Veníamos a toda marcha como si fuéramos una máquina a vapor, imparables. Creíamos que nada no podría llegar a detener con toda la tecnología y conocimiento que poseíamos hasta ese momento. Nos vimos siempre en el espejo como la especie dominante del planeta donde lo malo nunca nos iba a acechar tan cerca, que solo pasaría en la ficción, surgida de la mente de grandes escritores y guionistas, que escribían relatos apocalípticos con la intención de generar especulación sobre el futuro de la humanidad.
De pronto un día cualquiera, el mundo se detuvo, la evolución del hombre se vio interrumpida por algo que a simple vista era inofensivo, una bacteria a la que los especialistas denominaron Covid-19. Estando aún bajo investigación su origen, cuyo destino fuimos testigos con el tiempo, nos fue acorralando como ganado en el corral, nos iba matando de a poco sin conocer cultura, religión, política, estado, raza, lengua, edad, género, etc.
Empezábamos a sentir que nos estábamos quedando solos y desprotegidos ante un enemigo invisible, que ningún arma lo podía llegar a detener ante el avance arrollador que estaba teniendo, y que solo quedaba cuidarnos a nosotros mismos como nunca por medio del encierro que nos quitó la libertad de volar alto, como solíamos hacerlo cada día.
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Mariano Fuchila
Desde entonces, experimentamos ese miedo aterrador que corría por nuestras venas, hasta que entendimos que amarnos era la única forma de salir adelante, de valorar lo que nos rodeaba y los amigos y seres queridos que estaban a nuestro lado, porque justamente la vida es eso, el amor que podemos compartir con otros semejantes y creer y tener una fe y no sentirnos más que nadie, ya que asimilamos que ante cada perdida cercana que teníamos lo que importaba realmente era estar vivo en plenitud.
En estos momentos tan delicados, prendíamos la televisión y observábamos que las calles de las grandes capitales del mundo estaban vacías, y qué se animaban a recuperar la libertad ciertas especies de animales, que más tiempo de su existencia que nosotros, se encontraban encerrados, y en ese instante todo se había dado vuelta. Estábamos cosechando lo que habíamos sembrado hace tiempo atrás, dicho de otra manera, la naturaleza nos estaba pasando factura por nuestra abusiva actitud para con ella.
Los años 2020 y 2021 fueron muy difíciles, no marcaron un antes y un después, nos generaron muchas heridas pagando hasta con la propia vida.
Entendimos la importancia de un abrazo y un beso afectuoso, y cuánto vale tener una persona a nuestro lado y compartir tiempo haciendo lo que nos gusta con ella, con el solo objetivo de saber que al final lo que importa son todos esos lindos momentos que el corazón va atesorar por la eternidad.
Además, comprendimos que debemos estar unidos, porque la humanidad es una gran familia y qué las rivalidades no nos llevan a ningún camino, nada más que a la destrucción misma. Y también que no somos el centro del mundo, debemos respetar a los animales, las plantas y la naturaleza en general porque son semejantes nosotros, compartimos el mismo espacio y procedencia, por lo tanto, todo lo que tenga vida tiene sus derechos.
De este panorama desolador luego de tanto tiempo, muchos se atrevieron a mirar los cielos y al ver su inmensidad, se arrodillaron pidiendo perdón siendo conscientes de lo frágil que es la vida; concluyendo que cada día qué se abren los ojos, se saluda a la familia y amigos, se retribuyen conversaciones y experiencias personales únicas, sentimos paz y armonía interior, escuchamos el canto de las aves y miramos el sol brillar, donde todo eso forma parte de un gran milagro divino.
De ahora en más, siendo sinceros con nosotros mismos, debemos enfocarnos en un mañana completamente distinto, partiendo desde la humildad sabiendo que dejamos atrás una época dura y pasamos toda una gran lección, dónde es momento de empezarle a dar importancia a circunstancias y hechos que nos parecen insignificantes, porque es ahí donde el verdadero significado de la existencia transcurre.
En un par de días estaremos comenzando el nuevo año 2022. Esta nueva época nos debe encontrar unidos y más fuerte que nunca, como hermanos inseparables. Dejando a un lado intereses, caprichos y diferencias personales, para de una vez por todas dejar de alimentar ese maldito egoísmo que nos ata y nos hace esclavo de lo material y lo mundano, y no nos permite desarrollar nuestra esencia espiritual para lograr esa tan ansiada felicidad que es todo lo que necesitamos para sobrevivir.
A partir de entonces, la fe y la esperanza deberán ser nuestro motor que nos impulse a evolucionar y a crecer desde el interior, en un sentido que construya y no destruya, que fomente el bien común y el bienestar de todos, sin temor a apartar de nuestras vidas los prejuicios, miedos y adoctrinamientos que nos han inculcado.
La única forma de avanzar sin dañar, es sanando las heridas del alma, rodeándonos de gente que nos ame y nos haga bien, liberarnos de lo que ya no nos sirve y nos retrasa el avance hacia lo que anhelamos, y ejercer y hacer el bien a cada paso que damos, ya que los frutos del mañana serán lo que hayamos cultivado hoy.
Escritor de libros, con una orientación espiritual.
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