando Countrywide, una de las primeras entidades financieras de EE.UU. involucrada en el negocio de hipotecas, anunció que sus ganancias serían 30% menores que las del año anterior. A posteriori, la decisión de Bear Stearns de suspender momentáneamente el rescate de las cuotas parte de tres de sus fondos de riesgo, sumado a dificultades de algunos bancos alemanes en relación con el mismo tema y a la publicación de datos negativos del mercado inmobiliario de EE.UU., profundizó el proceso de alarma.
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Hasta allí, claramente, la crisis era de expectativas: generada por un cambio en la visión psicológica del inversor en relación con la futura evolución del mercado hipotecario «subprime» (o de baja calidad) norteamericano.
Cuando se cuenta con «fundamentals» o una situación macroeconómica fuerte y sostenida (como es el caso actual), este tipo de crisis «psicológicas» se supera en general rápidamente. Sin embargo, hace una semana la situación cambió radicalmente. El Paribas, segundo banco de Europa, anunció que suspendía temporalmente el rescate de tres de sus fondos de riesgo... surgiendo, de inmediato, temores de que a nivel mundial este tipo de instrumentos financieros estaban enfrentando una situación de extrema iliquidez motivada, obviamente, por una corrida de inversores.
De esta manera, a partir de este anuncio del Paribas, la crisis de expectativas iniciada el 20 de julio se convirtió en algo mucho peor: «credit crunch», o sea una fuerte restricción de la oferta de crédito por parte de las entidades financieras.
Como se podrá comprender, este tipo de crisis -altamente peligrosa-, ya no tiene nada que ver con la visión psicológica del inversor (expectativas) sino con una realidad del mercado.
La teoría macroeconómica y la experiencia indican que la única manera de detener este tipo de crisis crediticias y evitar, a nivel mundial, un efecto dominó que termine arrastrando a la economía real a un menor crecimiento o, directamente, a la recesión (con todas sus implicancias negativas sobre los mercados financieros), es inicialmente inyectar liquidez en abundancia, tal como lo han hecho, hasta ahora, las autoridades monetarias de los países desarrollados. En efecto, a la fecha los bancos centrales, especialmente el Banco Central Europeo (BCE) y la Reserva Federal de EE.UU., han incrementado la liquidez de los mercados en aproximadamente u$s 400 mil millones.
Sin embargo, hasta el día de hoy dicha cantidad no ha sido suficiente para paliar la crisis. Será necesario, entonces, aumentar aun más la liquidez del sistema. Si esta política fallara quedaría una última herramienta de ataque, bajar las tasas de interés de referencia. De no tener éxito esta medida, la consecuencia será inevitable: menor crecimiento o recesión.
A esta altura de los acontecimientos, se asigna mayor probabilidad a que la inyección de liquidez «per se» permita superar la crisis. De todas maneras nada es definitivo y, por lo tanto, es imprescindible un monitoreo diario de las principales variables que impactan sobre la crisis actual no debiendo descartarse la aparición de nuevos factores que alteren el escenario.
Finalmente debe aclararse que, en cualquiera de los escenarios descriptos, se vivirán en el corto plazo fuertes volatilidades y, seguramente, más de un fondo o entidad financiera presentarán serios problemas.
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